La carreta de las soluciones se pegó en el barreal de la intransigencia. El debate se transformó en pleito. El argumento en insulto. El hígado le arrebató el volante al cerebro. En el cuadrilátero del microcosmos político están matando a la razón y a la sensatez. Mientras tanto en el mundo real, los problemas se multiplican y hasta caminan con AK-47 por media calle. ¿Y saben qué? Ya estamos hartos.
Para ganarle la guerra al narco y a la pobreza, primero tenemos que lograr la paz entre nosotros. La guerra verbal y judicial en la que estamos, todos contra todos, solo profundizará la división y la desesperanza. Las soluciones que el país necesita no germinarán en el ácido del odio y la intolerancia. La bronca sin fin y sin norte nos conducirá directo al precipicio. No encontraremos la salida si no le bajamos a la estridencia y a la artillería digital.
¿Cómo recuperamos la paz? La medicina es simple, es una receta heredada de nuestros ancestros, se llama diálogo. Una fórmula probada con éxito en muchos momentos difíciles de la historia patria. El diálogo es un arte. Requiere pasión y pericia. Pasión por los causas y pericia en la gestión de las motivaciones y emociones de las partes. El diálogo con resultados se puede volver viral y contagioso. Pero requiere una incubación apropiada. Exige una alta dosis de patriotismo, integridad, respeto, humildad, y capacidad de propuesta. Solo así se genera la base mínima de confianza para que haya cosecha.
Dialogar no significa tomarse de la mano y cantar el himno de la alegría. No implica renunciar al necesario control político o a la denuncia justificada. No elimina las diferencias de opinión. Lo que sí supone es valentía para no caer en el ataque personal que mina el nexo humano necesario para dialogar. También requiere madurez y una robusta epidermis política para que los triquitraques cotidianos no nos desorienten en el camino hacia los objetivos superiores.
El diálogo no debe ser solo político, entre Poderes y partidos. El diálogo con las organizaciones más representativas de los diferentes enjambres de nuestra sociedad es un complemento indispensable. También el diálogo entre los actores del mundo del trabajo, el diálogo a nivel territorial, y muchos más. Ocupamos cambiar la cultura de la bronca por una de diálogo constructivo y permanente. No siempre habrá acuerdo, pero por lo menos los desacuerdos se podrán gestionar de forma más civilizada y respetuosa.
Algunas personas pensarán que el diálogo es inviable en las actuales condiciones políticas. Una propuesta ingenua. Pero don Pepe y don Manuel Mora dialogaron en Ochomogo en condiciones mucho más retadoras y pusieron fin a una guerra civil. Busquemos inspiración en nuestra historia para forjar un mejor porvenir. Ojalá nuestra dirigencia política, empezando por el presidente de la república, corrija el rumbo para que el 2024 sea un año de soluciones. Costa Rica lo necesita y lo merece.
