En mayo de 1960, tras una operación cuidadosamente planificada durante meses, un grupo de agentes secretos del Mossad capturaron al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, quien vivía oculto con una identidad falsa en Argentina, y lo condujeron a Israel. La intención de las autoridades israelíes fue clara desde el principio: Juzgar públicamente a Eichmann para dar un ejemplo al mundo y asegurarse de que sus crímenes no quedaran impunes.
Sin embargo, Eichmann no era un criminal de guerra común y corriente. En enero de 1942 Eichmann fue uno de los participantes en la Conferencia de Wannsee, reunión en la que se decidió la llamada “Solución Final a la Cuestión Judía”, eufemismo utilizado por los nazis para referirse al exterminio sistemático y metódico de más de seis millones de judíos.
Entre las personas que asistieron al juicio de Eichmann en Jerusalén estaba la filósofa judeo-alemana Hannah Arendt. Como buena lectora de San Agustín, Arendt se interesó desde su juventud por el problema del mal. Por eso, no es casual que quisiera ser testigo del juicio de Eichmann, quien, a los ojos de muchos, era la personificación misma del mal.
Considerando los delitos de los que se le acusaba, Arendt incluso se pregunta si los crímenes cometidos por Eichmann eran humanamente punibles. La dimensión de los crímenes de Eichmann era tan descomunal que ningún castigo que recibiera compensaría el daño que había cometido. El mal cometido por Eichmann era imposible de comprender en escala humana, era simplemente inconmensurable.
El 7 de octubre de 2023 pasará a la historia como uno de los días más tristes de la historia del Estado de Israel desde su creación en 1948. Ese día, comandos armados de la agrupación fundamentalista islámica Hamas atacaron por sorpresa a Israel desde la Franja de Gaza, ingresaron a los kibutz y a los asentamientos cercanos y asesinaron brutalmente a cientos de habitantes, civiles en su gran mayoría, y además secuestraron a decenas más, incluyendo a niños y ancianos. En su arrebato de odio, los atacantes se ensañaron en especial contra cientos de jóvenes que asistían a un concierto de música electrónica: Más de 250 de ellos fueron asesinados a sangre fría por el simple hecho de ser, o parecer, judíos.
Sesenta años después del juicio de Eichmann, Israel se enfrenta de nuevo al horror de lidiar con el mal inhumano e inconmensurable, representado ahora por una agrupación terrorista cuya aspiración última es “la destrucción del Estado sionista”. El enorme reto de Israel consiste en responder haciendo uso de las armas de la diplomacia y el Derecho Internacional. Responder a la violencia con más violencia nunca resolverá el conflicto con Hamas y sólo aumentará las probabilidades de extender el conflicto a nivel regional, algo que a mediano y largo plazo sólo perjudicará a Israel y a sus diez millones de habitantes. ¿Estarán sus dirigentes actuales a la altura de este enorme reto?
