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Entre la vida y la muerte, a la espera de la Caja

Dieciséis años hace que…

—Compañero, ¿me copia? Es un masculino de treinta o cuarenta años. Fallecido, se encontró en su vivienda en avanzado estado de putrefacción.

Usual escuchar descripciones semejantes, usual si se trabaja al lado del compañero “Scanner”,  quien efectúa el reporte de inmediato (de este y otros incidentes igual de tristes y dolorosos), a la dirección del medio de comunicación para el que trabajas en ese momento en particular.

—Al parecer, según la cédula encontrada, su nombre era Horacio Alberto Pravia Aguirre. En efecto, compañero, confirmo 37 años. La dirección de su casa es…

Me quedé sin aire. Por un breve instante dejé de sentir. Dejé de pensar. Abandoné mi cubículo y me acerqué arrastrando mis brazos cabina tras cabina, hasta llegar a quien de nuevo y para confirmar, me repite ahora viéndome con extrañeza a los ojos, Horacio Alberto Pravia Aguirre.

A mis oídos, y con una claridad de duelo y tragedia, su nombre y apellidos me explotan haciendo eco en la cabeza, en el pecho, en mi garganta.

—No va a disfrutar de sus nietos— dije.  Me eché a llorar.

Faltaba tan solo un mes, menos de treinta días para que le intervinieran quirúrgicamente. El padre de mis hijos necesitaba con urgencia la implantación de un cardiodesfibrilador que corrigiera sus arritmias mortales. 

En esta fiera carrera entre la vida y la muerte, el tiempo así mismo le había ganado. 

Dieciséis años después, mi hijo Juan José presenta por herencia paterna, la misma cardiopatía, el mismo riesgo de fallecimiento por muerte súbita.

Entra y sale, en realidad no sé cuántas veces ha entrado y salido de Emergencias del Hospital San Juan de Dios durante los últimos veintidós días. De día, de noche, de madrugada. Su condición empeora con el paso de las horas. Empezó ya su carrera, su lucha por la vida… 

Con gran certeza fue diagnosticado en su primera visita. 

La profesional de la salud le extendió un documento en el que se lee: “URGE, ES URGENTE”.

Sí, urge, urge, es urgente una cita con el especialista.

Cuatro días después, un administrativo ante la acuciante solicitud, ante el ruego de este muchacho de treinta y cinco años recién cumplidos, padre de dos niñitas y un varoncito, le contesta:

—“Si quiere estése dando la vueltita por ahí de enero o febrero, a ver si topa con suerte y le atienden antes. Además, sepa que ese aparato que usted ocupa es muy caro y la Caja ahora no tiene plata para comprarlo”.

Al respecto, me es imposible no escribir algo, aunque sea lo mínimo. 

Sepan ustedes que presentamos un recurso de amparo. Sepan también que, como madre, estoy tratando de mover cielo y tierra para sacarle una ventaja de tiempo al tiempo. Mientras tanto, pienso en las decenas, tal vez centenares de pacientes cuyas condiciones son igual de críticas o peores que las presentadas por mi hijo en estos momentos. Pienso en todas, en todos ellos. En el grado de impotencia, en la injusticia y la complicidad de un des-gobierno que si por las vísperas sacamos el día a día, se regocija amurallado en su inoperancia e inacción, en la ausencia total de planificación estratégica y la típica y  sorda improvisación de quien no quiere, no pretende escuchar las necesidades imperiosas de las y los que hoy, corren solos la más fiera de todas las carreras.