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La medida de todas las cosas

Soy sexagenaria y no recuerdo haberme sentido antes tan incómoda y preocupada, viviendo en este país. Ni siquiera cuando en el gobierno de Rodrigo Carazo Odio el dólar escaló de 8,60 a más de 60 colones. Mi corazón de 20 añitos temió el hambre. Aun así, con personeros del Fondo Monetario Internacional devueltos a “boca de avión”, conmigo, estudiante de filosofía y con un negocio de artesanía quebrado, los costarricenses seguíamos adelante, comiendo mucho chayote, respirando paz, respetándonos y asumiendo optimistamente que el país, tarde o temprano, saldría de la crisis.

Pasaron 40 años y aquello de salir de la crisis fue un decir, pero nos mantuvimos a flote y tranquilos.

La campaña política que llevó a Carlos Alvarado al poder marcó un cambio radical en la actitud de muchos ticos y tal vez otros tantos foráneos que, incursionando en el ambiente permisivo y anónimo de las redes sociales, se abrazaron al odio como a tenebrosa tabla de “salvación”.

La actual situación del país es peligrosa y dolorosa, tenemos a la cabeza del gobierno a una persona decidida a dañar nuestras instituciones, a desfinanciar toda la educación pública, a quebrar la Caja Costarricense de Seguro Social, a desprestigiar a la prensa independiente, a acometer sus rencillas personales instrumentando vías institucionales, a atacar a la Asamblea Legislativa y al Poder Judicial

Los dos momentos más críticos para el país que he conocido son la administración Carazo Odio y lo que va de la de Rodrigo Chaves Robles. Pero algo importantísimo que los diferencia es que a la administración Carazo Odio la movía la búsqueda del fortalecimiento de la soberanía de Costa Rica, mientras a la presente, la mueve la búsqueda de magnificencia de la figura de Rodrigo Chaves Robles. La personalidad narcisista del presidente de la República parece disponerlo a avasallar a toda persona que se le oponga, no siga sus lineamientos u ocurrencias o no agache la cabeza y diga solo sí.

Lo peor de todo es que la religión del señor presidente, donde él es el dios, tiene acólitos: Anna Katharina Müller Castro, ministra de Educación, Luis Amador Jiménez, ministro de Obras Públicas y Transportes, Nogui Acosta Jaen, ministro de Hacienda, Jorge Rodríguez Vives, ministro de Comunicación, Laura Fernández Delgado, ministra de Planificación, Marta Esquivel Rodríguez, presidente ejecutiva de la Caja Costarricense de Seguro Social, entre otros, que están dispuestos a seguirle el plan de acabar con lo bueno y mejorable que tiene el país.

Los sofistas de la Grecia clásica eran relativistas morales, no creían en la verdad y adiestraban en el arte de la persuasión. Para ello enseñaban varios métodos. El de la verosimilitud que consistía en hacer parecer lo pequeño, grande, lo viejo, nuevo, lo falso, cierto. El de la erística que buscaba convencer por cualquier medio: falacias, ambigüedad, largas exposiciones. El método de la antilógica por su cuenta estribaba en defender sucesivamente dos puntos de vista antagónicos. En la práctica del presidente y su séquito están todos estos métodos oscuros. Chaves y sus serviles serían el orgullo de cualquiera de los sofistas.

El señor presidente envuelve a quien le escucha con palabras vacías como “… la calidad del gasto, tanto se va en salarios de tantos millones pa’ arriba”. Sin datos la frase está hecha para dejar en la mente de los costarricenses que las universidades públicas les roban, cuando en realidad lo que quieren Chaves y sus secuaces es dejar al pueblo de Costa Rica sin educación superior pública. Moviendo la mano despectivamente hace referencia al rector de la Universidad de Costa Rica “como se llame el señor este” y después cierra con “ya ese tema está sanado, la gente sabe que es lo que está pasando, solo falta meterse en Tik Tok para entretenerse un rato”. Efectivamente, ya Nogui Acosta nos mostró para que se meten en Tik Tok y como se entretienen él y su patrón, haciendo pasar cosas indignas como si fueran acciones normales en el gobierno de una república.

La normalización de acciones de engaño, de verdades a medias, de conductas poco éticas es tan peligrosa como los ataques a la seguridad social y a la educación pública. Que estos ataques provengan de las personas que, se supone, deben velar por ellas, horroriza. La persecución de aquellos que exponen esto, o de aquellas personas que se oponen a cualquier “santa” palabra del presidente de la República debería encender todas las alarmas.

Ver a personas utilizadas como “patentes de corso”, me refiero a gente como Pilar Cisneros, Mary Munive, la ministra de Planificación, la de Educación y otras figuras que, sin el menor recato, se acoplaron al maquiavélico programa de Zapote, no debe pasar como cosa menor.

El presidente Chaves se esfuerza por rebajar su envestidura a la altura que él mismo ha querido darle, la de pachuco matón y fachento. Convierte en enemigos a personas probas, que han trabajado diligentemente en hacerse una carrera sólida y un buen nombre como Gustavo Gutiérrez Espeleta, Álvaro Ramos Chaves, Vilma Ibarra Mata, los primeros nombres que me vienen a la cabeza; porque la lista es larga y crece cada día.

Los rectores de la educación superior pública, según Chaves, no merecen atención, ni respeto, ni digna negociación del FEES, que por cierto me gustaría recordarles a Nogui Acosta y al presidente no es su monedero personal, sino un fondo que el pueblo de Costa Rica asignó en su Constitución, para la educación superior de ese mismo pueblo, que la financia. El FEES no cae en la Universidad de Costa Rica, como dijo el presidente, se le otorga por ley y él no es quien para decidir ni cómo se usa, ni qué carreras se debe financiar, pues son los académicos humanistas los que saben que debe hacer la Universidad y no un “todólogo” retórico grandilocuente, que se deja decir “ojalá vieran la luz” hablando de los rectores que conforman el Consejo Nacional de Rectores (Conare), cual si fuera iluminado. Solo para poner un ejemplo de por qué esto no debe ser así, Costa Rica cuenta en este momento con un representante en la Academie de la Opéra National de Paris, el joven barítono Andrés Cascante, graduado del Conservatorio Castella y de la Universidad Nacional y de la Academia Julliard y no, nunca ha manejado un Uber.

Para el presidente de la República todos los costarricenses solo pueden aspirar al brete asalariado que responda a las necesidades del mercado. Así de pedestre es.

Tampoco respeta Rodrigo Chaves a los estudiantes de la educación superior a los que, sin más, manda a contener y a que los despojen de sus pancartas para que no se manifiesten y los insulta llamándolos esbirros de los rectores; así se queja porque lo acusan de autoritarismo.

Ante la firma de cinco expresidentes de la República de la carta de IDEA, organización que vela por la democracia en Latinoamérica y España, que aborda la necesidad de proteger el periodismo independiente, Rodrigo Chaves dice que le escupieron al Pabellón Nacional. ¿Será que ahora él es dicho Pabellón? Se le olvida que ese documento tiene también la firma de 22 expresidentes de España y Latinoamérica. Simplemente se niega a oír.

Como toda peste que se extiende, a Rodrigo Chaves se le han sumado Otto Guevara y Juan Diego Castro, siempre adictos a la arena política, en la que se visibilizan a cualquier precio, en este caso, mintiendo, difamando y sobre todo odiando. Por cierto, la expresión “prensa canalla” no es de la autoría de Chaves, la idea es de Juan Diego Castro que la registra en un escrito panfletario e infame aparecido en el 2018, en el que ataca a periodistas, políticos y empresarios, “de cuyo nombre no quiero acordarme”.

El tiempo pasa, la imagen del país cae a lo externo y entre tanto decrece a lo interno el respeto por la democracia y sus instituciones.

El “amor” del presidente de la República y su camarilla protectora por el país nos está destruyendo y Chaves es cada vez más “la medida de todas las cosas”.