A usted le gustan los helados, y a la vez, usted es intolerante a la lactosa (explosiva combinación, valga decir). A usted le gustan las montañas rusas y también le tiene miedo a las alturas. A usted le encanta el cine, y sin embargo le defraudó “esa” película. A usted le gusta tomarse una cervecita, pero este fin de semana está agotado y prefiere quedarse en casa. Usted es una persona decente y educada pero se comporta de manera agresiva cuando conduce. A usted no le gusta el reggaetón pero esa canción de Shakira es muy pegajosa y a usted también “le factura”. Los anteriores son solo ejemplos. Lo que quiero demostrar con ellos es que dos cosas –inclusive dos cosas aparentemente contradictorias– pueden ser simultáneamente ciertas. “¡Agua tibia!”, podría decir alguien por ahí, pero téngame paciencia. Vamos ahora al desarrollo de la idea.
Somos o no somos
Como se dijo, lo anterior podría calificarse de perogrullada pero cuando hacemos el análisis desde ópticas como el arte, la religión y la política el asunto se nos complica. En este artículo quiero referirme específicamente a la perspectiva política. Asevero que uno de sus mayores problemas (particularmente en los sistemas democráticos representativos) es que una vez que el ciudadano emite su voto, se siente “amarrado” con el candidato en cuestión, especialmente cuando su candidato triunfa. De manera tal que si usted votó por el presidente, se siente no diríamos “casado” (ni a la pareja le perdonaríamos ese tono), sino más bien atado, esposado, sujetado y aprisionado por su sufragio. Eso se traduce en que, para muchos, no importan evidencias, no importan los desmanes, no importa la ilegalidad, no importa el matonismo, no importan los yerros y los gazapos: todo hay que perdonarlo, defenderlo y disimularlo. Evidentemente esto es completamente irracional: si el presidente de la República hace algo malo, pues hace algo malo. Si el presidente o la diputada o el alcalde se comporta como energúmeno, pues se comporta como energúmeno. Lo que está bien, está bien, así sea obra de mi rival o enemigo. Lo que está mal, pues está mal, así sea obra de mi candidato, mi amigo o mi presidente. Se trata de la naturaleza del acto como tal, no del actor. Se trata del mensaje, no del mensajero. Es el hecho, no su ejecutor. Otra cosa sería engañarse. Y constantemente nos engañamos. ¿Por qué?
De vuelta al inicio
Ahora sí, armemos el rompecabezas. Lo que sucede es que no solo somos pésimos pensadores, sino que nos superan las emociones. De manera tal que por emitido el voto, nos causa terror, nos causa pavor, nos causa una ansiedad suprema el admitir que la persona por la cual votamos “mete la pata” o es un bocón. Creo que detrás de ese pánico hay dos causales. Primeramente, nuestra humana tendencia a sobre-simplificar las cosas. Nos encanta llevar todo a términos absolutos: bueno vs malo, superhéroe vs supervillano, ángel o demonio, blanco o negro. Se nos atragantan los diferentes matices de la realidad y su inmensa complejidad. En segundo lugar, una vez tomada la decisión (en este caso, la del voto), entonces cualquier evidencia de mala gestión se nos hace intolerable pues pone en tela de juicio lo que hicimos, como si tuviéramos que apechugar personalmente con las barbaridades de un político.
Y es aquí donde es vital el entender que dos cosas pueden ser ciertas a la vez. Sí, es cierto que Costa Rica necesita “refrescar” a las autoridades de gobierno: bien por eso, bien por su voto. Sí, es cierto que los partidos políticos tradicionales se convirtieron en nidos de corrupción. Sí, es cierto que nuestras instituciones – la CCSS, el Poder Legislativo, el Poder Judicial, etc. – tienen problemas. Sí, es cierto que la macroeconomía está arrojando buenos resultados. Sí, es cierto que necesitamos autoridades enérgicas y decisivas. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que el presidente de la república no puede comportarse como un matón de esquina, como un machista y un misógino: la figura del presidente está llamado a ser un modelo de moderación y respeto. También es cierto que necesitamos a la CCSS. También es cierto que la misma “prensa canalla” que hoy todos critican es la misma que denunció la “trocha”, el “cementazo” y la “cochinilla” y en ese momento nadie la puso en tela de juicio. También es cierto que el Gobierno no tiene la menor idea de lo que está haciendo en el área de la educación. También es cierto que el crecimiento del PIB como un todo no está beneficiando a las áreas rurales ni a los sectores más urgidos. Una cosa no quita la otra. Dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
Conclusión
De manera tal que no es necesario, no es mandatorio, no es obligatorio que se le apoye y perdone todo al Gobierno por solo haberle dado el voto. Todo lo contrario: como en un matrimonio, hay que hace respetar los votos matrimoniales. Deberíamos traerlo “a mecate corto” y llamarle la atención cuando se equivoca, exigirle más y mejores resultados, demandar respeto y formas correctas. Al fin y al cabo, el que nos está dando vuelta es el Gobierno, no nosotros como el pueblo. Es una especie de “Síndrome de Estocolmo” colectivo en donde como sociedad estamos dispuestos a aguantarle cualquier cosa al presidente y su Gobierno solo por haberlos elegido en las urnas. Es darle “carta blanca” y patente de corso al presidente para que le pase por encima a la Constitución, a la ley, a la ética y a la moral. Eso, amigos, eso raya en la locura: ellos trabajan para nosotros, nosotros pagamos sus salarios. Es hora de exigir lo que es nuestro por derecho.
