Los poderes del Estado declararon el 7 de noviembre “Día de la Democracia Costarricense”. La ley n.° 18 (publicada en La Gaceta n.° 248, del 7 de noviembre de 1942) lleva la firma del presidente del Congreso Constitucional, Teodoro Picado Michalski, del primer y segundo secretarios José Albertazzi Avendaño y Aristides Baltodano Briceño, así como del presidente de la República, Rafael Ángel Calderón Guardia, y del ministro de Educación Pública, Luis Demetrio Tinoco Castro.
Poder Legislativo y Poder Ejecutivo decidieron honrar en los anales de la patria la memoria de la insurrección ciudadana del 7 de noviembre de 1889, auténtica alborada de los procesos electorales participativos, siempre en vías de perfeccionamiento. Fue en las calles de San José donde el pueblo conquistó la democracia hace 134 años, tal y como en la plaza de Atenas los antiguos griegos parieron la suya 25 siglos antes.
Aquel jueves por la noche, centenares de ciudadanos pertrechados de herramientas de labranza, garrotes, piedras, algunos revólveres y un puñado de rifles de caza, a pie y descalzos o a caballo, rodearon la ciudad capital. Era una demanda popular inédita de respeto al voto en las elecciones de primer grado celebradas dos días antes: unos cuantos policías habían marchado al mediodía por la calle principal, proclamando el triunfo del candidato gobiernista. El asedio civil se mantuvo hasta que no se contó el último voto. Tres semanas después, el candidato del partido de oposición fue electo en la segunda vuelta.
El pueblo en las calles hacía historia en una república de no más de 300.000 habitantes. Fue la primera elección genuinamente libre y popular. La primera vez que un Gobierno resultó derrotado en las urnas. La primera vez que los partidos políticos se presentaron con un programa de gobierno y no solo como movimientos personalistas. Primera vez que se garantizó la libertad de expresión y la libertad de prensa durante la campaña. Y primerísima vez que los ciudadanos se organizaron para defender su derecho electoral, por la fuerza si fuese necesario.
El partido liberal progresista y laico, en el poder durante los veinte años anteriores, perdió. El partido conservador de orientación católica, que gobernaría durante doce años consecutivos, ganó. Fue un hito categórico. “El día de gloria de nuestra democracia”, según el periodista martinicense José María Pinaud Saboureau (1890-1948) en su crónica «La epopeya del civismo costarricense» (Imprenta La Tribuna, 1942).
Cada vez que los gobernantes, administradores de la institucionalidad democrática, se han apartado del camino costarricense, el pueblo se desborda a las calles hasta enderezar el rumbo y retornar luego a la faena cotidiana. Así “La semana heroica” protagonizada por estudiantes y maestros, del 9 al 13 de junio de 1919: la represión dejó 19 muertos y 180 heridos, recordados en el Paseo de los Estudiantes. Así también “La huelga de brazos caídos”, paro de labores y actividades económicas, cierres de bancos, comercios y centros educativos, la Universidad de Costa Rica incluida, del 21 de julio al 3 de agosto de 1947: el gobierno cedió el control del Tribunal Electoral y se comprometió a entregar el mando de la Fuerza Pública al ganador de los comicios de 1948, 24 horas después de anunciado el veredicto.
Si gobernantes, jueces, legisladores, políticos y partidos desempeñan sus responsabilidades con eficaz acatamiento a los intereses reales del pueblo, persistirá la confianza en la institucionalidad democrática. Pero si fuese quebrantado el juramento constitucional de “observar y defender la Constitución y las leyes de la República, y cumplir fielmente los deberes de vuestro destino”, Dios y la patria lo exigirán, en las calles si fuese necesario. Así ha sido, así es y así será mientras el poder y la autoridad reposen en la voluntad del pueblo soberano.
