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Mundial, épica y mujer

Caperucita Roja corría por el campo a toda velocidad. No era la retratada por Jacob y Wilhem Grimm, sino el jugador alemán Karl-Heinz Rummenigge. Cada domingo se transmitían los juegos de la Bundesliga, velocidad, fuerza, tres pases largos, disparo y gol. En la gradería estábamos mi papá, cuatro hermanos mayores, mi hermanito menor y yo que en ese momento habitábamos aún en el mundo de la oralidad. Habíamos sido atrapados por los apodos salidos del ingenio de Andrés Salcedo. Angelito Engels… Angelito de la Guarda, como el cuadro que colgaba en la cabecera de la cama y al que cada noche le recitaba una oración aprendida de memoria, la narración del colombiano era curiosa.

De mis hermanos tres se hicieron apasionados; uno detractor y otro indiferente al fútbol. No a todos los hombres les gusta este deporte. Para mí con los partidos nacionales vino el descubrimiento, la emoción de ver a gorduchinha, como la llama la periodista brasileña, Elaine Tavares, en el fondo de la red. México 86, los relatos de la larga corrida del gol de Maradona. El primer mundial de fútbol con claros recuerdos marcó el inicio del gusto por estos eventos hasta la fecha. Y también la fascinación por la épica futbolística. Luego, vino una tarde italiana de 1990 y un 29 de junio de 2014 en Pernambuco. Viví de cerca lo que significaba.

En Dios es redondo, el escritor mexicano Juan Villoro dice que, en perpetuo estado de infancia el aficionado al fútbol busca capacidad para la magia y que, el fútbol pone en contacto con la inocencia del buscador de héroes. Así, este deporte puede ser muchas cosas. Hoy estamos conscientes de que es un negocio, pero implica muchas otras subjetividades. Sigue siendo un relato épico salpicado de drama, deseos de gloria, sentimientos de revancha, supersticiones y elevadas dosis de valor y exigencia de resistencia física y mental. Los jugadores también son vistos como guerreros que siempre tienen presente a su familia, a su patria y a sus dioses como en las epopeyas más famosas de la historia.

La relación fútbol, familia, infancia, relato es una de esas subjetividades. Pero no se pueden negar sus claroscuros, los espacios de sombra que nos enfrentan a nuestras contradicciones. Detrás del balompié hay negocios oscuros, racismo, machismo, discriminación, fanatismo, violencia, nacionalismos obtusos... ¿Cómo conciliar la emoción del mundial con las sombras que lo circundan? En este mundial las relaciones sociales reales y virtuales orillaron hacia la toma de posturas definitorias y maniqueas, estar a favor o en contra a secas. Sin embargo, las grandes hazañas de equipos, en principio no favoritos como Marruecos le ganaron al boicot, hasta los detractores se sumaron a la fiebre del mundial. Parece que el fútbol como juego inocuo, como actividad placentera y social termina imponiéndose.

La atención ha estado puesta sobre los dos más grandes cracks del mundo, el escrutinio morboso de sus alegrías, enojos lágrimas y frustraciones. En el pantano virtual con tirria e insultos chabacanos muchos hombres celebraron la salida de Cristiano Ronaldo. Dice Villoro que el crack solo existe rodeado de cierto dramatismo y que, el hombre canta ópera o rompe récords porque le pasó algo horrendo. Nos recuerda que sabemos por Tolstói que, las familias felices no producen grandes novelistas ni tampoco grandes futbolistas. Tal vez por eso, Cristiano Ronaldo ha sido un portento de diciplina, sacrificio y coraje como ningún otro jugador, un grande entre los grandes.

El inusual comportamiento de Lionel Messi en el partido contra Países Bajos encendió una chispa, una frase inofensiva, pero agrandada por la prensa amarillista. La naranja mecánica ha sido famosa por romper las normas, por el teatro, por la provocación al estilo del embustero Ulises. Lo cierto es que en los deportes de grupo el líder tiene un gran peso y el sentido de la tragedia toca a todo el colectivo. Parafraseando a Juan Villoro, el drama futbolístico de Holanda estriba en carecer de drama, a sus jugadores les hace falta una dosis de dolor para ganar partidos, pues en la historia de las finales han perdido ante los sufridos alemanes y ante los sufridos argentinos quienes han preferido canjear su dolor por el trofeo.

En la literatura, Héctor el troyano es el héroe por antonomasia. No solo es valiente, aguerrido, honorable, sino también, solidario, compasivo, sensible y tierno. Es buen hijo, hermano, esposo, padre, ciudadano, líder y fiel a los dioses. Representa el modelo perfecto, imposible de alcanzar, por eso no debía ganar la guerra. Messi y CR7 cargan con este enorme legado, se les exige perfección e infalibilidad. Esta joven generación ha superado por mucho a sus antecesores, a sus modelos deportivos, a costa de una gran disciplina en sus vidas privadas. No solo extendieron por más tiempo su carrera, sino que, no pararon de ganar premios y romper récords.

La épica literaria también nos recuerda la división de los roles de género que la cultura machista ha impuesto a los hombres y a las mujeres. Para ellos, ser invulnerable, reprimir sentimientos, ser glorioso, ganar batallas. Para ellas, ser discreta, reprimir pulsiones, cuidar a la familia, ser hermosa. La épica futbolística cuenta historias de derrota como la de Moacir Barbosa, primer portero negro de la selección de Brasil. En la final contra Uruguay de 1950 cometió un error que lo mató en vida, hasta su muerte física en el 2000 sufrió todo tipo de humillaciones públicas; murió pobre y olvidado. En las sombras del fútbol también habitan los oscuros aficionados.

Detrás de las historias heroicas del mundial están las anónimas. El tema del boicot se abrió por la discusión sobre los derechos de las mujeres musulmanas. “Siempre han hablado por nosotras” dice en su ensayo la escritora catalana de origen magrebí Najat El Hachmi. Afirma que las mujeres musulmanas cargan sobre sus cuerpos con el racismo de la extrema derecha y con la indiferencia de las izquierdas y algunos de sus feminismos relativistas que se han volcado a justificar el islam y a negar el sufrimiento que ellas padecen. Esto en nombre de un multiculturalismo maltrecho que ya no da para tanto en el siglo XXI. Ojalá que el boicot no se quede en la ola hashtag, sino que sirva para comenzar a escuchar esas voces silenciadas e ignoradas.