Durante la Primera, pero especialmente en la Segunda Guerra Mundial, el ejercito de Estados Unidos de Norteamérica, distribuyó fotografías de desnudos femeninos como “apoyo estratégico a las tropas” (Preciado, 2010), según lo definió el gobierno, para promover las prácticas masturbatorias heterosexuales de los soldados en tiempos de guerra. Pero, finalizado el conflicto bélico, esas mismas imágenes, fueron consideradas indecentes y pornográficas por el mismo país, en aplicación de las leyes anti-obscenidad vigentes desde 1712, cuyos criterios prácticos podrían calificarse entre la arbitrariedad y la fluctuación aleatoria. Al fin y al cabo, luego de la Segunda Guerra, con el advenimiento de los años cincuenta y la llegada del macartismo, se instaló sin pudor el uso del poder institucional sobre los cuerpos y los deseos de los estadounidenses para hacer grande “América” nuevamente, (sí, ese eslogan no es nuevo). La retórica conservadora utilizó el nombre de Dios y la decencia para restaurar la fibra moral de la Nación, ahora bajo la amenaza comunista durante la Guerra Fría.

Michel Foucault, en el Tomo I de su obra Historia de la Sexualidad (1976), y en el registro de algunas lecciones que impartió en el Collège de France, conceptualizó el Biopoder y la Biopolítica, como aquella tendencia social intencionada y ligada a las técnicas disciplinarias del poder y el control demográfico respecto de los individuos. Las reflexiones de Foucault trasladan a la revisión de lo que son la sociedad y el poder en cuanto a lo disciplinario. La idea, incluso en la posmodernidad, es bloquear, aniquilar y suprimir a los seres humanos, su subjetividad y su corporeidad. Se les requiere como fuerza de trabajo y como consumidores. Pero, sobre todo, se impone la necesidad de normalizarlos, uniformarlos, disciplinarlos como individuos idénticos y como masa. El cuartel, la cárcel, el hospital, la fábrica y las escuelas son instituciones y mecanismos que reproducen de una u otra forma los imperativos sistémicos de la normalización del sujeto y los cuerpos, de control y dominación de los individuos y las colectividades. De hecho, muchas de las instituciones reproducen ese panóptico moral foucaltiano en donde la privacidad de la persona cede en aras del control social formal e informal. Sobra decir, que cualquier ser humano que no se ajuste al formato deseado por el diseño del poder, será disciplinado, excluido, discriminado, o en algunos países, encarcelado o condenado a morir. Ello incluye a los insanos mentales, disidentes políticos, afectivos, o quienes padecen enfermedades físicas o no son económicamente competitivos.

Dentro de esta lógica biocapitalista, y la aplicación aleatoria de las leyes del siglo XVIII; en noviembre de 1953, en la ciudad de Chicago, apareció el primer número de la revista Playboy editada por Hugh Hefner, su esposa de entonces Millie Williams, y unos cuantos amigos temerosos de la censura. Incluía un dibujo de un joven yonqui (drogadicto) inyectándose; fragmentos de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle; un artículo acerca del Jazz; una nota sobre el diseño de una oficina conforme a la estética de la época; una pieza crítica sobre la carga excesiva que recaía en los varones después de un divorcio y un cuento adultero del Decamerón. Pero tenía un dispositivo cultural que explotaría y cambiaría la faz de la Norteamérica mojigata para siempre, una fotografía de Tom Kelley de Marilyn Monroe en forma desplegable y a colores. Ella posaba desnuda, mirando directamente a la cámara, recostada sobre una manta de terciopelo rojo mientras ocultaba su pubis, pero uno de sus pechos era totalmente visible. Para ese momento, Marilyn, siguiendo el consejo de su agente, se había decolorado el cabello y se había operado la nariz. Tenía solo dos películas en su haber: “La jungla de asfalto” y “Todo sobre Eva”, las cuales habían sido éxitos de taquilla, por lo que esa primera edición de Playboy vendió cincuenta y cuatro mil ejemplares de manera sorpresiva y lanzó un fenómeno cultural sobradamente conocido, que derrotó a revistas como Esquire y “The New Yorker” que hasta entonces lideraban el mercado.

Se debe tener presente que para 1953 no existía contra cultura en los Estados Unidos de Norteamérica, excepto en el Greenwinch Village de Nueva York, cuna de esta. Barrio de artistas, intelectuales, bohemios y minorías que cambiaron al mundo de muchas maneras y que han sido los pioneros de muchos cambios sociales que hoy se dan por sentado. Como bien señala Paul Preciado, eran días en que andar bajo el brazo el libro de Henry Miller: “Trópico de Capricornio” podía provocar insultos en la calle o incluso la cárcel.

La importancia de la revista Playboy desde el punto de vista cultural, dado que no se pretende una apología de la cosificación de la mujer, es que se publicó en sus páginas para el “mainstream” (público convencional), entrevistas y reportajes sobre Jack Kerouac, Frank Lloyd Wright o James Baldwin, entre otros, que ampliaron los límites de los lectores de la publicación, que siempre tuvo como objetivo a citadinos blancos, heterosexuales, y les permitió expandir los horizontes de su cultura e iniciar un camino de exploración lúdica que no tiene fin en el continuum de la vida.

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