Habiendo visto todos los debates que me fue posible y revisado cuanta información pude y a menos de 36 horas de ir a votar puedo decir que he hecho las paces con mi decisión para este domingo. Voy a votar por la opción que me permita dormir tranquilo en las noches estos 4 años sabiendo que apoyé a la que yo considero la mejor opción entre las 25 que se presentaron.

Estoy seguro de que quienes lean esto (sin importar a quién apoyen) pensarán parecido, porque soy de la idea —tal vez idealista— de que nadie vota esperando que al país le vaya mal estos próximos 4 años, y sin embargo, cuando nos encontramos a personas con una preferencia distinta caemos en el sesgo de pensar que esas personas son ignorantes (no tienen toda la información), idiotas (tienen la información pero no la entienden) o malvadas (tienen la información pero la interpretan en su propio beneficio).

Sin embargo, suponer que mi elección por una propuesta política es moralmente superior o mejor informada que la de cualquier otra persona que no coincide conmigo, es parte de las raíces de por qué vivimos en una sociedad cada vez más polarizada, porque somos incapaces de entender que no pueden existir prioridades universales en una sociedad desigual donde a cada quién el zapato le chima en un lugar distinto y la mayoría solo busca salir adelante.

No se puede negar que hay quienes votan sin buscar toda la información o lo hacen movidos por intereses personales/sectoriales/partidarios, y aunque son los menos, suelen ser los que hacen más ruido —tanto en la vida real como en redes sociales— y hacen que fácilmente olvidemos que el grueso de la población no está buscando votos para asegurarse un puesto en el Gobierno, sino que sale a votar porque cree en lo que le proponen y porque alguna candidatura lo mueve a salir a votar ya sea porque le genera esperanza o el miedo/enojo necesario para salir a a votar por otra opción. Cada persona vota por quien considera la mejor opción (incluso quienes votan por enojo o en contra del sistema, lo hacen, en su mayoría, porque piensan que así el país podría estar mejor).

A pesar de eso, hace una semana, al ver varios comentarios que en redes sociales, recordé que no importa cuál resultado se dé, la mayor parte de la población debería preparase para quedar decepcionada el domingo, ya que es muy probable que el resultado final no refleje lo que su burbuja en redes sociales le está mostrando.

La realidad es que, según se ha ido viendo en las encuestas, las dos opciones que pasen a segunda ronda sumarán (en el mejor de los casos) alrededor del 45% de los votos válidos, por lo que considerando que una de cada tres personas no vota, estamos hablando que, aproximadamente,  el 70% del padrón va a quedar insatisfecho con cualquiera que sea el resultado de mañana.

Es probable que esa cantidad de personas que van a quedar desilusionadas es tan alta porque ninguna de las 25 opciones que se presentaron en la papeleta ha logrado esperanzar al grueso de la ciudadanía con su propuesta, pero el domingo no es el momento para quejarnos de esto (después de estas elecciones cada quien puede involucrarse en alguno de los partidos políticos existentes —o a formar uno nuevo incluso— para que dentro de 4 años no nos vuelva a pasar lo mismo), el domingo es el momento de salir a votar.

Así que salgamos y votemos por la que creamos es la mejor opción para el país, y vayamos haciendo las paces de una vez con lo que la mayoría decida.

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