Antes de la pandemia y sobre todo en época de lluvia, doña Juana se paraba por las tardes a la entrada del Teatro Nacional a vender paraguas. Su hijo Diego —le habían puesto así por Diego Armando Maradona— la acompañaba dos veces por semana a vender paraguas. Diego estaba en séptimo año de secundaria. Estaba por cumplir los trece años.

Yo había comprado tres entradas para ir con mi hija y mi hijo a ver El diario de Ana Frank al Teatro Nacional. Pero ese día, por circunstancias especiales, mi hijo David no pudo acompañarnos porque estaba atrasado con un trabajo del cole, así que nos fuimos Eva y yo al teatro con las tres entradas.

Yo estaba muy emocionada porque el diario de Ana Frank había marcado mi adolescencia.

— ¿A quién le regalamos la entrada que nos sobra?, -le pregunté a Eva.

— Démosela a ese muchacho que está allá con la señora de los paraguas, me dijo al instante mi hija.

Desde que Diego tenía ocho años, acompañaba a su madre los jueves y los domingos a vender paraguas a las afueras del Teatro Nacional pero nunca habían entrado, no lo conocían por dentro. Pensaron que había que pagar para ingresar.

— Tenemos esta entrada que nos sobra y la queremos regalar a su hijo, les dije.

Diego y doña Juana se quedaron en silencio, se miraban el uno al otro. No sabían qué respondernos. Les insistí, les conté de la obra, de Ana Frank, que era una chica que había escrito un diario a la edad de Diego, hace muchos años.

Aceptaron.

Doña Juana se vino con nosotras al vestíbulo del teatro. No podía creer que había sobrepasado esa puerta antes infranqueable. Se despidió de Diego con la mano cuando entramos a la función. El teatro estaba repleto, no había un solo espacio libre.

Eva y yo le dimos a Diego un corto recorrido por el teatro antes de sentarnos.

Diego no se perdió ni un solo instante de la obra. Al salir y encontrarse con su madre no podía dejar de saltar emocionado y contarle: que Ana era una chica como él, que Ana había estado encerrada, que Ana había escrito un diario donde contaba todo lo que sentía, que Ana había muerto por culpa de los nazis.

Se volvió a nosotras y nos dijo:

— ¡Gracias, gracias, gracias! ¡Este día cambió mi vida!

Saltando y abrazando a su madre se despidieron de nosotras.

Al igual que Diego y gracias al proyecto “Érase una vez” del Ministerio de Educación Pública y del Teatro Nacional, entre el 2016 y el 2019, alrededor de doscientos mil estudiantes y ochenta mil docentes pudieron conocer el Teatro Nacional y presenciar obras de las artes escénicas que les hicieron soñar.

Para doña Juana y para Diego, vender paraguas afuera del Teatro Nacional no volvió a ser lo mismo. Para doscientos mil estudiantes y ochenta mil docentes que también entraron por esa puerta, tampoco.

Está más que comprobado científicamente que el arte y la cultura transforman positivamente e incluyen, generan cohesión social y salud mental.

Ojalá esta iniciativa reviva apenas la pandemia lo permita porque son épocas en las que necesitamos evidencia de que somos parte de un todo y no simplemente individuos dispersos que solo estamos en esta tierra tratando de sobrevivir.

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