Por Isabella Rojas Zeledón y Lwan Vargas Salazar – Estudiantes del Club D Squad

Viernes 13 de marzo del 2020, emergencia nacional, COVID-19 está en Costa Rica, ese virus mortal que se ha llevado la vida de un sinnúmero de habitantes alrededor del mundo y se esparce rápidamente. Lunes 16 de marzo del 2020, se cierran todos los comercios, instituciones públicas y privadas, y por supuesto academias artísticas, museos y teatros. ¿Quién se lo iba a imaginar? En un principio no se tomó tan en serio y muchos artistas, o la mayoría, pensaron que sería cuestión de unas semanas el tener que poner en pausa sus actividades y trabajos, jamás se pensó que la situación fuera tan grave. Ya han pasado seis meses desde que las academias y museos tuvieron que cerrar sus puertas y los teatros se vieron obligados a bajar sus telones para adaptarse a un nuevo mundo en el que hay que “ponerse las pilas” para no quedarse atrás. Sin embargo, toda la situación ha traído consecuencias para los artistas, los dueños y los profesores.

Desde el lado profesional artístico, los dueños de academias, institutos y centros de arte han tenido que adaptar sus clases a la modalidad virtual, por medio de plataformas virtuales como Zoom y Skype, ingeniando las mejores ideas para incentivar a sus alumnos y esperar a que continúen asistiendo a las clases. Los profesores se han tenido que mudar al nuevo formato, encontrar la manera de captar la atención de los bailarines, que estos sigan con su proceso de aprendizaje sin poder corregir y demostrar en tiempo real, dando su apoyo e invirtiendo más tiempo en métodos nuevos tanto para ellos como para los alumnos. Para los alumnos es todo un reto: aunque se vive en un mundo rodeado de tecnología constantemente y ya se está más familiarizado con las herramientas, no es lo mismo conectarse a una clase donde se aprende de acuerdo con lo que haga el profesor; al menos en el área de la danza es complicado seguir los pasos del profesor si no se le puede ver físicamente.

Los profesores son trabajadores independientes, es decir, dan sus servicios profesionales; dar las clases era su única fuente de ingreso. Lastimosamente muchas academias se han visto obligados a cerrar clases, bajar salarios y despedir profesores porque no reciben los mismos ingresos que antes. Muchos padres de familia han sacado a sus hijos de clases porque no se ensaya de igual forma que en una clase presencial, o también se han visto obligados a retirarlos de las academias porque la situación económica actual no es la mejor.

De igual forma, organizaciones grandes de competencias nacionales e internacionales como Intrigue, Nuvo, Jump, Starpower, Move, Hype, Dance Awards, entre otras, han cancelado sus actividades programadas. Por esta razón ,muchos bailarines perdieron la oportunidad de bailar en un escenario, de competir, y ganarse becas que les ayudarán a crecer profesionalmente.

Esta pandemia entró por la puerta trasera, sin ser invitada y sin previo aviso, y trajo consigo cambios, retos, dificultades, disconformidad. No obstante, la vida sigue, el gremio del arte debe continuar, y la herramienta más útil es la adaptabilidad. Con esta situación se han encontrado nuevos modos de trabajo, se ha demostrado que quién quiere, puede; se utilizan las herramientas para sacar lo mejor de ellas y la percepción de la distancia se vio disminuida porque ya no hay límites ni fronteras; se ve la solidaridad entre academias y sus profesores que saben que la situación económica no es favorecedora y deben ayudarse los unos a los otros para no tocar fondo. Todavía no se ve final, no se sabe cuánto tiempo más tomará esta pandemia y lo que depara para el mundo. Los artistas seguirán entrenando, viendo a sus compañeros y profesores a través de una pantalla, con el anhelo de poder reencontrarse pronto para continuar con normalidad, o con la nueva vida que llamaremos “normal”.