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En Costa Rica se registran 51 muertes violentas de mujeres asesinadas en lo que llevamos del año 2020. Esta alarmante situación ha puesto sobre la palestra la cuestión del femicidio, de la violencia contra las mujeres, del machismo y de la discriminación por género que sufre el 51% de la población mundial.

Aunque los motivos para estas conversaciones son profundamente dolorosos, estas en sí mismas son algo muy positivo. Son señal de un ambiente distinto para la toma de consciencia. Hablar de las cosas es sumamente sanador y es fundamental que, como sociedad, tengamos estos intercambios.

Pero, ¿de qué estamos hablando? En primera instancia, de la indignación por el asesinato de víctimas inocentes que, por su condición de ser mujeres, perdieron la vida de forma violenta. Hombres y mujeres por igual repudiamos estos actos y esperamos que las autoridades se encarguen de que haya justicia ante la ley. Pero también estamos hablando de una marca más profunda, más difícil de entender y de resolver.

Nos enfrentamos a un problema complejo que requiere de un compromiso enorme, individual y colectivo, para resolverse. ¿Cuál es ese problema? La forma en como se concibe a la mujer en el paradigma del patriarcado.

En las culturas fuertemente marcadas por el patriarcado (casi todas), la mujer tiene lugar de objeto. Objeto de deseo, objeto de posesión, objeto de conquista, objeto para la procreación y la descendencia, etc. Esta marca llega hasta lo más profundo de la psique de todas las personas que forman parte de la cultura (las feministas, como yo, incluidas). Se puede detectar en los tantos sesgos inconscientes que vemos en nuestro comportamiento y en las dificultades que hemos tenido para que las mujeres tengan una condición de iguales en todos los campos de la sociedad.

En las culturas donde más se venera a las mujeres, donde más se las aprecia y más las tenemos en un pedestal, más las “cuidamos” y las adoramos —con distintos tipos de simbolismos, religiosos o de otras formas, que sirven de ideal de feminidad—, es posiblemente donde más fácilmente podemos detectar esa colocación de la mujer como objeto. Por ejemplo, basta con observar detenidamente la mayoría de los rituales matrimoniales, llenos de gestos y signos de la mujer que es entregada como un precioso regalo. Hombres y mujeres estamos en esto por igual.

En la lógica del patriarcado, los hombres aprenden que, para “ser hombres”, deben saber reclamar su premio, hacerse de esa tenencia de una mujer que se merecen (buena, modesta, justa, entregada, cuidadora… como “se supone” que es una mujer “correcta”). No todos los hombres actúan con violencia, por supuesto. Muchos son gentiles, seductores, caballerosos… Como “tiene que ser”. Las mujeres, por otra parte, aprenden a “ser premio”, a vivir su feminidad sobre todo para cautivar la mirada del hombre que le dará un lugar en el mundo.

Las conductas asociadas a la masculinidad, tales como el desarrollo intelectual, la agresividad, la libertad, etc., no son activos muy valiosos para una mujer que quiere tener éxito en la dinámica de las relaciones heterosexuales. Esto explica, en parte, la deserción temprana y la poca cantidad de mujeres en carreras STEM, pues las niñas aprenden, desde temprano, que deberían aspirar a carreras más tradicionalmente asociadas a lo femenino (tal y como lo entiende el patriarcado).

El día en que las mujeres puedan querer otra cosa (distinta que ser apreciadas como objeto de valor para los hombres) y que los hombres puedan vivir su masculinidad sin los prejuicios que les instala el patriarcado, posiblemente comenzaremos a ver bajar los índices de femicidios alrededor del mundo. El día en que una mujer inteligente, independiente, valiente, que dice lo que piensa, que hace lo que quiere, sea apreciada y respetada por su propio valor, como una persona igual, ese día habremos logrado lo que nos proponemos.

Pero ese día no vendrá de un momento a otro. Hay que seguir teniendo todas las conversaciones, todas las discusiones, todas las acciones afirmativas, probablemente durante décadas. Quizás así logremos que las niñas de hoy puedan vivir el sueño de nuestras abuelas y que los niños de hoy puedan ser, algún día, hombres libres de las cadenas del patriarcado. Quizás entonces logremos el verdadero equilibrio y la construcción de una sociedad de personas libres.