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Uno de los postulados de la Posmodernidad es la incredulidad frente a los diferentes metarrelatos que se han formado a lo largo de la historia humana. Básicamente, la Modernidad propuso las grandes ideologías del siglo XIX, que irrumpieron en la realidad del siglo XX, tales como el liberalismo, el socialismo, el fascismo, entre muchas. El teórico literario y filósofo francés Jean François Lyotard (1924-1998), denunció que esta propuesta nos ha fallado y así entramos a una nueva fase denominada Posmodernidad.

En la posmodernidad no hay valores únicos, ni reconocimiento de la existencia del otro, de ahí que la individualidad y la indiferencia sean normas aceptadas de convivencia en el siglo XXI. La solidaridad humana tiene más sentido como forma que como sustancia, y cuando es auténtica, es objeto de sospecha. La pose es una nueva forma de estar, pero el ser siempre será oculto de la mirada ajena. La sociedad posmoderna es instantánea, gratificante, e incapaz de postergar el placer, está llena de aire y pompa, los contenidos se adquieren y desechan por medios fluidos digitales al alcance de un clic, al igual que las relaciones humanas, los trabajos y los programas de entretenimiento; no existe solidez que dure más que su propio flujo, por eso, el maestro Zygmunt Bauman calificó nuestro entorno como un mundo líquido.

Cada ser humano de este sobrepoblado planeta tiene una idea personal, y a la medida, de lo que significa tener éxito, es un concepto irrepetible como cada habitante. Yo no sé que significa ser exitoso para usted y viceversa.

Lo que sí debo indicarle, es que para obtener lo que usted entiende por triunfo, tiene que transitar la caravana del desierto del No. Las nuevas generaciones pujan para obtener su lugar y los antiguos se retiran a regañadientes, los cambios generacionales son menos amigables que nunca, ello tiene razones multifactoriales, desde un deterioro en el sistema de pensiones, hasta una caída en la tasa de nacimientos de los mejores contribuyentes al sistema de consumo.

El talento innato es importante, pero no determinante, múltiples estudios lo confirman. Estoy seguro de que ustedes confiaban en que alguien de la secundaria (no un heredero), llegaría lejos en la vida por su asombrosa capacidad, pero al llegar a la mediana edad se quedan sorprendidos cuando constatan que no alcanzó su potencial y vive una vida que podrían clasificar de mediocre. En cambio, el “patito feo” del Cole, por el que nadie daba un peso, llegó a cumbres inimaginables bajo cualquier parámetro. El fracaso del instrumento de medición de la prueba del coeficiente intelectual desarrollado a partir del modelo del psicólogo parisino Alfred Binet en 1900, y sus posteriores agregados, solo recibió una explicación comprensiva a partir de la publicación del libro “Frames of Mind” (Estados de ánimo) de 1983, de un joven psicólogo evolutivo de Harvard llamado Howard Gardner, ese fue el punto de partida para el estudio de las Inteligencias Múltiples, iniciando con la ponderación de siete inteligencias distintas que permitieron comprender qué es y cómo funciona la inteligencia humana.

En la víspera de año nuevo de 1977, un nervioso comediante de 22 años de edad, iba a hacer su rutina de chistes (stand up) por primera vez ante una abarrotada discoteca en Queens, Nueva York. No era el acto principal, sino que le iban a pagar cien dólares (cantidad enorme en ese momento), para rellenar un espacio antes de la medianoche. La música disco sonaba a todo volumen y el novato no se percató que el sistema de sonido no funcionó bien, el micrófono de voz no se escuchaba. Los que estaban más cerca del escenario lo abuchearon sin misericordia, y los demás ni siquiera pudieron oírlo. Cuando terminó su actuación y quiso cobrar su pequeña fortuna, el dueño del lugar no le pagó, le dijo que no se dio cuenta que había actuado. Su nombre posiblemente le es familiar: se trata de Jerry Seinfield.

Un afronorteamericano, que estaba en noveno año de secundaria amaba el baloncesto. Sin embargo, medía solamente 1.75 centímetros y el entrenador no lo convocó para el equipo, eligiendo muchachos más altos. Se prometió a sí mismo demostrarle al instructor que estaba equivocado. Trabajó duro y practicó el salto para compensar su baja estatura. En el undécimo año, creció, y también perfeccionó sus habilidades, llegó a ser parte del equipo de la escuela, luego de la Universidad y también de la NBA. Quién sabe dónde estaría ahora si no fuera por su fenomenal perseverancia. Su nombre: Michael Jordan.

No tengo ninguna moraleja para ustedes, yo voy a lo mío, tengo mi inventario de negativas y desprecios, respondo a eso con olvido, compasión y mucho trabajo de carpintería en mejorarme. Si es posible, los invito a que encuentren su entusiasmo y nunca se den por vencidos.