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¿Realmente conoce usted a 250 personas? Y no hablo de los amigos imaginarios de Facebook, en donde muchas personas tienen cientos, aunque en la vida los hayan visto o al menos intercambiado alguna palabra. Es decir, personas reales que no respondan al rancio deseo de tener likes por cualquier publicación y o al impulso de aceptar a cualquier persona en redes sociales solo en busca de una aceptación derivada de las inseguridades e inmadurez.

Me refiero, en serio, a si alguno de ustedes conoce realmente a 250 personas, sus gustos, de donde son, que estudian, que música les gusta, a qué equipo de fútbol le va, dónde viven, si tienen o no tienen problemas, es decir gente con la que se convive o se intercambian comentarios, saludos y ¿por qué no? madrazos de vez en cuando.

Pues yo no, mi lista de amigos, sumada a mi familia, compañeros de trabajo, vecinos inclusive, no creo que supere los tres dígitos. ¿Y a qué voy con esto?

Al día de hoy, ya se contabilizan más de 250 personas fallecidas por el COVID-19 y parece que esta cifra la tratamos como un número cualquiera, una cifra sin importancia que pase lo que pase va a seguir creciendo y que no nos importa porque no nos ha tocado estar en la desafortunada posición de esas 250 familias.

Por favor tomemos un minuto y dimensionemos esta cifra, eso quiere decir que, a modo de analogía, sería como si usted hubiera perdido contacto con todo su mundo, 250 personas representan a toda su familia, a todos sus amigos, a todos sus compañeros de trabajo o estudio, incluso a sus vecinos, es como si en un momento dado usted se quedara solo con la única compañía que la tristeza trae al saberse abandonado por todos y todo.  Pero parece no importar, cada vez le damos menos importancia a las cifras alarmantes de contagio que no hacen más que crecer o al menos mantenerse.

El Gobierno perdió el rumbo ya hace mucho tiempo y la última desventura de nuestro señor presidente no hace más que evidenciar lo aislado de la realidad que está. Nadie duda del derecho que tiene de tomarse vacaciones, nadie duda del derecho que tiene de aislarse unos días para volver con más energía y retomar el proyecto país (proyecto que dudo mucho que tenga), nadie duda que tiene el derecho de gastar su dinero como le venga en gana, pero resulta que él no es cualquier ciudadano, es el líder de un país en crisis, en donde mientras pide y obliga a la gente a no trabajar, mientras pide que no salgamos de casa, mientras pide que todos hagamos sacrificios por el bien del país, se da el lujo de gastar más de $4.000 dólares en unas vacaciones de fin de semana. ¿Saben cuántos bonos proteger alcanzaría con esa cifra? Solo con sus vacaciones de fin de semana; más de 32. Es decir, más de 32 familias beneficiadas con esa exigua pero necesaria ayuda.

Mientras su vuelo en helicóptero costaba más de $2000, tenía la osadía de pedir y seguir solicitando mediante sus ministros, la no apertura de ciertos negocios, una restricción de movimiento ininteligible, el permiso para que patronos privados cercenen los contratos y derechos de sus trabajadores; el rebajo del 15% de la jornada laboral a los empleados públicos (por lo menos a algunos).

Ciertamente él mismo y sus ministros ya lo hicieron, pero para quien puede gastarse en un fin de semana de vacaciones más de dos millones de colones en unas vacaciones, un rebajo del 15% no es más que pecata minuta, mientras para el empleado de a pie, significa quizás no poder pagar el alquiler, no poder ayudar a su familia que ha perdido su empleo o dejar de poder pagar préstamos de previo adquiridos.

El accionar del señor presidente ha sido vergonzoso. Galeano decía algo así como “enfermo está el mundo en donde tener y ser significan lo mismo” y al parecer tenemos un presidente que se ha olvidado de esto, de la clase trabajadora, del empleado tanto privado como público que depende de un salario. Predicar con el ejemplo dicen por ahí, Voltaire ilustre pensador francés decía algo parecido al señalar que los ejemplos corrigen mejor que las reprimendas. Lamentablemente tenemos un gobierno que en cadena de televisión todos los días nos da reprimendas, pero nos da el ejemplo de vuelos en helicópteros, destinos para gente adinerada, facturas impagables para la mayoría de los mortales en estas circunstancias y una desconexión con la vida real de las personas a pie lamentable. Señor presidente, le ruego, por el bien del país recapacite, tenemos un barco sin capitán en donde las olas cada vez anegan más nuestra embarcación; es hora de dejar de hacer soliloquios académicos, comprender a la gente y actuar en consecuencia de ello.