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Como lo he mencionado en otras oportunidades, en el complejo tablero geopolítico del Medio Oriente cualquier pequeño movimiento puede tener un “efecto mariposa”, generando repercusiones en distintas direcciones. Esto por la cantidad y diversidad de actores estatales y no estatales y la convergencia de múltiples factores. No hay que perder de vista que la actual configuración geográfica es resultado del pacto secreto Sykes-Picot de 1916, cuando Londres y París dividieron las posesiones del Imperio Otomano de Medio Oriente, con el aval de Moscú.

En los últimos días han ocurrido dos eventos importantes, a lo que se suma una variación en la posición de un actor clave. Me refiero al acuerdo diplomático entre Israel y Emiratos Árabes Unidos y a la explosión en Beirut, que provocó la caída del gobierno libanés. Mientras que el tercer hecho, tal vez el que menos ha llamado la atención de los medios internacionales, es la decisión de Ankara de iniciar exploraciones en la plataforma continental en una zona en disputa con Atenas.

El acuerdo israelí-emiratí es considerado un hecho histórico, que provocará un “terremoto geopolítico” y, por ahora, detuvo la anunciada anexión de una parte de Cisjordania. Por eso es considerado un cambio de paradigma que afecta las relaciones árabe-israelíes y palestino-israelíes. No ahondo en la atribución de éxito del presidente Trump, porque se trata de un anuncio con fines electorales, que minimiza la importancia que tiene para el Medio Oriente. Aunque hay que reconocer el rol que tuvo Yared Kushner, yerno de Trump, en la gestión del acuerdo.

El acuerdo contiene aspectos que replantean las posiciones en la región, porque no alude a la existencia de dos Estados (uno israelí y otro palestino), que hasta la fecha era el punto focal de la propuesta árabe saudita del año 2000. Con esto se establece un eje Washington, Tel Aviv, Riad y Abu Dabi, que bien puede constituirse en un punto de confrontación con Irán y Turquía. Pero, además, abre la puerta a que otros países árabes del golfo Pérsico, que hasta el momento han mantenido canales no oficiales de comunicación e incluso colaboración de inteligencia, se inclinen en buscar un acercamiento diplomático con Israel.

Los grandes perdedores hoy son Teherán y la Autoridad Palestina, pues Tel Aviv asume una posición de poder en la región de la cual carecía hace rato.

Entonces, se preguntará quien lea esto, ¿para qué mencionar la cuestión libanesa? Porque en Medio Oriente cualquier aleteo leve de la mariposa tiene efectos en las posiciones y acciones de todos los actores. Hoy se reconoce que el accidente —que pareciera no ser tan accidental— de la explosión de 2750 toneladas de nitrato de amonio, almacenado por mucho tiempo en condiciones inapropiadas y sin la supervisión necesaria, tuvo efectos políticos significativos. A ello se suma el anuncio el 18 de agosto de la sentencia del Tribunal Especial para el Líbano que juzgó a los responsables por la muerte del primer ministro Rafik Hariri en 2005. El tribunal condenó a individuos y exoneró a Siria y a Hezbolá, constituyéndose en otra variable en el tablero político.

Líbano es un país complejo, por la forma en que fue construido, con un sistema político sectario, fragmentado y corrupto, en el cual todo actor culpa a los demás de los problemas. Esto fue lo que indicó el presidente Michel Aoun, al exonerarse de toda responsabilidad. Mientras otros acusaron a Hezbolá (milicia chiita). Y la ciudadanía culpa a la clase política y exige una “revolución”. Así resuena la idea de la “Primavera Árabe”.

Por otra parte, la decisión del presidente turco Erdogan de enviar dos buques de exploración, producto, según el anuncio oficial, de la inteligencia estratégica como parte de la política energética, a aguas del Mediterráneo en disputa. Si bien la Unión Europea pidió a Turquía detener el proyecto, Francia aumentó su presencia militar en el Mediterráneo Este (como también intervino en Líbano). Esto introduce otro factor en el frágil balance mediooriental.

En definitiva, si se suman los tres eventos recientes, se aprecia una especie de tsunami con consecuencias impredecibles en este momento. La esperanza es que los efectos sean positivos.