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Empiezo este artículo por confesar que al igual que muchos, quisiera ver el tren hecho una realidad. Pocos problemas en Costa Rica son más evidentes que el de transporte público y quiero creer que el tren eléctrico es, al menos, el inicio de la transformación que tanto nos urge. Ahora bien, dejando de lado los deseos y aceptando mi propio sesgo de confirmación, hay que “ver los números”.

Digo “ver los números” entre comillas porque como cualquier proyecto de infraestructura pública con largos horizontes de ejecución, cualquier cifra no es más que una estimación. Quienes critican o apoyan el proyecto, todos están tratando de adivinar condiciones económicas, tazas de utilización, costos y necesidades de transporte de los costarricenses por los próximos 30 años.  El nivel de certeza con la que estás cabezas parlantes hablan de “los números” es en casi todos los casos, un acto de absoluta arrogancia. Empezando por los que despliegan sus grados académicos como escudo para defender sus argumentos hasta quiénes previo a un hilo en Twitter inician con la frase “no soy un experto pero…”.

Al momento de escribir este artículo he visto 3 debates por redes sociales en programas de radio, escuchado las intervenciones de expertos en otros 4 programas de radio y leído 5 artículos de opinión/entrevistas sobre el proyecto del tren. Luego de incontables horas dedicadas al debate público sobre el tema, me siento tan desinformado como al inicio de la discusión.

Como alternativa decidí tomar las cosas en mis propias manos, buscar el reporte y estudiarlo. Solamente el reporte económico está compuestos de tres documentos que entre ellos suman más de 500 páginas y el de factibilidad son 25 subdocumentos que suman otras 800 páginas.  No resultará sorprendente que en este momento no haya podido leer más que los resúmenes y partes seleccionadas del estudio técnico. Utilizando Google, consultando a profesores y artículos científicos, lentamente he podido navegar este océano de información. Tras casi un mes aún resulta imposible determinar “los números” con certeza razonable para tener una opinión privada, muchos menos una pública.

Así las cosas, me pregunto ¿Cuál poder sobrenatural poseen quienes, aparte de los autores del estudio, hacen estas opiniones súper calificadas sobre la factibilidad del proyecto? En sus intervenciones públicas han expresado total certeza sobre el futuro, tanto el que será como el que no será. Al mismo tiempo han digerido y analizado en detalle unas 1300 páginas de documentos técnicos.

Lo cierto es que en la discusión sobre el tren no hay un debate técnico, es un debate político disfrazado. Quienes hacen referencia al estudio buscan solamente aquellos aspectos que les permiten reforzar sus preconcepciones o posiciones. En el medio de todo esto está la ciudadanía cuya reacción es ahondarse en sus trincheras ideológicas y tratar como adversarios a quienes tienen una opinión diferente.

En el medio del caos de información el gran ausente ha sido la prensa. En la mayoría de los casos, los periodistas han jugado un papel secundario abriendo espacios para que los “opinionólogos” profesionales nos sirvan el mismo plato ideológico esta vez con un aderezo ferroviario. Quisiera ver una prensa que medie las posiciones y permita digerir los supuestos utilizados tanto para defender como para atacar el proyecto presentado. Ambas partes basan sus posiciones en estimaciones parciales y los medios han dejado a interpretación del lector/oyente si los cálculos son sensatos o no. Lo más importante, ningún medio de prensa le ha recordado a la ciudadanía que no importa la posición de sus invitados o entrevistados, nadie tiene la respuesta correcta y definitiva sobre los “números”.

La decisión de seguir adelante o no con el tren, cualquiera que sea el resultado, no es más que una apuesta colectiva. El debate que necesitamos tener es uno donde los ciudadanos entiendan los riesgos y consecuencias de cada una de las decisiones. Con la información disponible, solamente he podido llegar con certeza a dos conclusiones sobre el tema del tren:

  • Seguir adelante con el tren va a tener, cómo mínimo, implicaciones financieras importantes para el país que no conocemos. Materializar los beneficios del tren posiblemente requiera mucha más inversión que la que se presenta en la versión actual del estudio y no sabemos cómo la vamos a pagar.
  • No seguir adelante con el tren tiene implicaciones y costos también, pretender que la inacción es gratis es ilusorio. El statu quo del transporte público en Costa Rica nos roba el recurso no renovable más importante, tiempo. La promesa que hace el proyecto del tren es devolvernos, aunque sea un poco, ese tiempo y eso no es fácil de ignorar.