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Las tensiones entre Washington y Pekín han aumentado, en forma significativa, en las últimas semanas, escalando en distintos ámbitos. Ello ha hecho que, de forma errónea, se hable cada vez más de una “nueva Guerra Fría”; cuando se trata de una confrontación entre superpotencias para definir las reglas del juego mundial del siglo XXI —qué muchos dicen será la “centuria china”, en contraste con la pasada que fue la “era dorada” de Estados Unidos—. Y si bien ya me he referido a esta cuestión, la magnitud del asunto amerita retomarse.

Veamos por qué no será una Guerra Fría. Tras el final de la II Guerra Mundial las tensiones entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se basaron en un esquema político-militar-ideológico, constituyendo alianzas para buscar un balance de poder y evitar una “guerra caliente” entre ellos. Pero Washington y Moscú no alcanzaron niveles de interdependencia económica. Incluso la Unión Soviética no llegó a ser una potencia industrial que compitiera con su adversaria y las europeas.

Hoy, por el contrario, China no tiene un proyecto ideológico que quiera imponer a sus aliados. Considera que la civilización y la cultura china no son exportables. Y a pesar de los esfuerzos del Secretario de Estado, Mike Pompeo, para calificar a Pekín como régimen comunista (por eso no habla del gobierno y el presidente, sino del Partido Comunista y el secretario general), lo cierto es que los chinos abandonaron el socialismo desde hace décadas y hoy impulsa un capitalismo de Estado bajo el lema de “socialismo de mercado con características chinas” (esto último lo hace un modelo capitalista salvaje por la explotación de la fuerza laboral). Tampoco el gobierno chino busca establecer una alianza político-militar que contrarreste el poderío estadounidense.

Washington no busca regresar al escenario de Guerra Fría. Y si Trump y Pompeo lo insinúan, es más producto del escenario electoral de noviembre próximo. Trump ha buscado desmantelar todos los esquemas de multilateralismo heredados del siglo pasado. Además, los grados de interdependencia entre las dos superpotencias son tal elevados y la dinámica global tan compleja, sin olvidar las aspiraciones rusas, que no podría retornarse a un esquema bipolar como el del siglo XX.

Ahora bien, las tensiones sino-estadounidenses no son nuevas. Durante la administración Bush hijo se comenzó a calificar a China de “competidor estratégico” y en la administración Obama hubo cuestionamientos por las políticas expansionistas de Pekín en el Mar del Sur de China, pues aspiran a convertirlo en el traspatio chino. Por supuesto, fue con la llegada de Trump a la Casa Blanca que comenzó a aludirse una “guerra económica”, en la que ha resultado más perjudicado Estados Unidos que China. Y los mayores beneficiarios han sido países como Vietnam, México y algunos europeos, que aumentaron sus exportaciones al mercado estadounidense.

El asunto ha escalado más allá de lo económico-comercial. Las últimas acciones se han centrado en lo diplomático, con el cierre de consulados y las acusaciones por espionaje. Sin embargo, las diferencias son graves en distintos ámbitos. Por ejemplo, en lo militar, si bien China no ha alcanzado el poderío militar estadounidense, hoy es una potencia capaz de desafiar a Washington. Este, hoy, no se atrevería a enviar un portaviones a aguas de Taiwán en caso de un aumento en la amenaza de invasión a la isla, como lo hizo la administración Clinton. Incluso en algunos rubros militares China supera a Estados Unidos. Lo mostrado por Pekín en el desfile en Tiananmen, con motivo del 70 aniversario de la República Popular, evidencia el desarrollo de la industria militar.

La “guerra tecnológica” es un frente en donde Pekín lleva la delantera, sobre todo en cuanto a la revolución 5G y el desarrollo de la inteligencia artificial y la internet de las cosas. Asimismo, la confrontación ha pasado al espacio, tras el envío de una nave a Marte.

La presencia china en Europa, América Latina y África contrasta con el repliegue de Washington. Lo mismo en el caso de organizaciones intergubernamentales como Naciones Unidas.

Por ahora, en el horizonte se muestran mayores tensiones entre Pekín y Washington, y en un eventual gobierno de Joe Biden, la situación no parece encaminarse hacia la distensión. En el fondo no es un asunto de presidentes, sino de la dinámica del sistema internacional.