Durante tres años tuve la oportunidad de conocer una seguidilla de personas que con sus historias de vida cambiaron la mía.  Mi trabajo consistía en abrirle oportunidades de empleo o autoempleo a un grupo de gente muy rara, que tenía como común denominador el valor de la valentía y la resiliencia de que su vida era un reflejo de la dignidad humana.

Este grupo de personas raras, hablan castellano, pero con unos acentos maravillosos que siempre me recordaron ese sabor latino que llevamos en nuestra sangre. Me hicieron reír mil veces con sus dichos y que no siempre les entendía, para que al final un “qué eh eso” nos volviera a integrar como grupo de trabajo. Muchas horas de capacitación transcurrieron para que una persona al final de un taller pudiera decir “Si puedo, volví a creer en mí”. Ciertamente, esta reflexión me hace entender que con cada una de esas anécdotas mi vida tomó un rumbo nuevo, de mayor empatía y solidaridad.

Hicimos talleres, festivales artísticos, canciones y cocinamos juntos muchas veces para poder decir que teníamos un proceso donde aprendíamos. Fue un viaje lleno de autodescubrimiento, tanto para ellos como para mí, porque siempre me enseñaron que la vida, los principios y el amor están por encima de cualquier vejación que cause violencia y odio.

Cada 20 de junio el mundo conmemora a las personas refugiadas y solicitantes de la condición de refugiado. Muchos preferirán hablar de los genios y las celebridades que han tenido esa condición, sin embargo, yo prefiero hablar de mis amigos y amigas, esas personas maravillosas que me encantaron con sus dichos, sus comidas, sus triunfos, sus alegrías y sus tristezas e historias de rechazo, por el simple hecho de ser extranjeros.

Fui testigo de como esas amistades de Colombia a punta de camisetas y serigrafía patentaban la primera marca liderada por una persona refugiada en Costa Rica; tuve el privilegio de ver crecer a mi amiga salvadoreña emprender su negocio de pupusas hasta poder irse a inscribir a tributación y ser contribuyente. Tuve el privilegio de ver a una adulta mayor enfrentarse a un teatro abarrotado de gente para decirles desde el escenario “Ya no tengo miedo y acá estoy haciendo camisetas para que mi nieto tampoco tenga miedo”. Tampoco olvidaré que mi amiga nicaragüense me dio lecciones de zumba para olvidar las preocupaciones. Fui dichoso de ver como un pastelero de oriente deleita a cientos de costarricenses con sus postres y de ver como entre refugiados se apoyaban para no dejarse caer de ánimo. Todas historias de gente que decidió no dejarse vencer y hacer de su vida un ejemplo, dejando todo atrás para comenzar de nuevo en Costa Rica.

En tiempos difíciles como los que hoy vivimos, muchos creemos que la pandemia debe sacar lo mejor de nosotros. Sin embargo, los brotes xenófobos me hacen preguntarme si realmente somos capaces de vivir un proceso de integración, entendido como ese diálogo social que permite a nuestra sociedad reconstruirse desde la responsabilidad conjunta para defender la dignidad de todas y de todos.

Cuando integramos a las personas refugiadas es porque luchamos contra las injusticias que otros comenten amenazando la dignidad de otros seres humanos que, por pensar diferente, tener un color de piel distinto, una orientación sexual diversa, profesar una fe contraria a la de la mayoría o simplemente por pertenecer a un grupo social vulnerable sobre el que otra facción social cree tener superioridad.

Como sociedad uno de nuestros grandes retos es fomentar la interculturalidad y entonces repensarnos desde la empatía. No podemos desperdiciar más tiempo luchando unos contra otros, es tiempo de construir hombro a hombro. Las personas refugiadas que hoy están en Costa Rica están listas para sumarse a nuestra sociedad y aportar, por eso, la interrogante que salta a la vista es si nosotros estamos preparados o no, para vivir la integración…

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