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¡Por favor paren al mundo que me quiero bajar! Gritaba Mafalda, la niña de pelo negro que odia la sopa y está en constante contradicción con los adultos; el personaje es creación de Joaquín Salvador Lavado Tejón (Quino), nacido en la región andina de Mendoza (Argentina) el 17 de julio de 1932. Mafalda, se publicó por primera vez el 29 de septiembre 1964 en el semanario Primera Plana de Buenos Aires. Mafalda cuestiona las cosas directamente y no pretende ser otra cosa que lo que ella es.

Experiencias recientes me hacen cuestionar que lo que creía saber de las personas tal vez no es, eso en sí mismo es siempre positivo, como ejercicio epistemológico, pero cuando hay amistad sincera, entonces puede surgir el dolor, e inevitablemente viene el crecimiento. Nunca he abjurado de mi fe católica, pero soy un pecador confeso. A mí me agradan las cosas como son: que los diablos no se disfracen de ángeles y que los ángeles sigan en el cielo, salvo misión especial encomendada por el Gran Jefe.

El culto a las reliquias es más antiguo que el cristianismo y descansa en la creencia de que la fuerza de los individuos excepcionales persiste en sus cadáveres o en las cosas que les pertenecieron. Durante la Edad Media, la falsificación de esos enseres llegó a ser una industria. Existió el canibalismo de las tribus que devoraban a sus jefes para no perder su energía y aunque cueste creerlo, un coleccionista pagó una insólita suma de dinero, no me imagino con qué escatológica intención, por el inodoro de John Lennon, por lo que existen entonces también “reliquias” laicas.

La propia Iglesia católica ha tratado a menudo de erradicar este tráfico, sin éxito. En 1702, un obispo mandó retirar “el ombligo de Jesucristo” de Notre Dame en París. Entre las reliquias destacan sin duda los cuerpos incorruptos, aquellos que, sin emplear medios artificiales, no se corrompen. La momia de Lenin no es un ejemplo de ello, porque es un cuerpo embalsamado. Ciertas comidas rápidas de multinacionales de hoy no son reliquias, pero podrían haber sido consideradas cuerpos incorruptos en aquellas épocas en las que se desconocía el papel de los aditivos y los preservantes. Esta precisión es importante porque la ciencia puede explicar hoy naturalmente la incorruptibilidad de los cuerpos de algunos santos, fenómeno que dejaba atónitos a nuestros antepasados religiosos.

Los cuerpos incorruptos, a diferencia de otras reliquias, poseen un valor simbólico. Ellos mismos constituyen la prueba de aquello que atestiguan. Se puede argumentar que cuesta comprender cómo una fe que menosprecia el cuerpo perecedero venera el envoltorio material de un santo. De alguna manera se ata fuertemente lo sagrado y lo tétrico. Independientemente del largo proceso canónico para que sea declarada la santidad de una persona dentro de la Iglesia, existe la tradición del llamado olor de santidad.  El olor de santidad designa un olor agradable que emana de cadáveres, de cuyo origen no se sabe nada: un hecho que, para los creyentes siempre ha constituido una especie de milagro.

Se trata de un aroma (o fragancia, del latín fragrantia y del verbo fragrere, sentir) de una suavidad excepcional, un perfume perceptible por el olfato, pero de origen aparentemente desconocido para la ciencia. Este vínculo entre perfume y santidad tiene una base bíblica en el Cantar de los cantares evoca ya la figura de la bien amada (o “la esposa”: la Iglesia por venir) con la forma de un jardín exquisito lleno de suaves perfumes (Cantares 4,14).

He notado que la santidad laica es lo de hoy, es hip, cool, explicado sencillamente: se trata de comer frijoles y eructar pollo con glamur. Ser (o fingir) indiferencia, no saludar, (probablemente porque ya se puso un pie en la Grandeza), no devolver mensajes, confundir llamadas personales con un pedido de auxilio (al fin y al cabo, ser importante es lo que cuenta). En las alturas de ese cielo secular no se necesitan mascarillas contra ninguna pandemia, ningún virus se atrevería a escalar tan lejos. En el decálogo del relicario citado se lee: Importa tu puesto, no las personas. No se siente exactamente un olor de santidad, pero sí se ha estropeado un retrete.