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En el actual contexto de elección de Rectoría y Rectoría Adjunta en la UNA, es crucial que las personas candidatas comuniquen su adscripción partidista (si la tienen) y sus propuestas concretas para enfrentar la actual crisis desde la independencia y la autonomía universitaria.

En tiempos de elección de Rectoría, la independencia y la autonomía de partidos políticos es fundamental para dar respuesta académica (no politiquera) a los retos institucionales y nacionales, ya que en el pasado esa vinculación ha hecho mucho daño y ha contribuido a la crisis presupuestaria actual, pues el contubernio de los partidos neoliberales ha influido negativamente desde dentro y desde fuera en nuestras universidades públicas, debilitándolas y queriendo ponerlas al servicio exclusivo de los intereses de las élites acumuladoras, en desmedro de los legítimos intereses nacionales y sociales.

Las ideologías actuales de los partidos tradicionales (PLN, PUSC, PAC) y sus nuevos socios, conservadores en lo individual y neoliberales en lo económico, se apartan en demasía de sus orígenes socialdemócratas, socialcristianos, republicanos y humanistas, así como de la idea central de un Estado social de derecho robusto y promotor de la justicia social. De estos principios doctrinarios y fundacionales no queda prácticamente nada en dichos partidos, que se han alineado abiertamente al neoliberalismo y al capitalismo “salvaje”, que configuran una visión de mundo centrada únicamente en el mercado, cosificando a la naturaleza y deshumanizando a las personas. Esta mirada capitalista asume con desprecio a las universidades públicas, pues las considera un escollo, un vestigio del pasado o una inversión social que produce gastos y pérdidas, es decir, un desperdicio de recursos públicos que podrían estar direccionados hacia el mundo empresarial, todo ello pese a los grandes aportes que hacen dichas instituciones al país y al mundo.

Por lo anterior, estos partidos consideran que las universidades públicas no deberían ser financiadas por el Estado, pues en su ideología las universidades públicas deberían ser privatizadas y el Estado debería dar financiamiento a los negocios particulares de quienes reducen la institucionalidad universitaria a ser formadora de tecnócratas, es decir, un centro de mera transferencia tecnológica de utilidad fundamental para el mercado, negando todas las expresiones del espíritu humanístico que son, de hecho, el origen de las universidades en el mundo (universitas, que en latín se refiere a totalidad). Desde esta visión reduccionista se dejan decir que hay carreras obsoletas como la filosofía, las artes, la literatura y las ciencias sociales, y que la pedagogía debe quedarse en la tecnificación para el rendimiento instrumental o el alto desempeño, esto es, el disciplinamiento ciego para crear servidores incondicionales del mercado, quienes estarían (y lo están) dispuestos a sacrificar a la sociedad y a los ecosistemas con tal de general ganancias y asegurar un alto consumo de objetos per se.

En esta ideología neoliberal la naturaleza no es otra cosa que proveedora de insumos para la industria. Esta perspectiva reduce el aprendizaje humano a la llana formalidad de repetir procedimientos, dominar técnicas y plataformas virtuales, así como maquilar tecnologías y prestar servicios, ojalá de “punta”. De aquí que el pensamiento crítico, profundo y eco-socialmente comprometido sean su gran enemigo y quieran derribarlo, sepultarlo o, al menos, depreciarlo y debilitarlo. Estrategia que vienen implementando desde adentro, ya hace varios años, con sus cómplices partidarios en las altas esferas del poder universitario.

El problema es de fondo y grave, la ideología y la vinculación partidaria sí condicionan el accionar de las personas. Incluso hasta en la producción científica se da ese fenómeno. Wittgenstein o Popper aceptaron que la ciencia se ve mediada por los intereses de los investigadores o, como dice Kuhn, responde a la ideología de la convención de la normalidad científica a la que pertenezcan. Como afirma Habermas, la ciencia depende de los intereses que le dan sustento: el técnico, el hermenéutico o el emancipador. En ese sentido, para Hinkelammert y Dussel es importante considerar desde dónde se produce conocimiento, pues este no será liberador si su fundamento propicia la desigualad social, la discriminación, el racismo, el pensamiento único, el especismo, la injustica social, el dualismo que separa cuerpo de mente y humano de naturaleza, entre otros males sociales. Por ende, la afiliación es un interés abierto que expresa nuestras tendencias, creencias, valores y posibles metodologías.

Es decir, sí es importante dar a conocer la vinculación partidaria e ideológica-política de los equipos que buscan dirigir nuestras universidades públicas, y sobre todo del futuro rector. De tal modo, si la persona es militante del neoliberalismo, que es enemigo declarado de las universidades públicas, entonces hay un gran peligro en el rumbo institucional, pues podría fácilmente caerse en el viejo vicio de cumplir los preceptos del partido neoliberal de turno en el poder ejecutivo o legislativo, lo cual haría un gran daño desde adentro de las instituciones universitarias, dados los intereses de tales partidos de acabar con la autonomía universitaria por la vía de la asfixia presupuestaria.

Lo anterior no quiere decir que no debamos revisarnos dentro de las universidades públicas y replantear visiones y compromisos, pero esa autoevaluación debe hacerse desde la convicción de sostener un centro formativo humanista, crítico, autónomo, independiente, al servicio de toda la comunidad nacional, que se deba a las poblaciones más vulnerabilizadas, que revise su organización laboral, salarios, servicios, rendición de cuentas y compromisos con la sociedad, pero sin precarización laboral, ni humana ni social de su personal académico y administrativo, ni de sus estudiantes, que requieren condiciones óptimas para poder cumplir bien con todas sus responsabilidades.

Hay quienes consideran que la vinculación partidista de los candidatos no importa, que lo importante es el conocimiento técnico para enfrentar la crisis presupuestaria de la UNA, así como de las demás universidades públicas. Es cierto que el nuevo Rector de la UNA y su equipo deben tener claros los grandes retos a los que se enfrentan y las herramientas necesarias para afrontarlos, pero de esto no se sigue que el nuevo Rector deba ser una especie de caudillo autoritario y “todólogo”. Al contrario, debe ser un representante abierto, conciliador, democrático y no vinculado con el gobierno ni con ningún partido político de abierta oposición a las universidades públicas, para que pueda unir (no dividir) a la comunidad universitaria frente a los grandes desafíos actuales y futuros.

En suma, sí importa la vinculación partidista de los candidatos, pues venimos saliendo de una gestión que perdió el rumbo y llevó a la institución a zozobrar en parte por no mantener independencia del actual gobierno y su partido. No está mal que las personas se vinculen a algún partido político, pero deben ser sinceros y decir si lo están y a cuál partido, pues conociendo esa vinculación se podría vislumbrar con un alto grado de probabilidad por dónde puede ir el rumbo de nuestras universidades públicas cuando llegue la hora de tomar grandes decisiones y estará en cada quien decidir, ojalá de forma deliberada, si apoya o no candidaturas con bandera político-partidaria abiertamente en contra de la autonomía universitaria y contra la garantía de un presupuesto suficiente y apropiado para servir más y mejor al país, especialmente en el momento de crisis pandémica que vivimos actualmente y en el proceso de recuperación nacional. Lo que no se vale es mentir y ocultar la filiación y la militancia político-partidaria, pues eso sería inaceptable para una candidatura a la rectoría de cualquiera de nuestras universidades públicas.