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Las últimas doce semanas hemos vivido bastantes acontecimientos nuevos que, como país, nos hacen replantear lo que dábamos casi por sentado. Experimentamos, sin temor a decirlo, una persecución que nunca había visto en un deporte olímpico.

Sin siquiera darnos cuentas, empezó una escalada de noticias haciendo énfasis en los tumultos de personas que, movilizándose en una bicicleta, eran llamados sin excepción ciclistas. Ahora cualquier ciudadano en algún automotor —y si mayor justificación— alecciona al ciclista con su propia verdad.

Frases como “vayan en fila”, “acá no pueden”, “que necios”, etc. Son los comentarios que escucho al rodar por el Gran Área Metropolitana. No sé a quién atribuirle la responsabilidad; de hecho, sé que es compartida, pues unos y otros nos señalamos por igual. Creo, que a los medios de comunicación les gustó el tema, el silencio del ministro del Deportes y Recreación jugó en contra, la acción invisible de la Federación Costarricense de Ciclismo (Fecoci) y por qué no; la necedad de personas por andar en grandes grupos cuando no era el momento para hacerlo. Recordemos, eso sí, que buen número de ellos no son deportistas habituales del ciclismo y no tenían las experiencias, ni contactos para saber por dónde no debían circular; no leían las notas relacionadas al ciclismo.

Ahondaré en la tercera opción, pues es la que más me duele ya que anualmente tramito mi licencia ante la Fecoci para enlistarme entre los atletas que añoran que el ciclismo crezca, que cada vez sea más fuerte y que su estructura organizativa sea más robusta. Invité a familiares y amigos a hacer lo mismo, pues sentía que el tenerla me permitiría ser representado en ámbitos públicos, que mi voz sería escuchada, pero la inacción de la Federación no me pasó desapercibida. Creo que la Federación es un órgano colegiado que debe representar a deportistas de varias disciplinas y varios niveles para garantizar su seguridad, crecimiento en la disciplina y guiar las causas en pro de sus afiliados y no solo para tramitar una licencia que de poco ha servido en el pasado.

Al afiliarme facilité datos suficientes como para recibir alguna comunicación oficial sobre qué rutas debo evitar al entrenar en mi bicicleta. Habría esperado también, notas de opinión en distintos medios de comunicación sobre las personas que vimos entregar sus bicicletas a oficiales de tránsito sin ninguna garantía de recibirlas de vuelta. Creí, también, que los miembros de su junta directiva podrían haber buscado a periodistas deportivos para proponer algún abordaje del tema, pero fue la Asociación de Deportistas Contra la Violencia Víal y el Irrespeto  (Aconvivir) y una diputada oficialista quienes han tenido que dar un paso al frente tras el vacío que dejó la Federación Costarricense de Ciclismo.

Me emocionaría saber que estoy equivocado y que hay una estrategia que ignoro como ciclista máster de Costa Rica, pero el cobrar por una licencia sin dar nada a cambio creo que es insuficiente y hasta odioso para los tiempos venideros. Los descuentos asociados no pueden ni deben ser el aliciente para que un deportista se acerque a la Federación, sino la representación que debieron darnos ante un problema que atañe a atletas federados y no federados.