Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.

Todos y todas hemos visto durante estos días la palabra normalidad y las ganas de volver a esta, pero lo hemos visto de forma superflua, me puse a pensar en mi normalidad y en lo que extraño de ella, ir a la oficina, a clases a la universidad, el ir al cine o a tomarme una cerveza con amigas y amigos. Y mi normalidad coincide bastante con lo que me respondieron varias personas sobre lo que extrañan de su normalidad; salir sin pensar en enfermarse, el ir al cine y a comer a restaurantes o a algún “food court”, la estabilidad y liquidez monetaria, reunirse con amigos en casas, el romper con la rutina y poder ir de paseo a la playa o a la montaña, el poder movernos como y cuando quisiéramos, el poder ver a los abuelos. En pocas palabras, extrañamos la libertad de ser y de hacer. Esa es la normalidad que muchos extrañamos.

Me puse a leer y encontré un texto que define la normalidad como; “Situación de lo que se ajusta a cierta norma o a características habituales o corrientes, sin exceder ni adolecer”. Pero me siguió pareciendo una definición miope y lejana a otras cosas que sabemos que ocurren que no les prestamos importancia, me puse a buscar datos de la normalidad del mundo:
En el 2019 ocurrieron 3168 femicidios aproximadamente (según un estudio de la AFP), 200 millones de mujeres y niñas son víctimas de la mutilación genital (dato de Unicef), cada 10 minutos muere un niño de hambre en Yemen, 8500 niños y niñas mueren de desnutrición por día (en un informe de Unicef, el Banco Mundial, la OMS y la ONU), en 2017 la ACNUR estimó que murieron 6.3 millones de niños (uno cada 5 segundos) menores de 15 años por enfermedades absolutamente tratables.

Encontré más datos sobre normalidades distintas a las de ir a clases y al cine, según la OMS y Unicef una de cada tres personas no tiene acceso al agua potable, en el 2018 la Organización Meteorológica Mundial dijo que durante ese año el CO2 aumentó un 147%, siendo este gas el que más influye en el calentamiento global. Según un estudio de Internet Trends únicamente 3800 millones de personas cuentan con acceso a internet.

En este momento se habla de que se han perdido miles de empleos directos e indirectos por causa de esta pandemia, no se puede aún cuantificar en números netos, pero al año pasado la ONU y la Organización Internacional del Trabajo calculaban 188 millones de personas desempleadas y aproximadamente 470 millones de personas carecen de acceso adecuado al trabajo o a trabajar las horas deseadas remuneradas.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estimó en 2018, 1300 millones de personas en pobreza multidimensional (la pobreza multidimensional no analiza solamente el ingreso económico sino las condiciones de vida).

Entonces, ¿mi normalidad es verdadera y esta otra es ficticia? O viceversa, ¿es esa la verdadera normalidad y la mía es una fantasía?

Pues no, ambas son realidades, sólo que la definición de normalidad que concebimos no adolece, pero no adolece no porque no existan estas condiciones, no duele porque vivimos en un mundo donde lo que no nos afecta directamente no importa, lo que no vemos hacemos como si no existiera, pero existe.

Nos dicen que esta pandemia va a transformar el mundo que conocimos, pero no se va a transformar solo y si lo dejamos en manos de quienes lo han moldeado hasta ahora, será difícil que cambie para bien. Debemos entrar a cambiarlo, debemos de empezar a quitarnos las anteojeras que nos reduce tanto la capacidad de ver esta otra parte de la realidad y verla de forma empática, buscar cómo podemos colaborar, con organismos, con concientización, preparándonos para poder aportar en ese cambio.

O podemos salir de esto más egoístas, con las anteojeras mejor puestas, más encerrados en nuestro individualismo.

Sí, podemos salir mejores, pero sólo si queremos y volvemos a ver hacia todas las realidades y si no, pues no pasa nada, seguimos como hasta ahora.