Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.

En el caos todo lo que creíamos estable y organizado, de repente se sale de nuestro poder y control y como un huracán, se desordena violentamente...

En el caos la gran mayoría, se asusta, porque es muy difícil tener el control.

Que nos zafen el piso bajo nuestros pies, que nos saquen de nuestra zona de confort, que nos obliguen a replantearnos todo, nos genera una tremenda angustia. La angustia y el miedo son excelentes amigos y genios para paralizarnos. Cuando nos paralizamos no podemos ni siquiera pensar.

Les cuento esto porque yo lo he vivido muchas veces, hasta que aprendí algo que ha sido una de las cosas que más me ha abierto la mente en momentos complicados: El caos no es más que oportunidad en desorden. Al igual que las crisis.

Pero esto sólo son capaz de verlo aquellos que estando en medio del huracán, logran buscar su centro, su ojo, ese espacio en el que a pesar de todo lo que puede estar volando en el aire, permite que se vea el cielo con una claridad sorprendente.

Es ahí, sentados mirando hacia arriba y viendo como todo lo que dábamos por un hecho vuela sin control sobre nuestras cabezas, ahí, donde no tenemos idea de cómo va a quedar todo cuando ese huracán pase, que nacen las mejores ideas, donde la sensibilidad está a flor de piel, donde el recurso interno y nuestras herramientas emocionales salen a relucir. Es ahí donde estamos en este momento.

En medio del huracán más brutal que hayamos vivido en nuestra historia y que gracias al Universo, no es una guerra creada por nosotros mismos, en la cual nos matamos entre los humanos o nos usamos como carne de cañón por defender a un dios o a otro, por proteger nuestra etnia, identidad sexual, religión o nuestras fronteras.

Esto, este virus, marca una coyuntura histórica de una manera muy diferente, porque al no respetar a nada ni a nadie, nos ha obligado a bajar la cabeza y dejar la arrogancia de lado, a pensar en el bien común y más importante aún, a desear con toda la fuerza de nuestras almas, ese bien común.

Hemos visto países que se enfrentaban por diferencias ancestrales, darse ayuda.

Hemos visto el valor real de los que se exponen por los demás a pesar de tener miedo.

Hemos visto miles de cabezas pensar en conjunto para lograr detener a un virus minúsculo que nos tiene de rodillas.

Hemos visto a países con un supuesto poderío primermundista, caer desarmados y sin posibilidad de salvar a sus ciudadanos, porque invirtió más en sus futbolistas, o en su poder armamentista que en proteger la salud de su pueblo y que ha tenido que tomar la espantosa decisión de a quien dejar morir... y por otro lado, hemos visto a este minúsculo país en contraparte, donde el bien social ha privado por encima de cualquier cosa y en el que, sin ejército, hemos sabido obedecer.

Hemos visto a las generaciones más jóvenes a las que tanto hemos criticado, usar ese conocimiento y tecnologías nuevas para salvar vidas.

Hemos deseado haber dado ese abrazo y ese beso con más ganas.

Hemos descubierto que en estos momentos la cercanía que nos da la comunicación virtual, que probablemente habíamos criticado agriamente, se vuelve indispensable para poder vernos a los ojos y decirnos muchos “te amo”.

¿Qué pasa cuando uno ya ha estado sentado en el puro centro de la mitad del medio del ojo del huracán? Pasa que descubrimos que, haber pasado por otros huracanes, nos ha enseñado de paz interior.

Que tenemos la certeza de que esto también pasará y que lo que importa, lo que verdaderamente importa es el amor, el respeto al prójimo, el pensamiento proactivo y creativo.

Pasa que al tomarnos el tiempo para respirar (aún en los momentos en los que más ahogados nos sentimos), adquirimos claridad de pensamiento y podemos aportar, salirnos del por qué y ubicarnos en el para qué y eso, en ese momento, el caos al que tanto temor le tenemos se convierte en oportunidad.

Así que sí... a pesar del miedo, de la angustia y desasosiego, depende de nosotros el convertir el caos de este huracán en oportunidades. Depende de nosotros aprender y hacer ese aprendizaje permanente.

Depende de nosotros entender que no hay nada tan valioso como la vida y que para mantenerla tenemos obligatoriamente que cambiar comportamientos con nuestra Madre Tierra y hacia nosotros mismos.

Si con esto no aprendemos, el caos, sólo será eso.

Paz y paciencia.