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Durante estos días en los que se nos ha recomendado el distanciamiento físico y mantenernos dentro de nuestras casas; han circulado gran cantidad de memes donde se muestra que las nuevas disposiciones no afectan en gran medida a los amantes de la lectura. Hay uno que en particular me apela, pues se trata de la imagen de un escriba medieval, trabajando en su mesa frente a un texto; y se duplica la imagen para mostrar al filólogo antes de la cuarentena y después de ella.

Es usual que los amantes de la lectura prefieran la soledad y el distanciamiento físico, para mantener un diálogo con la figura de los autores y con los personajes de los libros que leen.

El Club de Lectura de la Caja Costarricense de Seguro Social logró reunir a un grupo de estos solitarios lectores una vez cada mes, para conversar sobre su interacción con esos autores y personajes. La cercanía física y la conversación, mientras se disfruta de la comida y la bebida en diferentes restaurantes y cafés (muchos de esos pequeños emprendimientos donde saboreamos la buena gastronomía costarricense), nos ha permitido reconocernos no solo como lectores, sino también como personas con diferentes historias de vida y diferentes visiones de los textos leídos.

Con la llegada de la COVID-19 a Costa Rica, las primeras recomendaciones giraron en torno a mantenernos al menos a un metro de distancia de las personas. Poco a poco se pasó de esa distancia sugerida a recomendarnos no salir de la casa y, si teníamos que hacerlo, que fuera solos, sin compañía. Y, en todos los casos, que evitáramos reunirnos con otras personas.

Eso dio al traste con la reunión del club que estaba programada para finales de marzo. Decidimos hacer una reunión virtual, a la que invitamos a doña Virginia Borloz, presidenta de la Fundación Carmen Naranjo. Ella nos habló sobre doña Carmen y sobre el libro que habíamos leído ese mes, Diario de una multitud.

Álvaro Rojas menciona en su libro La boca, el monte y las novelas: una mirada literaria a la ciudad de San José, que Carmen Naranjo, quien trabajó en la Caja Costarricense de Seguro Social, se había inspirado para escribir Diario de una multitud, mientras miraba por la ventana de su oficina, en el edificio ubicado junto a la avenida segunda. Ahora somos nosotros quienes, desde nuestro aislamiento, nos asomamos por la ventana para mirar las calles vacías (en el mejor de los casos).

Llegará el momento en que podamos estar cerca de nuevo y conversar sentados a la mesa, en alguno de los restaurantes o cafés del país. De momento, no debemos convertir el distanciamiento físico recomendado, en un distanciamiento social. Las nuevas tecnologías nos lo permiten en este siglo que pasa ya la mayoría de edad.

Y debemos escuchar en este periodo y siempre, cada una de esas voces que gritan o susurran en la multitud, pues detrás de cada una de ellas hay una historia de vida. Los libros, y la literatura en particular, son el lugar a partir del cual podemos lograr ese acercamiento a los demás.