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El 2020 ha sido un año convulso, por decir lo menos. La inauguración de un nuevo año con una de las peores temporadas de incendios que se han visto en la historia de la humanidad, seguida de la pandemia de COVID-19, cuyas repercusiones y efectos todavía sufrimos, han puesto una vez más sobre la mesa un tema que en los últimos años ha tomado fuerza y popularidad: el desarrollo sostenible.

Este término, que ahora más que nunca es parte de la agenda global como el más grande reto por la cantidad de intereses contrapuestos que representa, es realmente un concepto añejo, acuñado en la Comisión Mundial de Ambiente y Desarrollo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) del año 1987, quien en el informe denominado “Nuestro Futuro Común” lo definió como la “satisfacción de las necesidades de la generación presente, sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras, para satisfacer sus propias necesidades.”

La propiedad intelectual ha jugado y juega un papel importantísimo en el desarrollo de la humanidad. Por medio de patentes se han protegido las invenciones más revolucionarias de la historia humana: la locomotora a vapor, la lámpara eléctrica, el automóvil, los semiconductores, el internet, la energía nuclear y la biotecnología e inteligencia artificial, para nombrar solo algunos de los ejemplos.

Las patentes farmacéuticas y médicas han ayudado a mejorar la expectativa de vida de los seres humanos, al incluir tratamientos, medicamentos y vacunas que incluso han llegado a erradicar enfermedades mortales. La protección y posibilidad que brinda el sistema de propiedad intelectual a los individuos de capitalizar sus creaciones promueve la continuación del ciclo, al encontrar en la actividad de innovación un negocio rentable.

Así, también la propiedad intelectual, por medio de los derechos de autor, ha promovido la educación inclusiva. Por citar un ejemplo, el Tratado de Marrakech crea una serie de limitaciones y excepciones a los derechos de autor con el fin de que personas ciegas o con alguna discapacidad visual puedan acceder a los textos impresos.

Los sistemas sui generis, como aquellos que protegen el conocimiento tradicional y las expresiones culturales tradicionales, han librado duras batallas para que la modernidad no opaque los legados de comunidades indígenas y otros pueblos y grupos. En Costa Rica, tenemos el ejemplo de la oposición que formuló la comunidad Boruca en contra de la inscripción de la marca Los Diablitos, defendiendo así el aspecto más representativo de su cultura: el Juego de los Diablitos, un juego de fuerza física en donde se representan dos bandos principales: el toro que representa al español y los diablitos, a los indígenas.

Sin embargo, el desarrollo no siempre ha sido sostenible en los términos ya apuntados y uno de los grandes perdedores ha sido el ambiente.

La crisis por COVID-19 ha puesto de manifiesto el daño que las industrias hacen al medio ambiente, estando entre las más contaminantes la textil, la minera y la agropecuaria. En Europa y China se reporta una disminución importante de los niveles de contaminación, asociada a las medidas sanitarias impuestas, que han reducido al mínimo la circulación vehicular y han ordenado el cierre de industrias.  Costa Rica también ha reportado un cambio a la baja en las emisiones desde la imposición de las restricciones por el coronavirus.

Hoy por hoy, el verde está de moda y cada vez más no solo hay más concientización hacia la importancia de velar por el medio ambiente y las maneras de reversar daños ya hechos, con miras al futuro, sino que también se dirigen esfuerzos concretos hacia esos fines. En ello la participación de la propiedad intelectual es innegable.

Costa Rica se había propuesto en algún momento ser un país Carbono Neutral para el año 2021. Como parte de las acciones del gobierno costarricense, está el uso de energías renovables. Para el año 2018 nuestro país ya contabilizaba 4 años con más del 98% de generación eléctrica proveniente de energías renovables. Todas y cada una de las opciones utilizadas han sido producto de la innovación introducida a la economía por medio de patentes de invención.

Las empresas también hacen lo propio para reducir su huella de carbono, mediante la implementación de tecnologías amigables con el ambiente como lo son los paneles solares, los cuales son una patente que data del año 1957, incluyen materiales desechables que sean fácilmente degradables, reciclan.

Es claro que la tendencia es que la innovación sea cada vez más sustentable, y que tienda, ahora más que nunca, a la búsqueda de tecnologías limpias que permitan no solo cuidar el ambiente sino también disminuir los costos de producción de los resultados del uso de esa tecnología, para aumentar el margen de ganancias de las empresas y hacer de las industrias limpias y verdes una alternativa atractiva, económicamente hablando.

Las limitaciones a los derechos de propiedad intelectual, impuestas por la legislación, hacen que el acceso a la cultura y la tecnología se democratice, tendiendo a la universalización. Las licencias forzosas a las patentes por utilidad pública, las excepciones y limitaciones a derechos de autor, así como la promoción del respeto a comunidades y grupos de características culturales especiales, son herramientas brindadas por el sistema de propiedad intelectual para poner pesos y contrapesos al desarrollo moderno.

En este panorama, el papel de los gobiernos toma protagonismo, como los principales responsables de impulsar e incentivar la investigación y el desarrollo, así como brindar, por medio de la actualización periódica de los textos legales, opciones eficaces y rápidas para lograr protección de bienes intelectuales que redunden en beneficios para todos.