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Primero aprovecho este espacio para unirme al agradecimiento a todo el personal médico de este país, quienes están realizando una labor excepcional. También para enviar fuerzas a todas las familias que se han visto afectadas directa o indirectamente por esta enfermedad. “Valorizar” la vida humana no tiene sentido y el objetivo de este artículo es contribuir al debate sobre la efectividad y el costo-beneficio de la duración de la cuarentena.

El coronavirus ha puesto a los economistas y Gobiernos en una situación sumamente incómoda: ponerle un precio a la vida humana. La severidad de las medidas de contención va hacia ambos extremos, mientras países asiáticos como China, Corea y Singapur tuvieron una reacción casi inmediata de imponer cuarentena y utilizar track and trace y han logrado “aplanar” la curva; en América los Gobiernos de Nicaragua, Brasil, México e incluso Estados Unidos, tratan de alivianar la gravedad del virus con tal de sostener el crecimiento económico.

La pandemia trae como consecuencias lo que se denominan shocks de oferta y demanda. Las empresas cierran ante el riesgo operativo y reputacional de tener un surgimiento importante de trabajadores infectados. Además, los comercios despiden empleados con tal de ajustar sus gastos fijos a las expectativas de ventas para los próximos meses (cero o muy pocas). Por otra parte, la cuarentena causa un desplome en el consumo discrecional, como viajes, restaurantes, ropa y electrodomésticos y el pánico incrementa la propensión de las personas a ahorrar.

El intercambio es el siguiente: ¿cuál es el costo de socioeconómico, en términos de desempleo y pobreza, de cada semana impuesta de cuarentena? Una reciente investigación realizada por economistas de la Reserva Federal y el MIT sobre las consecuencias de la gripe española, concluyó que las ciudades con más fatalidades fueron las que vieron los impactos más negativos en su productividad y empleo posterior al virus. Además, determinaron que hay una alta causalidad entre la rigidez de la cuarentena y la tasa de mortalidad. En conclusión, establecieron que no es más cara la cura que la enfermedad.

Los catalizadores de la economía varían a través del tiempo, por lo cual en 1918 cuando surgió la gripe española, el incremento poblacional era un factor más determinante para la economía que ahora. The Economist resume un modelo publicado por economistas de la Universidad de Chicago el cual determina que dejar el coronavirus con medidas menos estrictas implicaría 1.7 millones de muertes más sólo en Estados Unidos. Este medio estima que el precio actuarial de esas vidas representa aproximadamente un 40% del Producto Interno Bruto (PIB) de ese país. De nuevo, el costo en el largo plazo de dejar el virus “a la libre” pareciera ser más severo que el impacto inmediato sobre el desempleo que estamos viviendo.

Las medidas de cuarentena y distanciamiento social para disminuir la mortalidad deben ir acompañadas de políticas económicas expansivas, tanto fiscales como monetarias. Lo positivo es que a nivel global y en nuestro país se han tomado medidas importantes para ayudar a socavar la falta de liquidez que van a experimentar los negocios, sostener el ingreso disponible de grupos vulnerables y tratar de que la recesión sea una pausa y no una nueva etapa del ciclo. En China por ejemplo, se reporta que un 98% de las empresas ya reabrieron operaciones, aunque progresivamente y con nuevas medidas de distancia entre cada empleado. El verdadero reto está en reactivar la demanda: por más que las tasas de interés estén bajas, el efecto psicológico del miedo en la gente va a disminuir los viajes, las visitas a lugares con aglomeraciones e incrementar su propensión marginal a ahorrar. Se necesita producir una vacuna para reactivar la confianza en las personas.

La exactitud de un modelo se limita a la cantidad de datos que utiliza. Si los epidemiólogos hacen la aclaración que sus cálculos sobre la fecha en la que el contagio va a llegar a un pico son inexactos, un análisis preciso del costo-beneficio de la cuarentena se va a poder realizar hasta después de que haya pasado la catástrofe. Por ahora, tanto la evidencia empírica como la experiencia de los países asiáticos nos enseñan que entre más fuertes las medidas y mejor se acaten por la población, mejor es para la economía y más rápido se puede volver a la “normalidad”, con la salvedad de que nada va a volver a ser normal.