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El Yurodivy (юродивый), que puede traducirse como “el tonto de Dios”, “el loco”, o “el necio”, proviene de la tradición cristiana ortodoxa rusa desde el siglo XV. En la idea original, se le puede definir como aquel individuo que abandona todas sus posesiones (como lo hizo san Francisco de Asís en occidente), en pos de lo divino o por la divinidad misma. “El santo loco”, procura una forma de ascética, en la que, a través de la simulación de la locura y de un comportamiento fuera de lo normal, el santo busca el desprecio y el oprobio para asemejarse así a Cristo, quien también sufrió la burla y la humillación. Es una figura que se ha repetido en varios pueblos y culturas en el tiempo, pero tiene su cima más elevada en el campo literario en el Yurodivy ruso del príncipe Mishkin de “El Idiota” de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, su carácter arrebatado es en todo caso, deliberado, excesivo y reaccionario. Aunque el tema es, como casi todo, debatible, en mi opinión, el principal escritor ruso es precisamente Dostoyevski. La cultura rusa y su mentalidad se acumulan en él, como si fuera un sitio mágico. Todo lo anterior anticipa a Dostoyevski, todo lo que sigue resulta de él. Sin su novela fundamental “Crimen y castigo” no podría entenderse Rusia.

Hay sanos que fingen demencia y hay insanos que fingen cordura. Basándome en una premisa de Malcom Gladwell, el gran pensador inglés; y girando la tuerca hacia una versión mundana del Yurodivy, una vez removida la noción mística y religiosa del concepto, estos locos deliberados, son excéntricos y desconciertan a la gente porque dicen la verdad cuando la mentira es la moneda de curso legal. Los locos sagrados laicos actuales salen de los convencionalismos como estalla un globo de helio al pincharse, desconciertan con facilidad porque, además, tienen acceso a la verdad no mediatizada, se atreven a mucho porque se saben marginados; son prepagos de un cuasi martirio aceptado que no responde necesariamente a razones teológicas, sino a un altruismo suicida de lograr congruencia e identidad en un mundo de apariencias. Causan incomodidad, porque su conducta es notoriamente disconforme con la hipocresía y los falsos abrazos.

Don Quijote de la Mancha fue un Yurodivy, aunque paradójicamente está presente en obras de arte en las oficinas de los más altos representantes del establishment, creo que como recordatorio de que fueron rebeldes por 16 minutos, o como si quisieran impresionar con un halo de idealismo a sus visitantes. Los locos santos, no están necesariamente locos, ni son necesariamente santos. Son agentes de cambio social que embarran el pastel de la realidad a los que usan máscaras demasiado tiempo, tanto que se pega a la piel. Por eso los niños son locos santos, recordemos que, en el cuento de Hans Christian Andersen, fue un infante el que le dijo sin miramientos al emperador que iba desnudo por la calle. Que el traje invisible que había pagado a tan alto precio no era más que una estafa.