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Una de las críticas más importantes a los tiempos modernos se enfoca en el excesivo énfasis que en esta época se pone en el individualismo, olvidándose de la colectividad, la solidaridad y el bien común.

En una ocasión, le preguntaron a la reconocida antropóloga Margaret Mead cuál era el primer signo de civilización, y ella respondió que un fémur roto que hubiera sanado. ¿Por qué? Porque solo bajo condiciones de cuido y protección apropiadas un antepasado remoto nuestro hubiera podido sobrevivir a una lesión grave sin ser devorado antes por nuestros depredadores. Es decir, que lo que nos hace civilizados es nuestra capacidad de cuidar y proteger.

Entonces, tal parece que existe un desencuentro entre la esencia de nuestra naturaleza social y el individualismo moderno.

Pero somos parte de una gran red social y aunque los tiempos modernos crean una ficción de autosuficiencia, lo cierto es que dependemos de los demás y de las sociedades que constituimos. Y esto es parte de lo que la pandemia del coronavirus nos ha recordado, que somos seres frágiles y dependientes, y que sin el esfuerzo compartido de las sociedades la tenemos mucho más difícil para sobrevivir y desarrollar nuestras capacidades.

Esta crisis ha servido para recordar que cuando nos unimos bajo un mismo objetivo y empujamos en la misma dirección, entonces podemos lograr mucho más que cuando trabajamos aisladamente o solo compitiendo unos contra otros.

Esta pandemia nos ha recordado que nuestra propia salud no depende solamente de nuestro cuido individual, sino también de contar con sistemas de salud pública robustos, eficientes y con personal preparado, comprometido y con los recursos suficientes para poder hacer su trabajo.

Como lo ha dicho el presidente Macron de Francia, los servicios de salud pública son bienes preciosos que no pueden estar sometidos a las leyes del libre mercado, sino que deben regirse por la búsqueda del bien común.

Si hay algo que ha diferenciado a Costa Rica pese a ser un país pequeño de ingresos modestos, es su sistema de salud pública y su capacidad para cuidar y proteger. Sin embargo, estas fortalezas también muestran deficiencias y retos importantes, por lo que el énfasis político debería estar no en ver como se privatiza todo, sino en ver cómo podemos solventar estos problemas y producir mayor bienestar para todos.

Además de recordarnos nuestra propia fragilidad, el coronavirus también nos ha recordado nuestra principal fortaleza: la capacidad de cooperación.