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Esta última semana no ha sido nada fácil para ninguno de nosotros. En Suiza, el país donde resido gran parte del año, estos días han sido de mucha tensión. Al ser Suiza uno de los países más afectados por el COVID-19 a nivel mundial, el Gobierno decretó esta semana un cierre total (national lockdown). Todos los comercios, servicios, y tanto los eventos públicos como privados están prohibidos con excepción de supermercados y farmacias que se mantiene abiertos. El Gobierno también catalogó la enfermedad COVID-19 como una “situación extraordinaria” y es la primera vez, desde la Segunda Guerra Mundial, que este país recurre a 8,000 paramédicos y expertos en primeros auxilios de sus fuerzas armadas para que salgan a asistir y apoyar a los hospitales y centros de salud.

Tengo el enorme privilegio de haber nacido en un país que desde hace mucho tiempo no conoce la guerra, que no conoce toques de queda, grandes debacles económicos ni tampoco escasez de víveres o medicinas debido a conflictos bélicos.  Hoy, sin embargo, mientras veía en televisión la movilización de las fuerzas armadas suizas asistiendo a los enfermos, los supermercados con las estanterías vacías y los más estrictos controles en las fronteras, me he sentido lo más cerca, de lo que a mi entender sería vivir en tiempos de guerra. La diferencia, en esta ocasión, es que el enemigo es invisible, pero está por todos lados. De un pronto al otro, nos damos cuenta de que de nada sirven los ejércitos ni las armas porque este enemigo se combate con agua, jabón y distanciamiento social.

Así que, en medio de estos tiempos tan complejos, me atrevo a compartir tres lecciones puntuales que con claridad he percibido en estos días. Estas lecciones tienen que ver con nuestros valores y con la necesidad de fortalecerlos colectivamente ante el virus.

El valor de la igualdad

El Coronavirus nos vino a recordar nuestra condición compartida de humanidad. El millonario aislado en su mansión amurallada tiene el mismo riesgo de contagio que el pobre que se cuida en un precario. La intelectual con sus múltiples doctorados tiene exactamente el mismo riesgo de contagio que aquella que apenas terminó sexto grado. El empresario en su oficina en el penthouse corre el mismo riesgo que el agricultor que trabaja la tierra con sus manos. Resulta entonces que nuestro color de piel, nuestra religión, nuestras ideologías, estatus económico, nacionalidades o culturas no hacen la más mínima diferencia en nuestro riesgo de contagio. Esta lección tiene que ver con reconocer la vulnerabilidad y la fragilidad humana. Esta lección nos vino a recordar que, por encima de nuestras diferencias, todos pertenecemos a una misma especie: la especie humana.

El valor de comunidad

Este virus también nos ha devuelto el sentido de comunidad. Hemos sido testigos de infinitas muestras de generosidad, de solidaridad, de lo que yo llamo comunidad. Desde los italianos cantando en sus balcones; la gente en España aplaudiendo desde sus departamentos al personal médico; museos compartiendo su arte a través de tours virtuales; teatros ofreciendo sus óperas por livestream gratuitamente; una infinidad de cantantes regalando su música por medio de Instagram. Creo que —en medio de la histeria colectiva– la enfermedad COVID-19, espero, nos haga también reflexionar a muchos acerca del exagerado individualismo tan característico de nuestro tiempo que es, en gran medida, alimentado por el sistema económico actual. Pareciera, diría yo, que la lección en medio de todo esto es que la vida cobra más sentido cuando se comparte con los demás, cobra más sentido cuando se trata de dar más que de recibir, cobra más sentido cuando pensamos en plural.

El valor de la resiliencia.

El término resiliencia es relativamente nuevo, al menos eso creo yo. Tanto así que lo busqué en el diccionario de la RAE para cerciorarme que el término en español sea reconocido oficialmente. La definición de la RAE es la siguiente:Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. Hoy más que nunca los tiempos nos obligan a ser resilientes, a buscar nuevas formas de adaptarnos, de reinventarnos, de ajustarnos. Esto me parece de suma importancia porque el Coronavirus puede que nos esté preparando para desarrollar este valor tan importante que no sólo lo necesitamos ahora para sobrevivir el virus, sino que será cada vez más necesario para enfrentar los problemas del futuro, como lo son los posibles efectos del cambio climático, el fenómeno de las migraciones que cada día son más y las consecuencias económicas que pueden tener estos fenómenos en nuestras sociedades. Países grandes y pequeños están hoy desarrollando y anunciando sus diferentes versiones de un “Plan Escudo” para hacerle frente a esta situación. Y nosotros, como ciudadanos, nos hemos visto en la obligación de desarrollar nuevas rutinas, improvisar nuevas versiones de cotidianidad, nuevas formas de trabajar, de relacionarnos, de compartir y estar presentes sin el contacto físico.

El tiempo que tomará derrotar este virus aún es incierto. Sin embargo, ojalá que las lecciones que nos ha venido a recordar este virus prevalezcan y nos permitan construir sociedades más humanas, más justas y más solidarias.