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Adolfo Hitler soñó con un Reich que duraría mil años y causó millones de muertes en la Europa del siglo XX por sus sueños de odio irracional; en escala tercermundista, dictadores de diversa calaña han caído en la patraña del culto a la personalidad hasta que sus estatuas son derribadas por proceso democráticos o revoluciones, algunas de ellas, erigen nuevos tiranos y la historia se repite. Los descendientes de los grandes hampones suelen cambiarse el apellido, igual sucede con los herederos de los infames de toda índole. Parece ser que, en todas partes, la estirpe de la intolerancia es colocada al final del tiempo en el lugar que se merece, lo que sucede es que los procesos sociales son dolorosos y conllevan verdugos y héroes. La resistencia al cambio es parte de la institucionalidad de una democracia viva, las dictaduras, aun las de facto, no toleran la disensión, se disfrazan de democracia, tomando los poderes del Estado desde dentro, es decir colocando funcionarios y jerarcas que le son propicios. Es lo que llamo el espejismo roto: una estructura vacía de contenido democrático con todo su tinglado formal para dar una apariencia de legalidad.

Conozco personas, que pasan su vida hablando de dinero y poder, olvidan que van a morir. Son fachadas con piernas, deseos de proyectar una imagen, de impresionar innecesariamente a quien tienen cerca, recuerdan en mucho al auto usado y un poco viejo, con una mufla modificada para hacer mucho ruido, que resulta inversamente proporcional a lo que carecen en su interior de cultura y empatía. La entropía, (segunda Ley de la Termodinámica), no perdona; las cosas y los seres vivos tienden a su deterioro. No hace falta ser filósofo, eso se puede verificar con la mera observación. La arrogancia puede ser un ejercicio vano de aferrarse a la existencia, como una fotografía es un destello inútil para capturar al tiempo en algo más que un recuerdo. Personajes que fueron adulados en un momento dado, hoy forman parte del elenco del silencio, nadie es imprescindible. Ni siquiera quienes han hecho el bien, sus obras pueden permanecer, pero incluso estas —a menudo— se desnaturalizan de la idea original del fundador. Eso explica porque santos pobres terminan prestando sus nombres a colegios de colegiaturas impagables para personas de ingreso promedio. Igual sucede en el ejercicio de la función pública. Si el poder no se ejerce como un deber y se corrompe, tarde o temprano sus frutos se pudren y el olor se percibe a corta, mediana o larga distancia según el caso. En consecuencia, no es de extrañar que la vanidad suele ser un cosmético que acompaña a la estupidez, la cual, a diferencia del agua potable y la bondad, abunda y sobra.

El agua estancada con el tiempo deja de serlo, ha perdido su frescura y vigor, su capacidad de oxigenación merma. Cuando este valioso líquido fluye como un río, todo a su alrededor cobra vida y se renueva. De ahí la importancia de evitar la perpetuidad de los cargos, especialmente cuando han dado visos de ausencia de brillo, y se decantan por nublados acantilados de dudas.