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A quienes éramos adolescentes en la década de los setenta, la idea de que en Costa Rica existieran casos de sicariato o ajustamientos mediante el uso de armas de fuego nos resultaba simplemente impensable.

Lamentablemente, en la década de los ochenta, a finales, con la llegada del narcotraficante Rafael Caro Quintero se inició una época y una historia distinta. El sistema se hizo víctima de la penetración del narcotráfico. Se nombró la primera comisión legislativa investigadora del tema. Se descubrieron entonces vínculos de altos políticos y de algún magistrado con tan negros tentáculos.

Frente a este problema, hecho guerra por su creador, los Estados Unidos de América, se nos ha impuesto una política de drogas que no nos ha conducido a absolutamente ninguna victoria. La seguridad del costarricense se ha venido a menos, nos convertimos de un país de paso a un país consumidor, en alto grado y lo peor, hemos ido haciendo añicos la institucionalidad. Reformamos el artículo 24 de la Constitución Política para abrirle una grosera grieta a la privacidad de nuestras comunicaciones. Invertimos miles de millones de colones en equipamiento policial para combatir el narcotráfico (compra de helicópteros, aviones, barcos, unidades terrestres especiales, unidades policiales y de investigación) y para colmo de males hemos llegado al extremo de crear una jurisdicción especializada para acusar y juzgar los casos de crimen organizado. Esa jurisdicción crea diferencias que el sistema no debería tener como exigir requisitos especiales para los jueces que la integran e incluso con salarios superiores a todos los demás, como si no tuviéramos años de estar juzgado esos casos con los jueces existentes.

Comprar un vehículo o un lote ya no se puede si no declaramos bajo juramento, ante el notario que hace la escritura de compraventa, de dónde tomamos el dinero para hacer la compra. No obstante, los narcotraficantes se pasean públicamente en vehículos de lujo, con todo y las supuestas restricciones del sistema.

Se ha llegado al colmo de querer aprobar una ley de “Extinción del Dominio”, absolutamente abominable y violatoria del derecho de propiedad privada. Una ocurrencia más en la dirección incorrecta.

En todo este escenario, una magistrada llegó al colmo de pretender una regulación que permita la escucha de las comunicaciones de los periodistas, con el pretexto del tema del crimen organizado. ¿Hasta dónde vamos a llegar?

En medio de todo, tenemos un país lleno de sicariato, lavado de dinero, trasiego de drogas y corrupción de funcionarios públicos.

Soy padre de familia y me interesa más que mi hija pueda caminar por las calles de su ciudad sin temor a ser asaltada o ultrajada a que mi vecino legitime capitales. Me interesa más que la policía de mi barrio tenga una patrulla que le permita trasladarse a mi casa en caso de un asalto, a que el O.I.J. tenga una “bestia” para operativos de narcotráfico, con un costo de decenas de miles de dólares. Me interesa más que la Corte tenga más jueces de familia para que las mujeres tengan una respuesta pronta a sus demandas de pensiones alimentarias que contar con una hiper cara jurisdicción especializada en crimen organizado. Me interesa más que un niño de Talamanca sea transportado en helicóptero a un centro médico en caso de emergencia, a que se hagan vuelos de reconocimiento para atacar el narcotráfico. Me interesa más que el O.I.J. y la Fuerza Pública tengan más recursos para atacar el crimen no organizado y común que al narcotráfico. Me interesa más que un turista se sienta seguro en cualquier playa de Costa Rica a que le decomisen miles de dólares en el aeropuerto porque podrían tener un origen dudoso. En fin, me interesa más la seguridad en mi propio país que la salud de los adictos de Estados Unidos de América o de otros países desarrollados.

Es evidente que la política de narcotráfico de los últimos 20 años es un absoluto fracaso. Absolutamente nada ha mejorado y, por el contrario, todo ha empeorado. Es indefendible. Abogo por la legalización. Sin embargo, si alguien tiene una mejor solución me encantaría conocerla.