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Es un poco temeroso de mi parte empezar este artículo ofreciendo una explicación. Pero, la naturaleza del título lo amerita. Soy creyente monoteísta y tan católico como me lo permita practicar mi religión (sé de algunos curas que dan la comunión a divorciados, pero hay casos más complejos); respeto en general, a todas las denominaciones y creencias de buena fe, excepto a quienes hacen de las doctrinas un negocio, expendio de franquicias políticas, o bien, una industria de odio y excusas de guerras “santas”. Es sencillo, los credos no deben imponerse o mercadearse, deben proceder de un acto voluntario de cada quien. Por otra parte, reitero mi convicción de que hay ateos y agnósticos más “cristianos” que aquellos que se rasgan las vestiduras en los templos. Las palabras son baratas, pero los actos sinceros y anónimos son monumentales.

Un príncipe persa del siglo tercero antes de Cristo llamado Manes o Mani, a quien le llegaba agua al cántaro, es decir, que gozaba también de una significativa dosis de inteligencia (que es un bien escaso parecido al oxígeno, que se enrarece mientras mayor es la altura), hizo un planteamiento filosófico y religioso que perdura hasta nuestros días: el Maniqueísmo; es decir, la existencia de dos principios reguladores universales: el Bien y el Mal, que se encuentran en constante lucha y son opuestos por naturaleza. Con el tiempo esa doctrina fue inundando en mayor o menor medida el pensamiento humano y casi todas las religiones. Por ejemplo, san Agustín de Hipona fue un maniqueo convencido hasta su conversión al cristianismo. Uno de los aportes significativos del maniqueísmo fue el uso de la no violencia como manera de cambiar la sociedad, porque creían que al final la Luz derrotaría a las Tinieblas.

En el enfoque cristiano en general, no puede haber una pelea entre iguales, porque Dios es Todopoderoso, Omnisciente, Omnipotente y el Mal, que muchos encarnan en una figura o ser concreto denominado Satán (o Luzbel, ángel de Luz, expulsado de la Corte Celestial por soberbia) no tiene la capacidad de ganar esa guerra porque es creado y no creador. Por supuesto que se puede teorizar miles de palabras acerca del por qué Dios permite la existencia del mal moral y físico en este planeta, pero el tema excede el planteamiento del artículo y en todo caso, es sabido que, y dicho con respeto, Dios actúa de maneras misteriosas.

Quien escribe esta pieza, estudié para sacerdote después de ejercer un tiempo como un joven abogado (por un llamado que considero auténtico) en el Seminario Central de San José, y el Obispo de la época, me indicó (en secreto) que estaba considerándome para seguir estudios en Roma como exorcista de la Arquidiócesis. De hecho, en cada diócesis los exorcistas solo los conoce el Obispo. No pretendo que nadie crea en la existencia tangible de diablos, principados y demás seres oscuros. Pienso, que eso queda a expensas de cada persona, además que, en cada ser humano, hay malas decisiones capaces de equipararse a maldades luciferinas en un momento dado, con ciertas personas, bajo ciertas circunstancias, por lo que puede decirse que nadie puede proclamarse como una buena o mala persona. Dependerá de la coyuntura, el tiempo, y a quién se le pregunte. Pero es constatable que todos nosotros, en algún momento de nuestra existencia (y dependiendo del compás moral o religioso que utilicemos como instrumento de parangón) hemos actuado mal y bien. Por supuesto, excluimos de estas consideraciones a quienes padecen enfermedades mentales que nublan su juicio y a los psicópatas que son una categoría humana aparte.

Como mi intención no es de convencer a nadie, les puedo simplemente comunicar mi experiencia personal. Puedo decirles que —a nivel de proselitismo religioso— el diablo es muy rentable, porque el miedo es una emoción primaria muy poderosa que otorga poder. He escuchado muchos sermones, prédicas y discursos centrados en la condenación que calan en la colectividad y me da la impresión que produce dividendos terrenales también. También he de reconocer, que he observado fenómenos que contrarían las leyes de la física en mi época de aprendiz de exorcista, para los cuales no tengo una explicación concluyente. De lo que sí estoy seguro es que he conocido personas de carne y hueso que, si no son el diablo, deben ser parientes.