Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.

1.

Quizá haya formas deseables de provincianismo. No lo sé. Pero sé que hay un modo indeseable de ser provinciano, un modo que consiste básicamente en una forma mezquina y torpe de mirar el mundo. En este sentido, provinciano es quien tiene la mirada corta y los prejuicios largos. Por eso, su modo de observar empequeñece su vida y la de los demás.

Por supuesto, la gente provinciana puede nacer en cualquier lugar, incluidas capitales y grandes ciudades, y no sólo en pequeños pueblos. Quienes viven en lugares pequeños no necesariamente son personas provincianas. En medio de lugares olvidados es posible encontrarse con seres que concentran y hacen crecer en sus vidas lo mejor de la humanidad. Se trata de personas que logran amarrar a la historia del mundo su destino particular y local.

Esto es lo que piensa y dice Antonio Muñoz Molina, un escritor español contemporáneo. Para él, una persona es provinciana cuando no sabe mirar con generosidad y atención el mundo, sea que viva en un pueblo pequeño o en una gran ciudad. Según él, hay quienes no aprenden nunca a ver nada, se encuentren donde se encuentren. Pero sabemos que algunas personas logran abrir bien los ojos en sus pequeños lugares y, entonces, como en un sortilegio, en sus pueblos emerge el universo entero.

Yo he tenido la dicha de conocer a una de ellas. Se llama Max Goldenberg Guevara y es un nicoyano que hace y rehace las cosas de este mundo con su música, su humor, su generosidad, y su hospitalidad. Oír sus canciones y conversar con él es algo que me permite entender la historia de la humanidad condensada en imágenes y metáforas. Max enseña a mirar, a sentir, a pensar, a imaginar, trabajando sobre historias, seres, ideas, y asuntos de la vida humana y de la vida sobre la tierra. Max vive en Nicoya pero no es un provinciano. Después de oír su música las cosas de este mundo ya no pueden ser miradas de la misma manera.

2.

Así que lo mejor del mundo no necesariamente está en los lugares centrales y prestigiosos. Esto podría decirse de esta otra manera: el mundo está en todas partes y conviene que cada parte del mundo sea todo el mundo al mismo tiempo. En una comida dichosa, en una fiesta perfecta, en un parque de un lugar perdido, en una clase inteligente de una escuelita rural, puede estar condensada la historia del mundo. El esplendor de la humanidad puede manifestarse de manera plena en esos eventos y lugares. Nadie ni nada tiene en exclusividad lo mejor de la vida y de las cosas humanas.

Por supuesto, en los mundos pequeños también puede ocurrir, todos los días, el juicio final y el infierno. Y por eso mismo, porque esos lugares pueden ser frágiles, además de poder ser maravillosos, es preciso cuidarlos, hacerlos crecer.

3.

Al igual que la mayoría de los países de la región, en Costa Rica existe la sensación de que fuera del Gran Área Metropolitana solo existen naturaleza y provincianos. Limón, Puntarenas y Guanacaste sufren las consecuencias de una actitud que Constantino Láscaris había dibujado en su libro El costarricense. Según Láscaris, Costa Rica es un país que vive de espaldas al mar. El lo decía por otras razones que no vienen a cuento. Pero la imagen de un país que da la espalda a sus costas es certera e ilustra una voluntad de olvido y menosprecio.

Esa voluntad de olvido y ese menosprecio, una forma dañina de provincianismo, es fatal cuando se junta con la ausencia de participación, de liderazgo y de organización, con la mediocridad, con la desatención y el abandono. En esas condiciones ocurre lo de siempre: élites y familias poderosas distribuyéndose entre sí los negocios, los cargos y las mejores oportunidades.

Así que la fragilidad de nuestras provincias no se explica solo por la falta de políticas estatales pluralistas y equitativas. Pero sin duda esta falta explica buena parte de lo que les ocurre. Por eso, quizá la única forma de empezar a cambiar esos escenarios desiguales sea mediante las luchas políticas y los liderazgos locales efectivos. Para lograr eso es preciso elegir los mejores proyectos y a las mejores personas en nuestras alcaldías.

Requerimos alcaldesas y alcaldes que se atrevan a imaginar mejores formas de recaudar impuestos y de invertirlos, que transformen las pobres culturas laborales en las municipalidades, que apuesten por proyectos innovadores y que sepan exigir y negociar, con los gobiernos centrales, lo que les correponde por justicia. Por supuesto, mucho de lo que ocurre en los mundos locales comienza en otra parte y depende de actores globales. Pero si a eso se le suman gobiernos locales ineptos, mediocres o claramente corruptos, el resultado es desastroso.

4.

Gracias a una dicha inesperada, he podido participar de la formación de un nuevo partido político cantonal en Nicoya. En ese proyecto pequeño, discreto, incompleto, he podido conocer a gente admirable, seria, de buena voluntad, generosa. A esa gente la he conocido en nuestro partido y también en otros partidos cantonales. Se trata de gente con diversos oficios y que no vive de la política partidaria.

Está claro que estos pequeños partidos no pretenden cambiar el universo entero. Pero queremos que lo mejor del mundo nos ayude a transformar nuestra Nicoya. Nuestro empeño supone promover la equidad, la educación, el bienestar material, las vidas duraderas y saludables, y el acceso a condiciones óptimas para disfrutar del arte y la recreación. Queremos  crear condiciones para impulsar el empleo e imaginar políticas para el desarrollo sostenible. Aspiramos a tener buenas escuelas y colegios, y queremos buenas calles y carreteras para todas las regiones. Deseamos destruir la sensación de estar fatalmente condenados a la pobreza, a la violencia ciega, y a la desigualdad de las oportunidades.

Aspiramos a todo esto, que no es imposible, porque creemos que así las personas podrán florecer como seres humanos, tener autoestima, y convivir de manera justa y dichosa. Sabemos que la política fue imaginada, en sus orígenes, como un invento para lugares pequeños. Pero los lugares pequeños parecen haberlo olvidado muy pronto y se abandonan a lo que es decidido desde lugares centrales. Esa es una forma de provincianismo doble: el de quienes piensan, desde la capitales, que están legitimados para decidirlo todo desde ahí, y el de quienes aceptan, desde las provincias, ese modo de hacer política.

Por eso, tenemos que seguir pensando y trabajando para hacer de estos pequeños lugares mundos más habitables y dignos. Esa es una tarea difícil de lograr. Pero es posible hacerlo cuando las comunidades se organizan y lo exijen sin tregua. Tenemos que exigir que lo mejor de la humanidad esté presente en nuestros cantones. Es nuestro derecho tener las mejores vidas posibles y es nuestro deber cuidar la vida y la vida humana sobre la tierra.