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Me decía mi abuela materna, que antes de la llegada de los españoles, en el cráter Santiago del Volcán Masaya, muy cerca de Managua, vivía una bruja, lo único que se me ocurrió preguntar fue cómo ella no se quemaba, porque eso es una poza de lava, pero mi abuela Queta, portuguesa y leonesa, llevaba en la sangre el arte de la evasión, y a mí me fascinaba escucharle decir que todos los caciques chorotegas (de origen náhuatl) le consultaban asuntos importantes. Mi conclusión infantil era lógica: yo tenía que hablar con esa bruja. Tenía muchas preguntas que me parecían importantes. Pero estaba consciente de que probablemente no me recibiría porque yo no era un cacique y tampoco estaba seguro si era chorotega. Mi abuela fulminó mi esperanza un día, cuando me contó que la bruja dijo que desaparecería el día que los españoles llegaran a esas tierras y cumplió su promesa.

Un poco más crecido, me enteré que un padre español, Francisco Bobadilla, descendió a lo que los conquistadores llamaban la “boca del infierno” armado solamente con una cruz para exorcizar al diablo y por eso a orillas del cráter se plantó una inmensa cruz llamada con cierta justicia la cruz de Bobadilla. Asunto resuelto de mi infancia primera: cero brujas. No mucho después descubrí que los demonios son los mismos hombres y que después de todo, la boca de lava del volcán podía ser la recepción de algo parecido a un averno. Una mañana de abril, la buseta que me transportaba al colegio de Masaya a Managua se detuvo en un retén militar de la Guardia Nacional de Somoza. ¿El año? 1978, una pequeña sombra de pinolillo se asomaba bajo mi nariz como un tímido bigote, un rifle garand me presionaba la frente sin motivo ninguno; ahora sé que el infligir terror a un grupo de pre y adolescentes otorga cierto placer a quienes detentan pequeñas dosis de poder efímero. A través de la ventana observé un helicóptero encima del volcán, era un día soleado, estaban lanzando personas vivas al cráter de lava. Por eso, cada vez que escucho una burla xenófoba, un sonido de menosprecio, o soy testigo de un acto de discriminación, quisiera platicar con la bruja del volcán.