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Conforme disminuye el casquete polar aumenta el valor geopolítico y estratégico del Océano Ártico, que se ha convertido en el nuevo escenario de las tensiones entre China, Estados Unidos (EUA) y Rusia. Por consiguiente, la humanidad está ante una nueva frontera político-militar y ambiental, puesto que esta zona polar se calienta dos veces más rápido que el resto del planeta. Esto hace que cada vez haya más rutas navegables un mayor tiempo durante el año y que muchos de los recursos minerales —petróleo, gas, uranio, tierras raras y otros— sean accesibles a un costo menor. Incluso hay estimaciones que el 13% de los hidrocarburos y el 30% de las reservas de gas no descubiertas están al norte del Círculo Polar Ártico, según el Servicio Geológico de EUA. Esto no incluye los hidratos de metano en el subsuelo oceánico.

Así que conforme se caliente el océano Ártico se calienta su geopolítica. Hoy se estima que para el 2050 la capa de hielo de unos 3 km de grosor y que cubre el 80% de los 14 millones de km2 de esas aguas marinas, se reducirá a tal grado que será navegable seis meses al año. Esto ofrece un escenario atractivo para el comercio de China —que no es potencia ártica—, porque sus buques reducirán el tiempo de navegación para alcanzar puertos europeos.

Pero también para Rusia, que ha comenzado a construir bases navales en el norte de Siberia y hace unos años colocó una bandera en el fondo del océano para reclamar su plataforma continental y su zona económica exclusiva. Mientras que el presidente Trump sugirió comprar Groenlandia para incrementar la proyección marítima estadounidense sobre esas aguas y contrarrestar el dominio ruso. Esto convirtió al Ártico en un nuevo espacio de confrontación militar ruso-estadounidense y comenzó a replantear la gestión del Consejo Ártico —establecido en setiembre de 1996 como un foro intergubernamental para coordinar las políticas de protección de la región y sin fines estratégicos—. Así en mayo pasado la reunión anual del consejo terminó sin un acuerdo, porque el secretario de Estado, Mike Pompeo, cuestionó las actividades chinas y vetó toda declaración que aludiera al cambio climático, como proponían Canadá, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Rusia y Suecia, los otros miembros.

La reunión de mayo había sido convocada para elaborar una agenda colaborativa sobre desarrollo económico y protección ambiental. Esto porque el número de estudios formulados por distintos institutos evidencian el impacto que sobre el planeta tendrá el calentamiento ártico. Por eso el portal de Military.com —un think tank estadounidense— aludió en diciembre pasado a la situación del control ártico que genera una nueva relación geopolítica, en la cual intervienen no solo los países costeros, sino otros como China, Japón y Corea del Sur. Pekín anunció, en enero de 2018, la “Ruta de la Seda Polar”.

También el océano Ártico está permeado por disputas territoriales (en algunos aspectos comparable con la situación del mar del Sur de China), porque no ha habido una delimitación acordada por los países ribereños, sino declaraciones unilaterales. La primera manifestación de este tipo ocurrió en 1925 cuando Canadá estableció su frontera marítima, seguido del reclamo soviético al año siguiente. Por ello en 2001 Moscú planteó un reclamo ante la Comisión de Límites de Plataforma Continental de la ONU de una plataforma extendida hasta las 350 millas marinas desde sus costas. Esto porque algunas de las cordilleras y cuencas submarinas son ricas en minerales.

Por su parte, la Unión Europea, a través del Centro Wilfried Martens para Estudios Europeos ha externado su preocupación por el potencial conflicto que representa la convergencia de intereses en esa “nueva frontera” terrestre, que durante siglos permaneció como un territorio inaccesible, excepto con fines de expediciones e investigaciones científicas. Pero hoy eso ha cambiado y sin duda tendrá repercusiones planetarias en todos los ámbitos. Así la pregunta válida es si la zona ártica será escenario de cooperación o de conflicto en las próximas décadas.