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En Montes de Oca está pasando algo inaudito. Alguien dibujó unas rayas blancas en el asfalto y no se lo van ustedes a creer… ¡Los carros se detienen para dejar pasar a las personas! Conque eso era un paso peatonal: dos ínfimos trazos de esquina a esquina. Nada más. Y nosotras, las personas habitantes de estos lares, que llevábamos años sin atrevernos siquiera a soñar con pasos peatonales, suponiendo que eran muy caros; porque claro, considerando la jungla de cemento en que habitamos, pensábamos que un paso de peatones debía ser una gran palizada, a desnivel, con barandas, agujas, reductores de velocidad, luces rojas, cámara oculta y una unidad de primeros auxilios.

Pero no. Al final eran dos trazos en la calle… y dos en la cabeza: ahí está el asunto. Donde finalmente, poco a poco, han ido cobrando significado esas dos rayitas es en el cerebro de la gente. Porque no son precisamente los carros los que se detienen en el paso peatonal: son las personas que los conducen.

Así que, al menos en Montes de Oca, está cuajando el milagrito de eso que el escritor Martín Caparrós llamó alguna vez civilización: que un auto como una bestia rugiente se detenga dócil como una gallinita ante una línea blanca pintada en el suelo, para dejarte pasar. Es algo que se logra con educación, en el proceso de “civilizar” a un mamífero hasta hacer de él una persona. Que los hombres se sientan satisfechos de respetar las reglas, y no humillados por ellas.

Una mañana de domingo en Managua, iba yo en un taxi, cuando presencié una escena que todavía sueño con meter en una película. Las calles estaban desérticas. En un cruce de varios carriles, el semáforo se puso en rojo. El taxista se detuvo. Puesto que no venía ni un carro, ni una bici, ni una mosca, la luz roja se hizo eterna. El taxista se empezó a impacientar. Y en eso, ¡oigo pitazos! ¡El taxista estaba pitándole a la luz roja! Es la escena más sintética y elocuente: Está bien —parecía decir el taxista— respeto esa lucecita roja que me detiene aquí en las calles vacías, pero también doy unos pitazos como golpes en el pecho.

De cierto modo, era enternecedor: amanecía en la cabeza de aquel buen hombre. Eso fue hace veinte años. Hoy probablemente no le pita al semáforo; quizás más bien aprovecha para ver su celular. Algo que en Suecia —por ejemplo— se multa tanto o más que ir manejando borracho.

Dentro de veinte años, tal vez nadie en Costa Rica se sienta libre de ir revisando el celular mientras maneja, tal vez se considerará de mala educación. Tal vez entonces haya más posibilidades de estrellarse porque un suicida le cayó a una en el parabrisas. Es lo que viene siendo la civilización.