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El 14 de setiembre las instalaciones petroleras de la empresa Aramco —una de las refinerías más grande del mundo— en Arabia Saudita fueron atacadas por drones, afectando la producción del país —disminuyendo en 5,7 millones de barriles diarios, equivalentes a un 50% del suministro— que aporta el 5% del crudo mundial, elevando los precios de los hidrocarburos en un 10% y provocando la caída de la mayoría de las bolsas de valores, alrededor del mundo, cuando abrieron el pasado lunes 16. Solo el índice Dow Jones cayó 165 puntos. En otros momentos esto no habría ido más allá de una reacción típica de los mercados de hidrocarburos, que se caracterizan por su volatilidad ante cualquier evento que amenace la disminución en la producción diaria. Sin embargo, la cuestión tiene un trasfondo más complejo, que coloca a Irán y Estados Unidos en el punto más alto de tensión en los últimos años y los hace marchar hacia una guerra que ambos afirman no querer. La pregunta es si podrán encontrar una solución antes que sea muy tarde, pues en las últimas semanas, prácticamente, todas las declaraciones y actos acercan a Washington y Teherán a un escenario de confrontación armada.

La primera reacción de la Casa Blanca fue autorizar el uso de la Reserva Estratégica de Petróleo de los Estados Unidos, que consiste en cientos de millones de barriles de crudo almacenados, en cavernas de sal en Texas y Luisiana, para atender situaciones de emergencia que podrían provocar un desabastecimiento mundial en caso de un conflicto bélico. Es la cuarta vez que adopta esta decisión, desde que la reserva fue creada en los años 1970 a raíz de la Guerra del Yom Kipur, que elevó los precios del barril de US$3 a US$12 en menos de seis meses. Esta fue considerada la primera crisis mundial del petróleo.

La segunda reacción fue responsabilizar a Irán del ataque, aunque el grupo rebelde Hutíes —de tendencia chiita y fundado en 1992, autodenominados Ansarolá o “partidarios de dios”—, que combate el régimen yemení respaldado por Arabia, se responsabilizaron de la operación armada contra las refinerías. Para el presidente iraní, Hasán Rohaní, los ataques fueron en defensa propia ante el suministro diario de armamento saudita a las tropas oficiales.

El conflicto iraní-estadounidense se deterioró desde el arribo de Trump a la Casa Blanca y su decisión de denunciar el histórico acuerdo multilateral sobre el programa nuclear. A ello se sumaron las detenciones de buques petroleros y las sanciones económicas contra Teherán que han llevado a una recesión económica. Por eso en los últimos días las tensiones aumentaron, y tanto Trump como Mike Pompeo, secretario de Estado de Estados Unidos, reafirman la participación directa de Teherán. Así Trump anunció el aumento del cerco diplomático y económico a Teherán y Pompeo indicó que no se puede descartar ninguna opción militar, aunque dice preferir una solución pacífica, tras una reunión con autoridades sauditas y árabes para formar una coalición. A su vez estas mostraron evidencias de misiles de fabricación iraníes e indicaron que fueron disparados desde el norte de Irán (pasando por Irak y Kuwait) contra la refinería.

El Gobierno iraní mira a Europa, Rusia y China en procura de un respaldo para contrarrestar las acciones de Washington. Sin embargo, este conflicto debe contextualizarse en el Medio Oriente y hay que mirar el resultado de las elecciones parlamentarías en Israel, los intereses de Turquía y las alianzas de Moscú con algunos de los países —sobre todo Siria— en la región.

Pero el ataque también tiene consecuencias estratégicas, porque evidencia que para repeler operaciones con drones se requiere tecnología sofisticada y no la que se usa contra misiles. Arabia Saudita ha invertido un gran presupuesto militar, comprando armas a Washington, y no pudo repeler los drones. Esto pone en alerta a otros países petroleros.

Por ahora lo que se observa son dos Estados indispuestos a negociar y lograr un nuevo compromiso, que dicen no querer una guerra, pero marchan hacia ella. Esto puede variar tras las elecciones presidenciales en Estados Unidos. La pregunta es si las tensiones soportarán tanto tiempo sin pasar a un conflicto armado.