Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.

Viajar y hacer turismo no solo no es lo mismo sino que se han ido convirtiendo en verbos opuestos. Cada vez más gente hace turismo y cada vez menos gente viaja. Hacer turismo hoy parece cosa de “todo a un dólar”; la gente viaja en grupos, en familia, en ofertas y en “paquetes”: buena esa. A todos los que embobados veían “The love boat” en los años ochenta, hoy los suben empaquetados a un crucero, los ceban, los tuestan al sol, los emborrachan y en paquete los tiran de vuelta a la orilla.

Mientras baja el precio de turistear, sube el de viajar. Viajar se ha vuelto un lujo inaccesible y peor: incomprendido.  De hecho, viajar es quizás mucho decir y mucho pedir en un mundo donde conocemos mejor South Beach que San Vito. Dejémoslo en “pasear”, verbo hermoso, en desuso. Para que pasear sea agradable requiriere una imaginación mucho más y mejor surtida que la billetera; pero le dice esto usted a alguien y encima se lo toma a mal.

Aquí van dos lujos carísimos para los que queremos pasear de una forma distinta a la de los turistas de paquete. Uno: comer bien (es decir sano, limpio y poco). Dos: el silencio. Encontrar un lugar silencioso y privado sin tener que comprarse una isla, como los futbolistas, es cosa que requiere o mucho dinero o mucha experticia. Pienso en aquella frase de Woody Allen: “El dinero no hace la felicidad, pero hay que ser un experto para enterarse”. Igual pasa con el saber pasear.

Un golpe de azar terminó de regalarme un lugar secreto para ir a pasear. ¿Recuerdan los bloqueos de los camaradas traileros? Pues por ellos tuvimos que desviarnos y pedir posada en un sitio maravilloso que no les voy a recomendar. Debe permanecer secreto y desconocido para que no lo invadan los turistas de paquete. Aunque… la verdad, ¿cuántas personas habrán leído este texto hasta aquí? Pocas, sin duda. Eso ya establece un buen filtro. Además, puestas a escoger entre un “all you can eat”, piscina y pachanga, y caminos por la selva, silencio y una frugal comida campesina, entre esas dos opciones, adivinen adónde se haría la fila de brazalete fosforescente.

La Estación Biológica La Selva, en Puerto Viejo de Sarapiquí, siempre ha estado ahí, invisible a los ojos de los turistas glotones y bulliciosos. Es una estación de investigación de ecología tropical, con un ambiente de estudiantes e investigadoras que se levantan temprano, hacen las tres comidas sanas y frugales, y por la noche se recogen temprano y en silencio. El visitante debe seguir esas pautas y esta paseante las siguió con mucho gusto. Durante el día, se pueden hacer grandes caminatas por la selva, visitar las casetas de investigación, leer o escribir, en un silencio prehistórico, estas líneas.