Este país es particular. En poco menos de una semana pasamos (mundo Twitter) de exigirle al Observador CR que nos confirmará sus dueños a pelearnos con base en una vergonzosa carta de unos cuantos decanos de la UCR y la no re elección de Ernesto Rivera en el Semanario Universidad. Las disputas por el control de los medios no son nuevas, si lo es la intensidad, los tiempos y las formas en que distintos grupos, sobre todo de élites económicas y políticas, buscan hoy controlar o crear sus propios medios de comunicación para orientar los debates nacionales.

No han sido fáciles los últimos 10 años para los medios de comunicación costarricenses. Tal vez, estas transiciones y disputadas sean mejor ejemplificadas por lo sucedido en el diario La Nación. En los últimos 10 años el medio ha cambiado tres veces de director, despedido a cientos de periodistas unas veces por presiones políticas y otras veces por crisis, abrió/cerró otros impresos, dejó de percibir millones de colones en publicidad, fracasó en modernizar su web, eliminó su unidad de investigación y limitó como nunca antes los espacios de independencia periodística

Las últimas dos campañas presidenciales también han modificado el rol y las relaciones de los medios con estás élites económicas y con los partidos políticos, en particular con el PLN. Por ejemplo, en las elecciones del 2014 un grupo de empresarios reunidos en lo que llamaron Alianza Costa Rica se dieron a la tarea de cabildear con dueños de medios, editores y periodistas para advertirles de que “estaban jugando con fuego”, al según estos empresarios, estar apoyando con su cobertura periodística al partido Frente Amplio. Para algunos de estos empresarios, medios tradicionales como La Nación habían sido tomados por “la izquierda”. En las elecciones del 2018, otra parte importante de este gran capital económico, que había dado ya su adhesión a Fabricio Alvarado, volvió a resentir la cobertura mediática que se le hizo a Fabricio en las últimas semanas de la segunda vuelta.

En este contexto y como producto de una brutal caída de los precios de las tecnologías muchas de esas élites económicas y políticas que anteriormente financiaban con su publicidad a los medios tradicionales decidieron crear sus propios medios. El caso seguramente más exitoso lo es CR Hoy. Para muchas de estas élites los medios tradicionales dejaron de representar sus intereses particulares y contrario a ser altavoces de sus proyectos y visiones de mundo se convirtieron en una amenaza. (Cualquier parecido con el razonamiento de los decanos y algunos miembros de Consejo Universitario es pura coincidencia).

A pesar de que la emergencia de estos nuevos medios pudiera ser celebrada, la poca transparencia de estos se ha constituido en una amenaza para el debate democrático. Lejos de decirnos qué agendas políticas y económicas representan, muchos de estos medios han huido de transparentar sus dueños y financistas y otros más se han prestado para la producción y difusión de campañas de desinformación y propaganda. Esto es particularmente peligroso en ambientes como el costarricense en el cual la mayoría de la información que los ciudadanos reciben sobre la política, los políticos y los temas nacionales provienen de lo medios de comunicación.

La disputa por el control de los medios es hoy una disputa por el control del debate público. No se trata de una disputa para decirnos qué y cómo pensar, sino, de saturar el espacio público, muchas de las veces con información descontextualizada y propaganda. En esta disputa hay muchos vencidos, ciudadanía, democracia y medios profesionales entre las primeras víctimas.