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Aunque yo sea una persona (digamos) inteligente, que trabaja en ciencia y tecnología y que por ende puede comprender que el aire es perfectamente capaz de sostener a un avión… tengo que confesar que me da miedo volar. Ese temor me llevó a leer un libro en el que el piloto Tom Bunn comparte técnicas para sobreponernos a ese miedo sin sentido, donde explica muy sencillamente cómo funciona nuestro cerebro y por qué a veces el miedo se sale de control. Me pregunto si, colectivamente, puede estarnos pasando algo parecido en Costa Rica este momento, si quizás estamos dejando, entre todas y todos, que el terror y el estrés nos hagan perder el control y actuar irracionalmente.

Resulta que cuando estamos a expuestos a cosas desconocidas y fuera de nuestra rutina, nuestra amígdala cerebral libera hormonas de estrés, lo que nos pone alerta y detona una evaluación de la situación y un plan de acción. Pero si la situación que nos estresa persiste, al tiempo que no tenemos la posibilidad de evaluar la situación (porque no tenemos suficiente información, por ejemplo) o no tenemos un plan de acción satisfactorio (porque, por ejemplo, no podemos huir) la amígdala sigue emitiendo hormonas de estrés, y si no logramos detenerla, el sistema colapsa. El colapso puede causar un ataque de pánico. Yo lo he experimentado durante turbulencia en vuelos.

Sin la protección de lo familiar

Por supuesto que no existe ninguna amígdala cerebral colectiva. Y además la amígdala lidia con reacciones inmediatas y no el estrés sostenido que nos ha tenido locos desde las elecciones. Pero las coincidencias son innegables.

De pronto en nuestro país se han presentado cambios que, en mi opinión, son beneficiosos (Ley del Fortalecimiento de las Finanzas Públicas, baños neutros, matrimonio igualitario, visibilización de la natural diversidad humana cuando se trata de identidad de género y orientación sexual, pruebas faro, educación dual, gente en el gobierno que acepta que no creen en Dios) pero la información que ha acompañado a estos cambios —que le resultan muy polémicos a algunas personas—, ha sido muchas veces insuficiente e inadecuada.

Algunas personas sienten que la Costa Rica familiar, en la que se sienten seguros y protegidos, está cambiando muy rápido. ¿Estará eso haciendo que la amígdala cerebral colectiva libere hormonas de estrés y los ponga alerta y a la defensiva? No cuentan con información clara o de buena calidad, lo que solo aumenta la ebullición y vemos cómo botan portones, hacen huelgas, bloquean calles y paralizan el país. Así liberan el estrés aunque el comportamiento sea completamente autodestructivo. Por supuesto, el hecho de que existan grupúsculos sin escrúpulos que están más que dispuestos a inyectar desinformación y manipular para favorecer su agenda, no ayuda en lo más mínimo.

¿Cómo salir de esto?

Tim Bunn, el piloto escritor, dice que lo primero es hacer contacto con la realidad, y dejar de enredarnos en nuestras propias historias infundadas. No, ese ruido no significa que se rompió un ala del avión; ni esa turbulencia señala que el avión se está cayendo.

Si algo detona la liberación de estrés en la amígdala cerebral, entonces necesitamos dar sentido a lo que pasa, para poder hacer un plan. Pero dar sentido a las cosas implica distinguir la realidad de las películas paranoicas en nuestra cabeza.

En resumen, a mí no me gusta volar, pero poco a poco voy entendiendo que a pesar de mi incomodidad en el avión, todo va a salir bien. De la misma forma, a muchos costarricenses les incomodan los cambios sociales y tributarios actuales, de hecho todos estamos acomodándonos e intentando familiarizarnos con la nueva realidad. Pero la respuesta no es creernos cualquier cuento que justifique una reacción exagerada solo para dar rienda suelta a nuestro estrés, frustración y miedo. La respuesta es hacer la tarea y buscar información confiable, para evitar un colapso irracional, poder crear un plan de acción adecuado y avanzar juntos como sociedad.