En febrero dejé de escribir artículos porque percibí en redes tal grado de fanatismo que opté por observar más y decir menos. Y he comprobado los estragos causados por lo que podríamos llamar “contaminación digital” —ese mal que que intoxica hasta el alma.

En cuestión de minutos las redes sociales convierten a personas perfectamente normales (y hasta aburridas) en seres humanos con ideas monstruosas.

Y ya sabemos cuáles venenos son ingeridos en la dieta digital diaria. Ese visual que había sido diseñado —justamente— para indignar a las personas hace que gente buena caiga en la trampa.  No extraña entonces que a las siete de la mañana, aunque el sol brille y la persona esté viva —con piernas, ojos y un corazón latente— lo único que expresa es “¡Malditos!”.  Y ya su mañana sabrá a vinagre y la presa no ayudará a mejorar el ánimo  (ni el programa de radio).  Cada día esa contaminación atacará a miles de hombres y mujeres costarricenses.

Cada día otros miles serán las víctimas perfectas de algoritmos en Facebook —o campañas o amigos— que les mostrará un post redactado —con toda la mala leche—  para propagar una mentira. Y esas mentiras entumen a la gente porque sus enojos lo nublan todo. Y salen personalidades obsesivas y la vida va perdiendo la magia del atardecer irrepetible —porque los ojos están pegados al teléfono— o alguna talentosa niña que enseña un colorido garabato y no recibe atención porque el adulto está desencajado y le dice a su pareja “¡Odio a estos desgraciados!” Hay tantas vías para la obsesión con el chat en WhatsApp... porque desde el celular más caro y moderno de su vida, el dueño escribirá algo barato e incivilizado: “No necesito hechos. Yo escribo lo que me dé la gana. Me tienen harto”. Será la respuesta al primo, aún no radicalizado, que le quiso decir que lo que había compartido era mentira.

Con impotencia confirmamos que la radicalización de la gente en Costa Rica calza con un fenómeno global. “Macron es un dictador” gritan los fanáticos franceses. “Fuera inmigrantes” demandan los fanáticos de Trump. “Ser gay es pecado” insisten los radicales polacos. No es siquiera un tema de derecha vs. izquierda, de hecho hasta tienen razonamientos parecidos: todo es en blanco y negro, el todo o nada y ellos versus nosotros.

Volvamos a Tiquicia, ese diminuto puntito en que nos tocó nacer.  No olvidemos que somos parte de algo llamado Tierra. Digo no sea que pensemos que el Universo se llama Zapote y que la única vida diaria a la que podemos aspirar es a la vida en redes reaccionando al titular del día. Allá afuera hay todo un Planeta, continentes, ciencia, tecnología, literatura y océanos, belleza, solidaridad, misterio e ingenio, arte, misticismo.  La lista es interminable.

Dependerá de nosotros el dónde colocamos nuestro potencial humano. Acabar, o no, con una Costa Rica neurótica y adicta a un esmog digital tan letal depende de nosotros. Proteger Costa Rica empieza por tener la disciplina de proteger nuestras mentes porque enfrentamos niveles de toxicidad digital y manipulación sin precedentes.

Sabemos de sobra que hay problemas estructurales —el repertorio es conocido—.  No digo que la contaminación digital sea el problema de fondo sino que es una de las principales barreras para ponernos de acuerdo en esa búsqueda de soluciones.  No queremos acabar radicalizados y fanáticos —por un partido, una iglesia o una ideología—.  ¿Qué fanático conoce usted que irradie salud, paz y sabiduría?   Por eso hay que comprometernos con ciertos protocolos básicos:

  • Indagar, no limitarse a compartir titulares o memes . Se trata de tomar tiempo para buscar fuentes de calidad antes de compartir.  No contaminemos el ambiente tirando basura digital.
  • Pensar y preguntar antes de reaccionar.  Observemos y hagamos más preguntas para no siempre actuar como si tuviéramos la razón en todo, o respuestas para todo.
  • No comentar en estado de furia. No siempre es necesario externar nuestra opinión. Y si vamos a comentar algo, intentamos empezar  la frase con “Yo propongo...”.
  • Poner las ideas radicales bajo la lupa: ¿Qué hay detrás? ¿A quién le sirve que la gente ande brava? ¿Quiénes redactaron tal texto?  ¿Quién me pasó la información y por qué?
  • Abrir horizontes, leer sobre el mundo.  Es importante poner las cosas en perspectiva.  Ir más allá de Costa Rica permite entender patrones. Buscar luz en otros debates.

La lista sigue y estoy segura que otras personas tienen muy buenas ideas que agregar sobre cómo tomar las riendas para evitar acabar en debates imposiblemente tóxicos.

Hace poco caminaba y noté al pie de una estatua la siguiente frase:

 Cuando todo falle, apliquemos el sentido común.

Sin duda, el sentido común será nuestra mejor vacuna, hoy más que nunca.