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En el 2018 celebramos una de las elecciones presidenciales más polarizantes de nuestra historia reciente. Con cierto asombro e incredulidad, observamos cómo propuestas demagógicas eran adoptadas masivamente por amplias capas de la población. Se consolidaba, gracias a eso, el bloque del fundamentalismo reaccionario, el cual creímos haber derrotado en la segunda ronda electoral.

Qué equivocados estábamos.

Recientemente, las protestas sociales demostraron que este bloque se encuentra activo, tiene capacidad de articulación entre sectores diversos y cuenta con un potencial de movilización.

El bloque del fundamentalismo reaccionario

Se debe entender el fundamentalismo reaccionario como un bloque social heterogéneo, con múltiples expresiones político-partidarias y sociales, en el que existen mínimos ideológicos comunes. Un espacio de articulación donde confluyen fuerzas del conservadurismo cultural, el radicalismo neopentecostal, una visión de “mano dura” en seguridad, posiciones machistas y xenofóbicas, un desdén por la institucionalidad judicial y electoral, así como un rechazo a la ciencia, la educación laica y los medios independientes.

En las elecciones, este bloque canalizó su existencia en distintas opciones políticas que, sin embargo, tenían una misma raíz antidemocrática. Por eso, en la segunda ronda les fue tan fácil ponerse de acuerdo: comparten una misma visión de mundo, códigos, simbología, agenda social, discursos y marcos políticos. En el fondo, todas esas propuestas, aunque tuvieran siglas distintas, se encontraban dentro del mismo espectro populista conservador, como lo demostró el uso constante de ese empaquetado discursivo llamado “ideología de género”.

Estas fuerzas operan tratando de modificar los consensos republicanos con el fin de ampliar los márgenes de lo políticamente tolerable. Con esto, buscan ensanchar las fronteras del bloque para así ganar terreno político, social y simbólico. En dicha operación, siempre buscan erosionar los valores republicanos, el pacto social y el sistema de pesos y contrapesos que actúan como un muro de contención que les impide continuar creciendo.

Esta lógica de nuevas fronteras simbólicas es el marco en el cual deben leerse los disparates que el bloque ha impulsado en los últimos años. Con propuestas como la salida de la CorteIDH, la eliminación vía decreto de la “ideología de género”, la prohibición constitucional de otorgar la ciudadanía costarricense a hijos de migrantes o todas las políticas contra la educación laica y científica no se busca necesariamente su aprobación, sino la modificación de consensos de época con el fin de ampliar su campo de acción.

Si estas u otras insensateces son aceptadas o normalizadas, se dibujan nuevos límites y logran un triunfo, pues producen un nuevo mínimo social-simbólico que les fortalece. Además, se logra un “efecto imán”: aparecen nuevos actores que, atraídos por el potencial político del bloque, se colocan dentro de su perímetro para, mediante negociación, impulsar sus agendas particulares.

Fue, por ejemplo, lo que sucedió con Fabricio Alvarado luego de su triunfo en febrero de 2018, cuando políticos y grandes empresarios decidieron brindarle su apoyo públicamente.

Este “efecto imán”, eso sí, tiene una trampa silenciosa pero eficiente: los actores creen que se pueden acercar a las fuerzas del fundamentalismo reaccionario para negociar agendas sin perder su esencia o sin ver dañada su identidad. Sin embargo, el imán es tan fuerte, y la esencia de odio es tan poderosa, que cambia cualquier identidad política, económica o social. No es realmente una negociación, sino una absorción porque el fundamentalismo reaccionario digiere y asimila cualquier identidad partidaria.

El “bloque” y las protestas sociales de 2019

Recientemente, el bloque mostró su buena salud en las protestas de 2019. Varias de sus expresiones lograron, con éxito, introducirse en las fuerzas que impulsaron dichos movimientos. Además, otras se sumaron por la vía externa, aumentando el clima de confrontación con arengas virtuales, difundiendo contenido falso y azuzando con discursos de exclusión.

El fundamentalismo reaccionario se anotó un éxito contundente al lograr incluir varias de sus ideas tanto en los reclamos públicos de los actores en calle, como en la agenda de prioridades construida posteriormente. Fue un triunfo porque no solo normalizaron propuestas con nulo sustento técnico, como las relacionadas con los drones o con los baños individuales contra el acoso escolar, sino que las vocerías que protestaban las asumieron como propias.

Con esto, ampliaron fronteras simbólicas, ganaron terreno político y se produjo, nuevamente, el “efecto imán”. Probablemente, a esta hora, nuevos actores están buscando un acercamiento (si no es que ya lo hicieron) con estas fuerzas antidemocráticas para crear una agenda común. La trampa, en todo caso, será igual de exitosa y los únicos que ganarán de dicha concertación serán quienes promueven el retroceso en derechos humanos y democracia.

La responsabilidad del progresismo y los constitucionalistas

Frente a esta avanzada, las fuerzas que componen el bloque del constitucionalismo republicano solo tienen una posibilidad: el rechazo total. No debería haber un centímetro para dudas, y todas las fuerzas desde el centroderecha a la izquierda que respetan la Constitución y crean en la vía republicana como forma de convivencia deben evitar negociar con ellos, y muchos menos creer que pueden ingresar a su órbita para negociar agenda sin ver afectada su identidad.

No es posible defender el Estado Social de Derecho con quienes buscan destruirlo, y con quienes no tienen ningún respeto por el pacto social. No es posible suturar las heridas que provoca la desigualdad y el sistema económico con quienes buscan infectar el país con el virus del odio, el rechazo y la exclusión.

La responsabilidad del progresismo y de las fuerzas que buscan un cambio, y que también están dentro de este bloque respetuoso de la Constitución, es aún mayor. Deben ser los primeros en evitar cualquier retroceso en materia de derechos, inclusión o democracia. Además, son quienes deben liderar una avanzada político-simbólica que dispute el terreno que han ganado los reaccionarios entre la población durante los últimos años.

Para lograrlo, deben instalar de manera urgente espacios de reflexión común entre sensibilidades progresistas con el fin de construir mecanismos y propuestas que disputen las ideas de nación, patria, espiritualidad, familia, sexualidad y seguridad a los fundamentalistas. También, es urgente crear puentes de diálogo para dirimir diferencias en torno a cuestiones económicas, pues es evidente que existen y son importantes.

Paralelo a esto, el progresismo debe continuar avanzando en materia de democracia, derechos e inclusión. La trinchera y la pausa no deben ser opciones válidas en este momento en el que, más bien, se deben buscar nuevas alianzas. Ensanchar los límites del constitucionalismo debe ser la prioridad.

Como decía al inicio: el bloque del fundamentalismo reaccionario se encuentra activo. Nos corresponde a todas las personas que creemos en la República, en la Constitución Política y en el Estado Social de Derecho demostrar organización y acción en su defensa y en su protección pues la batalla, sea de nuestro agrado o no, se encuentra abierta y no va a desaparecer.