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A finales del siglo XIX Halford Mackinder mencionó que quien llegara a dominar el “heartland” (corazón de la tierra), dominaría el mundo. Lo anterior se podría interpretar como una guerra entre la civilización de la tierra y la civilización del mar, entre el neoliberalismo y el eurasianismo, entre la universalidad y la multipolaridad. Para las Relaciones Internacionales resulta enriquecedor analizar nuevas perspectivas que derivan de un sistema internacional en constante cambio.

Cuando hablamos de la multipolaridad, es necesario tomar en cuenta que cada región del mundo posee sus propias capacidades políticas y estratégicas, visión de mundo e intereses basados en el dogma religioso o en la historia, además de una construcción sociocultural particular. Lo anterior se divide desde lo continental, complementado por el choque del globalismo (Estados Unidos) frente a la teoría multipolar (Rusia, China, Unión Europea), lo que deriva en posibles modificaciones dentro del nuevo orden mundial.

En el continente europeo podemos encontrar uno de los ejemplos más claros del regionalismo geopolítico: la Unión Europea. Sin embargo, a pesar de las capacidades políticas, económicas, comerciales y sociales de dicho organismo, la existencia de un contrapeso continental es evidente: La Federación Rusa y sus intentos de controlar su zona de influencia directa (Europa del este y los países que se independizaron luego de la caída de la Unión Soviética). Este último mantienen a flote sus capacidades en tecnología militar y a pesar de que ideológicamente no cuenta con el mismo peso del pasado, la propagación de vertientes intelectuales como el eurasianismo proponen una nueva visión del orden mundial, atractiva para muchos países del orbe.

Medio Oriente y África son regiones altamente inestables, tanto desde lo político como desde lo económico. Como pertenecen a un contexto de constates guerras civiles, golpes de Estado y terrorismo, la creación de mecanismos multilaterales no ha sido lo suficientemente efectiva como para potenciar sus capacidades. A pesar de esta debilidad es importante recalcar que cada país por separado cuenta con una razonable cantidad de recursos naturales, lo que abre un interés por parte de China, Rusia y los Estados Unidos, que utilizan como “moneda” de intercambio la modernización en infraestructura o el armamento militar. Las alianzas estratégicas con dichas potencias han sido determinantes en la lucha por el liderazgo regional, tal es el caso del conflicto entre Israel e Irán en la actualidad.

En el caso del continente americano, el regionalismo geopolítico es mayoritariamente notorio en la región latinoamericana. Acontecimientos de data reciente como el auge de los populismos de derecha, las crisis políticas y económicas, los conflictos territoriales/marítimos y la lucha contra el narcotráfico han sido factores que minimizan las capacidades institucionales de organismos como Unasur, Mercosur y el Sistema de Integración Centroamericano (SICA). Esto ha generado consecuencias como el “giro ideológico” de muchos gobiernos en favor de las políticas neoliberales, de ahí que se considere un escenario de desfragmentación regional y un juego de poder entre las ideologías de izquierda (ALBA, Unasur) y las de derecha (Prosur).

Para Costa Rica existe un desafío dentro del gran espacio de influencia al que pertenece (Centroamérica). Sin embargo, la influencia de Estados Unidos desde su aspecto globalizador, además en la construcción de sus intereses políticos, económicos y de seguridad es obvia y notoria. Ante una falta de liderazgo regional y las múltiples amenazas que enfrenta en país, principalmente en temas como la polarización de las ideologías (progresismo versus fundamentalismo religioso), se evidencia cada vez más la pérdida de una conciencia histórica y cultural con la cual los costarricenses se identifiquen, ampliando las barreras entre lo tradicional y actual.

Una vez analizados los principales regionalismos, resulta necesario actualizar la frase de Mackinder: “Quien influye con sus capacidades materiales e ideológicas en una zona de influencia directa, dominará a una región, y los que tengan el poder suficiente para actuar en todas los espacios geográficos, marítimos, aéreos y tecnológicos existentes, dominará el mundo”. Por esa razón ya no se puede hablar de un poder uniforme, que consideraba las capacidades militares y económicas para lograr un balance en el orden global, sino de una fragmentación de este. Como personas críticas debemos de reflexionar sobre el cómo los presentes y futuros regionalismos determinarán las dinámicas geopolíticas y geoeconómicas de la nueva agenda global.