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Todos se van: emperadores, artistas, héroes, reinas, malvados, ricos, quienes tienen menos, los extraños, amigos, familiares y sí -finalmente- nosotros también. Mueren aún quienes creíamos eternos aunque muchos de esos tal vez sí lo sean; hay personas que son inmortales, pareciera que están con nosotros, ahí presentes, vivos, hablándonos al oído, cantando una canción, vivos en un poema o en un libro, o simplemente en nuestro recuerdo.

Más allá de morir físicamente y de crear un legado que nos permita tener vida eterna aunque nuestro cuerpo desaparezca, lo que sí hay que reconocerle a quienes mueren es que siempre nos vuelven a recordar lo frágiles que somos y lo mal que gastamos los días de nuestras vidas. Definitivamente ser consientes de nuestra propia muerte nos libera, nos recuerda que no tenemos nada que perder y que realmente lo importante es poco. El secreto de la vida radica en descifrar ese “poco” que seguramente siempre -al final- es mucho.

No quisiera hacer una explicación de qué es importante, porque lo que es trascendente y significativo es un sentimiento, y cada uno de nosotros sabe lo que es importante para su vida, lo sabe en sus adentros. Sin embargo, la reciente partida de mi abuelo me ha dejado claro 3 cosas que no son en lo mínimo relevantes: tener la razón, tenerlo todo y construir una vida alrededor de nuestro ego. Ya uno muerto en una caja a punto de ser enterrado ¿Lo importante era tener la razón? ¿Tener más y más? Desde adentro de la caja esos detalles devienen poco relevantes.  

Esto es lo que he descubierto esta semana de luto: al final todos nos morimos, tarde o temprano, ahí tenemos el reloj corriendo, pero precisamente porque vivimos en esa condición, para mí lo más importante es dedicar nuestras vidas a algo más grande que nosotros mismos y aquí es donde reside la esperanza e inicia el camino de perderle el miedo a vivir y por ende el miedo a morir.

Entonces, la pregunta clave es: ¿cómo podemos ayudar a que el mundo sea mejor cuando nos vayamos? Yo no quiero ser parte de una generación que siente que merece privilegios que no se ha ganado, yo quiero ser parte de la generación que luchó incansablemente, que dignificó cada día que la vida le dio entendiéndolo como una oportunidad para que nuestro aporte cuente e importe. Por y para los demás. Una generación agradecida con la oportunidad de seguir aquí: existiendo pero a la vez mejorando esa experiencia de existir para el prójimo. La muerte es la brújula que nos mantiene con los pies en la tierra recordándonos que no somos nada y somos todo, un suspiro, polvo de estrellas, una historia que se transforma.

Dedicado a mi abuelo.