Prácticamente cada semana tenemos una noticia sobre un femicidio en nuestro país. Justo a inicios de mayo, con solo un día de diferencia, supimos de uno en Pocosol y otro Santa Cruz; ya van 7 en lo que va del año y ya son años en los que como sociedad nos hemos ido acostumbrando a ellos.

Lo peor es que no logramos cambiar la manera en que se informa sobre estos hechos que atentan contra la vida de la mitad de la población.

El tratamiento noticioso de las informaciones de feminicidios suele ser presentado como hechos aislados o como un aumento de la violencia de género en el ámbito doméstico, cuando en realidad las agresiones contra las mujeres se deben a la convicción que tienen los agresores de que las mujeres o parejas les pertenecen y pueden hacer con ellas lo que quieran.

En general, seguimos viendo tratamientos noticiosos donde la figura del agresor suele ser minimizada en las noticias porque entran a operar las matrices culturales machistas que impiden reconocer a periodistas mujeres y hombres que esta forma de violencia de género nace de la premeditación y no es fruto de un ataque repentino.

Su fuero más profundo es la cultura patriarcal que da licencia a los hombres de ejercer poder y control sobre las mujeres, consideradas como posesión de ellos, como afirma el médico forense español experto en violencia de género, Miguel Lorente. Según el especialista, matar no es fácil y en el caso de los femicidios, él ha encontrado que los agresores han ido tomando decisiones a lo largo del tiempo encaminadas a cometer el femicidio, lo que revela una planificación, y ante este hecho “la sociedad intenta explicarse lo inexplicable. Si buscas el sentido de esos crímenes en la desigualdad, el dominio, el patriarcado, el sometimiento de la mujer, eso te remueve por dentro y piensas: jolín, entonces yo debo adoptar alguna acción para evitar que esto siga ocurriendo”.

Pues sigue ocurriendo una y otra vez y no reaccionamos y esa es también responsabilidad de la prensa y los medios de comunicación.

Cómo mejorar las coberturas

Un buen profesional en comunicación debería tomar en cuenta esta conducta social y observar la incidencia de violencia de género contra mujeres adultas que da cuenta la encuesta del Centro de Investigación en Estudios de la Mujer (CIEM) de la Universidad de Costa Rica, la cual revela que una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo de violencia de género a lo largo de su vida. Ya eso es un dato contundente y documentado científicamente.

Por ello y como profesional en comunicación y con el desafío diario de mejorar y reinventar el periodismo sin olvidar las bases del oficio, comparto mis recomendaciones de cobertura periodística ante los casos de violencia de género contra mujeres adultas en el ámbito familiar, tema que he desarrollado por muchos años y aplicado en la cobertura mediática que he realizado por décadas.

Mejorar la calidad y cantidad de fuentes especializadas y de apoyo en la cobertura de femicidios en que se basan las informaciones. Como el personal de los medios de comunicación suele recurrir exclusivamente a estas fuentes en casos de violencia contra las mujeres, sugiero también la capacitación en tratamiento de la noticia no solo para periodistas y reporteros, sino también para las fuentes que suelen atender estos casos. Las periodistas y los periodistas enfocan su información, la escriben y comparten con base en la forma de hablar de la fuente entrevistada.

Para comunicar de manera didáctica y formativa es conveniente combatir los estereotipos y mitos que hay alrededor de la violencia de género. Por tanto, es aconsejable acudir a opiniones de personas expertas en este tipo de problemas (abogadas, psicólogas, sociólogas, trabajadoras sociales, expertas en derechos humanos, etc.), así como a instituciones gubernamentales y no gubernamentales que atienden a estas mujeres. Y tampoco está de más buscar un curso o taller sobre la aplicación de la perspectiva de género en la cobertura periodística.

Trascender la mirada estrictamente policial de la violencia para facilitar información de otras referencias sociales, sicológicas, comunales y legales con el fin de comprender mejor el fenómeno de la violencia, analizar los contextos, relacionar hechos y educar a las personas. Esta trascendencia debe venir de parte de las periodistas y los periodistas, pero puede ser discretamente sugerida por la fuente o desarrollada como campaña por parte de instituciones interesadas como el Instituto Nacional de las Mujeres, la Corte Suprema de Justicia, las universidades estatales y algunos ministerios e instituciones públicas a las cuales compete este ámbito de la lucha contra la violencia de género. Estas campañas deben ser permanentes, es la única forma de lograr sensibilizar a largo plazo alrededor de acciones de violencia normadas culturalmente.

Para la persona especialista en comunicación, cualquier acción de violencia contra una mujer debería ser objeto de análisis coyuntural, con nuevos enfoques y propuestas periodísticas. Por ejemplo, el número de femicidios no desciende con los años, así como las demandas por violencia doméstica que suman miles, cada año, en los juzgados. Esto es un tema a investigar y dar seguimiento.

Es deber del profesional en comunicación analizar su entorno con severidad y serenidad, así como las políticas públicas sobre este tipo de violencia de género con el fin de buscar soluciones y estar conscientes de que mejorar la información sobre estos temas no solo es un deber profesional sino una forma de generar valor agregado para nuestras audiencias. Además, se transforma en una herramienta competitiva nada despreciable en la calidad de la información.

La violencia de género contra mujeres adultas en el ámbito familiar es, además de un delito, un problema social que incumbe a toda la ciudadanía costarricense; por lo tanto, no un asunto privado, ni un suceso fortuito o desgraciado. Hay que evitar la presentación de los femicidios o actos de violencia como resultado de un “crimen pasional”. El adjetivo “pasional” cabe únicamente a sentimientos muy distintos de los crímenes y los golpes. Asimismo, es urgente eliminar la atribución de la violencia de género a los “celos enfermizos”, “al amor”, “a un problema sentimental” o “una cuestión de faldas”. Hay que dejar claro en la información que la violencia de género contra mujeres adultas y los femicidios no son consecuencia de un arrebato, un ataque repentino o un mal momento. Estos calificativos esconden la realidad o minimizan y tienden a justificar tanto los crímenes como las acciones de los agresores.

Cuidar el lenguaje informativo y mostrarse compasivo con la persona afectada de violencia de género. Es común encontrar frases revictimizantes y con calificativos poco apropiados en las informaciones sobre violencia doméstica, como los señalados anteriormente (“crimen pasional”, “la mató por celos”, “estaba desesperado por la petición de divorcio”, etc.); por lo tanto, es imprescindible evitar este tipo de afirmaciones, calificativos, frases hechas, comentarios frívolos, banales o clichés. Asimismo, la utilización de un lenguaje violento desvirtúa las razones de la agresión. Frases como “certera puñalada”, “cadáver ensangrentado”, “muerta a cuchilladas” o “había una gran mancha de sangre”, dirigen la atención a aspectos colaterales, incompatibles con los motivos reales de la agresión.

Desde el punto de vista periodístico para mejorar los enfoques, en ocasiones conviene buscar historias de superación de la violencia más que aquellas llenas de tragedia, dolor y desesperanza.

Es imperativo que el tratamiento noticioso aclare que este problema cruza las condiciones de clase y de niveles educativos, ya que otro lugar común de interpretación de estas noticias es creer que este tipo de violencia se produce solo en ciertos niveles sociales.

Es recomendable dar la palabra a las personas afectadas por la violencia, pues su testimonio suele ser esclarecedor, pero sin caer en la morbosidad y protegiendo su identidad. Estas declaraciones ayudan a poner en perspectiva la desprotección social y judicial en que se encuentran las sobrevivientes o afectadas de violencia de género en el ámbito intrafamiliar, el miedo que ellas tienen de denunciar y otras acciones que afectan la voluntad de estas personas. Conviene dar a conocer relatos de mujeres sobrevivientes de violencia y de sus familiares, un enfoque que suele omitirse.

Identificar al agresor con claridad en su comportamiento, más que en su identidad. Este tipo de noticias ayuda a otras mujeres y a la sociedad en general, a identificar los patrones de conducta de un agresor.

Con respecto a las sobrevivientes de violencia, se aconseja no identificarlas sin su consentimiento, especialmente en los momentos de tensión emocional. Es imperativo respetar el dolor de la afectada y su familia, y esperar a que recupere su estima y equilibrio emocional. Será más útil, compasivo, respetuoso y menos morboso.

Insistir en la existencia de violencia psicológica y sexual, además de la física. Este tipo de violencia es igual de nociva y nefasta porque anula a la mujer en su crecimiento personal, la hace impotente y refuerza el círculo de violencia que la obliga a adaptarse a esas situaciones. Es allí donde se explica el hecho de que una mujer no pueda dejar a su maltratador y la cultura apoya y refuerza esta conducta desde la aceptación de las formas de ejercer el poder los hombres sobre las mujeres.

También se pueden dar buenas noticias. Si informar sobre casos de violencia de género es útil, también lo es ofrecer aportes eficaces para afrontar este problema social. Por ejemplo, dar seguimiento detallado de los casos denunciados –comúnmente se habla del hecho sangriento en la página de sucesos o crónica roja pero no de lo que pasó después–, hablar sobre iniciativas novedosas, sentencias ejemplares o dispares, dar seguimiento judicial de un agresor para evitar el regreso al domicilio conyugal, narrar casos ejemplares de sobrevivientes de violencia, etc.

En definitiva, un mejor tratamiento noticioso sobre los femicidios y la violencia contra las mujeres contribuye con modificar enfoques culturales y conductas sociales que ya deberíamos tener erradicadas.