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Fue por ahí de 2011 que trascendió el premio nacional Aquileo J. Echeverría otorgado a la novela “Bajo la lluvia Dios no existe”, que pasó a producir controversia no tanto por sus virtudes literarias –en realidad escasas– sino por su polémico título. Si bien muchos hemos dudado siempre que tal galardón fuera merecido, lo cierto es que la calidad o falta de ella de la obra es algo subjetivo. Lo que no es subjetivo es el efecto que tuvo en el acreedor.

Warren Ulloa, el autor, se colocó a sí mismo en un pedestal, se sentó en su propio trono y se proclamó uno de los “cracks” de la literatura centroamericana. Desde ese trono autocreado se rodeó de una corte de aduladores, grupies y uno que otro bufón que parecían aspirar a absorber algo de las migajas de la fama que éste dejaba caer, aplaudiéndole prácticamente cualquiera de sus “ingeniosos” estados “frontales” acompañados casi siempre de una empachosa cropolalia. Esto, sólo sirvió para alimentar más su ya de por sí inmerecidamente inflado ego. Un efecto de cámara de eco que solo empeoró las cosas.

Desde su trono, y teniendo una influencia importante en el ambiente literario tico como comunicador, promotor y premio nacional, Warren no pocas veces usó sus herramientas para “hacerle la guerra” a quienes consideraba indignos, a quienes eran sus enemigos o, dicho de otra forma, a quienes no le rendían pleitesía. Como juez, jurado y verdugo determinaba quien era merecedor de sus apoyos y quién debería ser sancionado de alguna manera, e incluso amenazó a terceros con aplicarles alguna represalia si mantenía relaciones cordiales o amistosas con sus muchos “enemigos”.

No fue mi caso, aclaro, pues hasta donde sé Warren nunca se metió conmigo, ni para bien ni para mal. Pero sí fue el caso de innumerables editores y escritores a quienes dañó de distintas maneras como si estuviera empecinado en coleccionar antagonistas.

Todo esto se torna secundario, finalmente, ahora que se revelan los escalofriantes detalles de su trato a las mujeres gracias al profesionalismo periodístico de Semanario Universidad, entre los que duele ver a algunas amigas, y entre los que duele ver también a estudiantes colegiales recién interesadas en la literatura nacional a quienes, esperemos, no haya desalentado la amarga experiencia. El daño que hizo Warren al medio literario tico, su imagen y prestigio es, sin duda, grande pero no se compara al daño psicológico vivido por sus víctimas.

No voy a jugar de santo o puritano, porque yo mismo no soy perfecto y errores debo haber cometido mil. Pero sí creo que la actitud de Warren debe llamarnos a la reflexión como sociedad. Qué tanto peso le damos a los “famosos”, qué tanto permitimos que se les suba a la cabeza su “fama” y más importante aún, cómo las mujeres se convierten en objetos, pues para aquel rey de su triste corte ya destronado, la mujer de toda edad se había convertido, no en una persona consciente e independiente, sino en un premio más a poseer para aquel berrinchoso y mimado rey a quien no se le podía decir que no.