No es fácil, ¿verdad? La familia, digo, no es fácil. Cualquiera que haya pasado ya una cierta edad –pongamos los 40– sabe que la armonía familiar es una cosa tan compleja como sencilla, y ahí el enredo. Es como la sabiduría o la paz espiritual: si una se esfuerza, nada; pero si no hace nada, menos aún. Entonces está el familiar que nadie sabe cómo ni por qué se erige en patriarca o matriarca, está el que pasa de vez en cuando luminoso como un cometa y después desaparece, está el que desaparece del todo y no aparece ni a cobrar una herencia (bueno, exagerando, de estos no se conoce ni uno).

Están los que tienen niños, los que usan a los niños como moneda de cambio, los que los usan como chantaje, los que no los usan, los que no tienen y, dentro de estos, los que se fascinan con los niños y los que no los aguantan ni en foto. Aunque algunos que tienen, tampoco los aguantan, verdad.

Están los que inventan una tamaleada y quieren que todo el mundo participe sí o sí, y se resienten si alguien no quiere o no le entusiasma, y están otros que se suman felices a hacer tamales, pero sólo si se hacen tamales de soya con achiote y tofu. Están los que miran con desdén estas tradiciones que son sólo un pretexto para el consumismo y están los que el mismito 24 aún andan en un gran almacén comprando baratijas hechas en sótanos por niños chinos para regalárselas a niños ticos que no tuvieron clases en todo el año. Están los que rezan, los que medio rezan, los que no rezan y los testigos de jehová, que ni una ni otra en estas fechas, algo insondable.

Están todos, hasta los que no están, que a veces son los que más están (cuya ausencia, pues, pesa tanto o más que su presencia). “Aquí descansa Fulana de Tal, su familia descansa en la casa”. Íbamos a poner eso en el epitafio mi madrina pero una parte de la familia no tiene el refinado sentido del humor que tenemos nosotros, los más listos, cultos y sarcásticos (sigan leyendo, esto es una ironía, ya verán).

Total… que a mí la que me tiene muy preocupada es la gran familia costarricense, por muy cursi que suene la expresión. Por eso empecé hablando de la familia esa que todos conocemos, sufrimos y gozamos cada navidad, para entendernos mejor. Decir “la gran familia costarricense” es como la tamaleada: para unos es cursi, para otros entrañable y para otros todo bien, se apuntan felices, pero si los dejan contar entre la familia la medusa asiática que tienen, y a Ramón hay que decirle Ramona y dejar que le ponga marshmallows al menos a tres piñas de tamales.

Me preocupa la gran familia costarricense porque, a cómo va la cosa, no vamos a poder concretar juntos ni una tamaleada. Si nosotras, las personas listas, cultas y sarcásticas seguimos respondiendo con listeza, cultura y sarcasmo a “los otros”, la Asamblea Legislativa se nos va a seguir llenando de peluqueras analfabetas, dicho esto a conciencia de lo agresivo y despectivo de la frase. Porque a eso voy, justo a eso: al sarcasmo brillante e intelectual con que algunos respondemos a los panderetas (por ejemplo), el cual sarcasmo nos llevará más rápido al precipicio.

Lo que quiero decir es que, como en familia, hay que lidiar, zanjar, ceder, retroceder y debemos ser nosotras quienes más hagamos todo lo necesario para que la tamaleada (como quien dice) sea un éxito, ya que somos tan lúcidas.

Tenemos la razón, ¿y? Ellos tienen la sinrazón, que es más poderosa y que terminará por poner en el sillón presidencial —y aún antes en las alcaldías— a esos que ponen bendisiones con ese, siendo este su rasgo más inocuo, casi simpático.

Que a los bolsonaros los ponemos en el trono entre todos. De eso tratará mi próxima columna. Mientras, medítelon.