El dios de los lugares abandonados

1.

Cirilo cumplirá 80 años en julio y está en paz con su vida. En su estilo callado y sereno, es un buen conversador a quien le gusta viajar por los caminos y por los pueblos de Guanacaste.

Es él quien cuida los helechos del jardín y todas las tardes se sienta a observar las idas y venidas de tres o cuatro colibríes que ya ahora son parte de sus amigos más queridos. Le entusiasman las marimbas, las cuajadas con tortilla, las fiestas de Santa Cruz y caminar a la hora de la brisa.

Siempre a la par de Lupe, su compañera, Cirilo ha envejecido con elegancia y no se rinde nunca. Pero hubo un tiempo en que a punto estuvo de hacerlo.

A comienzos del año 2016, Cirilo sufrió un hematoma subdural. Entre ese año y el comienzo del 2018 fue operado seis veces. Cuatro de ellas en el Hospital Calderón Guardia y dos en el Hospital de Liberia. Algunos de sus internamientos duraron varias semanas. Sus viajes, y los de su familia, desde Nicoya hasta San José o Liberia fueron numerosos, desgastantes. Algunos de ellos ocurrieron en medio de urgencias y angustias difíciles de narrar.

Por supuesto, los servicios hospitalarios y médicos que Cirilo recibió  fueron competentes y cordiales. Pero esos servicios casi siempre estaban en otra parte, casi nunca en Nicoya.

Y esa es una de las caras más despreciables de la desigualdad: la facilidad o la dificultad de conservar la vida, de tener vida. Eso es algo que se puede cuantificar a partir de la cantidad de cirujanos, de especialistas, de equipos y servicios, con los que cuenta cada comunidad.

Es cierto que cualquier famila, en cualquier lugar, puede pasar, en algún momento pasa, por urgencias angustiosas. Pero no es lo mismo tener un hospital a 5 kilómetros que tenerlo a casi 80 —la distancia entre Nicoya y Liberia— o a poco más de 200 —la distancia entre Nicoya y San José—. Algunas distancias son mortales.

2.

Dios está en todas partes, pero sólo atiende en la capital. Esta frase, atribuida a un escritor francés, puede resultar graciosa si se vive en la capital, si no es necesario desplazarse para recibir atención. Pero es dramática si se vive lejos, en lugares desatendidos.

La frase habla de Dios, pero está apuntando a otra cosa o a otro dios. La frase habla del Estado. Ese dios que sólo atiende en la capital es el Estado, un dios que no es ciertamente ubicuo, que no está en todas partes. Y que, en muchos de los lugares en los cuales está, es sólo un viejo barco abandonado sin capacidad de llevar a nadie hacia delante.

Guanacaste, Limón, Puntarenas, parecen estar atendidos por ese dios descuidado, desentendido de las vidas de su gente.

Si ese dios sigue atendiendo sólo en la capital, los paganos, es decir, los habitantes del campo, tendrán que buscar otros dioses. En algún sentido, ya los están buscando.

Y lo peor de todo es que los están encontrando.

Alexander Jiménez Matarrita Columnista

Doctor en Filosofía por la Universidad de Salamanca, España. Catedrático de Historia del Pensamiento en la Universidad de Costa Rica y Profesor Visitante de la Universidad de Salamanca. Premio Nacional de Ensayo 2002 por su libro: "El imposible país de los filósofos: el discurso filosófico y la invención de Costa Rica". Investigador y editor del segundo informe nacional de desarrollo humano del PNUD "Aprendiendo a vivir juntos. Convivencia y desarrollo humano en Costa Rica".

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