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Inicia un nuevo año, momento para plantearnos que queremos, y sí, digo “que queremos” en plural, porque no es lo que quiero yo, es que queremos la mayoría, o mejor dicho qué es lo mejor para la mayoría y esa respuesta no puede limitarse a decir, que lo queremos es un país más justo y menos pobre, porque eso es generalizar más que un anhelo o una responsabilidad.

Me refiero más bien a esa visión que trasciende y puntualiza acciones, por ejemplo: ¿Queremos un país industrializado? ¿Queremos un país con más y mejores garantías sociales? O ¿queremos un país con desarrollo agrícola? ¿Anhelamos un país con sostenibilidad ambiental? ¿Un país realmente seguro? ¿Buscamos un país económicamente próspero con un fisco sano? ¿Un país con desarrollo regional, descentralizado?

Podría mencionar muchas visiones que hoy saltan a mi cabeza de esa Costa Rica que se merecen nuestros hijos e hijas, esa Costa Rica que queremos heredar a las nuevas generaciones.

He leído en los últimos días en varios medios, que para este año, el gobierno se ha planteado ser austero (algo que se ha venido diciendo desde hace 5 años). También han hablado que se estarían cerrando instituciones, ante esas premisas, tengo varias cosas que decir, primero que ojalá la austeridad en ésta ocasión sea cierta y que sea aplicada dónde y cómo corresponde.

En segunda instancia hay una preocupación que surge con respecto al tema de “CERRAR”, y es que no he leído por ningún lado, que se hable de los estudios que han realizado los estadistas que concluyeron a determinar esos cierres y a cuáles instituciones específicamente hacen referencia.

Y utilizo la palabra estadistas, porque justamente eso es lo que necesita esa Costa Rica que queremos, estadistas que piensen y propongan con ideas claras, porque así como se construyó de cero en el pasado, también se puede construir en el futuro a través de la transformación.

Entendamos transformar desde la definición de hacer que algo cambie o sea distinto, pero sin alterar totalmente todas sus características esenciales”.

Estoy convencida de que existen casos viables, que ameritan un análisis responsable y no una decisión a la ligera por reacciones populista. La transformación puede resultar a la larga económica y socialmente más rentable para el Estado y la sociedad.

En su momento hubo hombres y mujeres con visión que determinaron la creación de instituciones con fines específicos a las necesidades de la época. Hoy, al hablar de esa Costa Rica que queremos, es cuando creo en la urgencia de esos líderes estudiados y visionarios como ellos, que con lupa responsable estudien e investiguen los motivos de la creación de estas instituciones y a su vez lejos de hablar de cierres, se contextualicen a la época que vivimos, se planteen las necesidades y las demandas correspondientes, y se empiece hablar de transformaciones; Porque la sociedad avanza vertiginosamente, es más exigente, es más incisiva, ante eso no se puede responder con acciones desechables, el Estado debe hacerlo con eficiencia y eficacia.

Por supuesto que entiendo, como dirían los arquitectos, que es más fácil iniciar una obra de cero, que reconstruir o transformar una casa, porque para reconstruir se debe de analizar desde la razón de la creación, para luego ajustarla a la necesidad del momento, por eso es más fácil hablar de “demoler” estructuras que de “remodelaciones”.

Y claro, en una época donde se alberga el odio y no se escuchan soluciones, lo que muchas personas piden es sangre, cabezas, sin conocer los detalles, ni los fondos. Por eso el apogeo del populismo y de las posturas radicales en la política internacional, y lamentablemente ha venido permeando en nuestro país.

Hago mención a esta situación, porque gracias al auge de las tecnologías y el acceso a internet, manejamos mares de información, pero sin profundidad, creamos identidades o posturas a partir del odio irracional hacia quien nos difieran, asumimos causas con indignaciones selectivas y en medio de esto se pierde la perspectiva de construcción de esa nación que soñamos para todos y todas.

Nos llenamos de “no” sin tener planes de contingencia, nos enfrascamos en protestas infructuosas porque carecen de propuestas.

No, no, no. No a la carretera de San Ramón, No a la Pesca, No a las concesiones, No a la Reforma Fiscal, por citar algunos de los más recientes que han bloqueado avances sin tener una contrapropuesta. Es aquí de donde debemos partir hacia esa Costa Rica que queremos, en dar luchas responsables, en defender causas de forma propositiva, en una visión de construir, de levantar y no solo destruir.

Porque como decía Don Pepe, al final el éxito de la revolución del 48 fue mantener lo que se había hecho bien y construir o mejorar lo que hacía falta.

Por eso, como pilar, como esqueleto de esa visión debemos apostar por una educación, la educación no solo académica, sino aquella que estimule los valores y las emociones, que defienda la libertad, las diferencias y sobre todo la paz. Esa educación que impulse a emprender y trascender, donde prevalezca la tolerancia sobre la crueldad, la sabiduría sobre la violencia, porque como bien lo dijo el expresidente Oscar Arias, “un mejor mundo vendrá del ingenio humano, con una mayor educación, pero una mejor educación que ponga el corazón al pensamiento”.

Ese país que queremos está a las puertas de que cada uno de nosotros decida ser uno más de ese engranaje que hace funcionar el país y no una piedra que bloquea el avance.