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Columna

Carlos Faerron Gúzman

¡En la era de la desinformación, a vacunarse contra el Sarampión!

10 de diciembre, 2018 11:48 pm
¡En la era de la desinformación, a vacunarse contra el Sarampión!

Ante el resurgimiento del Sarampión en Norteamérica, América Central y la Unión Europea, la Caja Costarricense de Seguro Social recientemente anunció una campaña extraordinaria de vacunación contra el Sarampión dirigida a los menores entre los 15 meses y los 9 años con 11 meses y 29 días. La misma iniciará la próxima semana, estará vigente hasta el 8 de febrero del 2019 y espera cubrir a 770.000 personas.

Pero… ¿Sarampión?  Los humanos de hoy en día tendemos a sufrir de una memoria a corto plazo, y el contexto en que nos desarrollamos nos parece tan normal que, ni nos preguntamos qué hubo antes de nuestra llegada. Hay que empezar recordando que uno de los grandes logros del siglo pasado fue la eliminación efectiva de muchas enfermedades mortales por el despliegue generalizado de vacunas. En relación al Sarampión, tal vez usted —como yo— sea demasiado joven para recordar, pero en el pasado reciente —en especial antes de 1963— el mundo experimentaba brotes recurrentes de esta enfermedad y causaba 2.6 millones de muertes anuales —casi tres veces lo que el VIH mata hoy en día—.

Con la entrada de la vacuna —conocida como SRP (Sarampión, Rubeola y Paperas)— el mundo fue testigo de una caída exitosa de los casos por esta enfermedad. Para 1982, la Organización Mundial de la Salud reportaba que la vacunación había eliminado en gran medida los casos de Sarampión, y se estima que ha salvado más de 21 millones de vidas. En Costa Rica, el último caso autóctono se presentó en el 2005, y el último caso importado en el 2014.

La Organización Mundial de la Salud reportó que en el 2017, 20.8 millones de bebés en todo el mundo no recibieron la primera vacuna contra el Sarampión y que los casos de Sarampión aumentaron más del 30% en todo el mundo. La triste realidad es que esto se veía venir ya que los expertos han advertido durante años que algo así podría suceder. A pesar de que el Sarampión se puede prevenir fácilmente —con dos dosis de la vacuna— se necesita una cobertura de alrededor del 95 por ciento de la población para evitar que ocurran brotes. A este concepto se le conoce como inmunidad de rebaño.

Hoy en día, esta meta sigue estando lejos. En la última década, no se ha logrado obtener una cobertura de más allá del 85%. El resurgimiento del Sarampión se puede atribuir en gran medida a la confluencia de dos factores separados que tienen poco que ver con la pobreza y la guerra. Por un lado, existen algunas personas que quieren liberarse de la vacunación debido principalmente al miedo de algunos efectos secundarios de las vacunas. Está claro que usar cualquier vacuna conlleva ciertos riesgos, como efectos adversos (dolor en el sitio de la vacunación, un poco de fiebre), aunque en la mayoría de los casos estos efectos son auto-limitados, y los casos que llegan a ser graves son extremadamente raros.  La “lógica” de personas yace en la inmunidad de rebaño – “Mientras otros estén vacunados, mi bebe estará a salvo”, así evitan someter a los seres queridos a los riesgos, por pequeños que sean. Si todos pensaran así, no habría protección a la población general.

Por otro lado, y más importantemente, los falsos rumores, los conceptos erróneos, la mala ciencia, la pseudo-ciencia, el conflicto de intereses y los mitos sobre la vacuna han servido para el resurgimiento de esta enfermedad.  El ejemplo por excelencia cuando hablamos de mala ciencia y conflicto de intereses, se remonta a 1998, cuando el ahora infame Andrew Wakefield publicó en una revista médica reconocida sus hallazgos sobre la conexión entre el autismo y la vacuna SRP. Poco después de la publicación, se dio a conocer que Wakefield no declaró que estaba recibiendo dinero de abogados demandantes en casos de daños por vacunas y que sus resultados eran falsos. Debido a esto y por haber modificado los datos de sus investigaciones, su título de médico fue revocado con bastante deshonra. Pero el daño ya estaba hecho, y existe un consenso generalizado de que sus esfuerzos de aquel entonces —que continúan hoy— han contribuido a la persistencia del rechazo a las vacunas.

Con la llegada de las redes sociales, la desinformación alrededor de las vacunas ha encontrado el catalizador para empeorar el problema. Argumentos alrededor de la codicia de las compañías farmacéuticas, teorías de conspiración contra los gobiernos, y la necesidad de ser protagonista con el único fundamento de ser polémico, han llevado al incremento acelerado de “autores” —bloggeros, youtubers—a perpetuar la desinformación en el caso de las vacunas.

Para empeorar las cosas, el tema de las vacunas en algunos países se ha politizado, y se usan las herramientas de desinformación para la polarización de las sociedades. Muy similar con lo que sucede en Estados Unidos con el tema del cambio climático y los famosos climate deniers, no es raro encontrar reportes de trolls y bots que difunden información para polarizar los debates en redes sociales.

Estudios en Europa demuestran que los medios de comunicación tampoco han puesto de su parte. Es una práctica común que los argumentos en pro y en contra de las vacunas se midan con diferentes métricas por parte de los medios de comunicación para equiparar su importancia, contrarrestando la importancia de la evidencia científica y aumentando el peso de los testimonios no científicos y basados en casos excepcionales. Así, es común que después de debates televisados entre los anti-vaxxers (como son llamados las personas que están en contra de las vacunas) y los profesionales en salud pública, los espectadores terminen con un sentimiento de posiciones igualmente válidas a favor y en contra vacunación.

A lo que lleva todo lo anterior, es a un estado completo de desinformación, donde no solo la población general, sino también los profesionales en salud se enfrentan a información de baja calidad y que suele presentarse en un formato confuso, pero de fácil consumo. Cualquier persona que haya ido a un centro de salud, sabe que la información en salud que es simple, comprensible y precisa es raro encontrarla. Más aun, la información que transmite evidencia científica con datos accesibles a la población general es aún más rara. Aquí el gremio de salud tiene que reconocer un gran mea culpa.

Afortunadamente desde la salud pública, nuestra caja de herramientas se ha visto incrementada para la lucha a favor de las vacunas. Se han generado varios antídotos exitosos contra la desinformación. Esfuerzos en educación generalizados en salud básica han sido vitales en nuestro país para mantener niveles de vacunación envidiables en el mundo. Así también, el marco legal de Costa Rica permite que en los casos donde hay resistencia de los padres o encargados legales hacia la vacuna, estos se trasladen al Patronato Nacional de la Infancia (PANI), y al Juzgado de Niñez y Adolescencia, velando por el interés del menor de edad y la salud pública de la población general. Por último, las mismas redes ahora son medios importantes para contrarrestar el mensaje anti-vaxxer. Da gusto ver como la CCSS y el Ministerio de Salud han hecho un buen uso de sus canales de comunicación para llevar el mensaje de la importancia de las vacunas a todos los rincones del país.

Es cierto que el Sarampión está volviendo alrededor del mundo y tenemos razones de sobra para estar preocupados, pero, en esta época de la desinformación es importante ser crítico y tener capacidad de reflexionar sobre la información que se nos presenta todos los días en el Whatsapp, las redes sociales, en conversaciones con amigos y familiares, y en los noticieros.

Por el momento, no deje que sus niños y niñas sean víctimas de la desinformación. Hágales un gran favor y al resto de la población y llévelos a vacunar a a cualquiera de las 104 áreas de salud o a uno de los 1047 Equipos Básicos de Atención Integral en Salud (EBAIS) alrededor de todo el país.

Carlos Faerron Gúzman Columnista

Médico Salubrista Global, director Académico de la Organización para Estudios Tropicales, y profesor adjunto del Departamento de Política de Salud Oral y Epidemiología en la Universidad de Harvard

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